Image: Una vida de gestos

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Novela

Una vida de gestos

Chang-Rae Lee

22 julio, 2004 02:00

Chang-Rae Lee. Foto. Archivo

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2004. 358 páginas, 17 euros

Ternura, belleza, equilibrio: estas son algunas de las características de esta novela extraordinaria de Chang-Rae Lee (Corea del Sur, 1965). Una novela que no deja indiferente al lector porque más allá de la indudable destreza en su construcción narrativa, posee esa claridad atravesada de un sutil lirismo, las dosis necesarias de ambición a la hora de construir un mundo, y una pasión por desentrañar los secretos que se esconden en sus personajes que lo acercan a lo mejor de la joven novelística norteamericana. Y eso que Chang-Rae Lee, en ese exclusivo club, posee una voz peculiar, no lejana del mejor Cheever, pero ahormada por autores cultural y racialmente orientales entre los que se muestra decisiva la influencia de Ishiguro.

Si ya En lengua materna, su anterior novela, planteaba las fisuras de la identidad, en Una vida de gestos asistimos al deambular anímico de un extranjero en el que su cortesía en el trato social esconde abismos inconfesables, desamor y un profundo desarraigo existencial. La serenidad de este personaje, el comerciante de productos médicos Franklin "doc" Hata, es su manera de sentirse fluir en la corriente normalizada del mundo, de tapar los agujeros por los que el pasado regresa. Poetización del significado de ser extranjero, de vivir mirando las amenazantes sombras del otro lado, la grandeza de Una vida de gestos está en construir una narración y un puñado de vidas donde los silencios significan tanto como lo dicho. Hombre derrotado en su honorable vida de una zona residencial de la Norteamérica profunda, Franklin Hata no fue siempre Franklin Hata, sino Ziro Kurobata, perteneciente a la denigrada minoría coreana del Japón Imperial y que en la II guerra mundial fue destinado a guardar un prostíbulo para soldados japoneses, donde se enamora y donde su amor acaba en tragedia. La espiral de una tragedia que regresará cuando ya haya emigrado a Norteamérica, tras la adopción de su hija y las fracturas que se producirán entre estos dos seres desamparados que arrastran sus secretos y se combaten sin remisión.

Si como decía Jonathan Swift un hombre amable es un hombre de ideas malsanas, Chang-Rae Lee nos lleva a las zonas ocultas de uno mismo para volver a tratar el tema de la identidad personal como una zona de sombras, de problemática fluencia, de fluencia que finalmente nos conduce al errabundaje y el exilio. Una novela mayor, deliciosa, cautivadora en su paisaje humano y en su inteligencia.