Image: Vestida de novia

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Novela

Vestida de novia

Antonio Hernández

29 enero, 2004 01:00

Antonio Hernández. Foto: Diego Sinova

Planeta. Barcelona, 2004. 282 páginas, 19 euros

Aunque más conocido por su obra lírica, puesto que tiene en su haber una docena larga de libros de poesía, varios de ellos con importantes premios, Antonio Hernández -Arcos de la Frontera (Cádiz), 1943- es también autor de algunas novelas con las que ahora enlaza en buena medida Vestida de novia, relato puesto en boca de una bailaora de Utrera que, en el momento de su boda, recuerda su vida pasada.

Como en las demás novelas de Antonio Hernández, estamos ante un relato homodiegético: quien narra es el propio personaje, el sujeto de la historia. Sólo que, como ya sucedía en Sangrefría, donde el narrador era un viejo torero, el discurso de la bailaora no obedece a una linealidad estricta; se remansa a veces, deriva hacia largos monólogos, encadena pensamientos, anécdotas y refranes, se pierde -deliberadamente- en meandros interminables y ofrece, en fin, un modelo de construcción que pone en juego muy variados registros idiomáticos, pilares esenciales de un relato cuya única incógnita -la identidad del marido- no se despeja hasta las últimas páginas. Si no fuera porque el precedente constructivo se halla en el propio autor, cabría pensar en ejemplos lejanos como Lola, espejo oscuro, de Darío Fernández Flórez, pero lo cierto es que esta prosa vivaz que fluye a menudo de manera irrestañable, esta densa verbosidad coloquial y barroca de la narradora evoca más bien algún modelo discursivo clásico, como La pícara Justina.

Dicho así, el lector puede tener la impresión de que Vestida de novia es ante todo un alarde verbal, un ejercicio de estilo. Aunque así fuese, no habría nada que objetar en este sentido, porque las prolongadas peroratas de la Capitana -nombre artístico de la bailaora- están mantenidas con un extraordinario pulso artístico y con un sentido idiomático poco frecuente, aunque sea menester aceptar la convención de que una persona ilustrada sólo por unas pocas lecturas alcance ese nivel léxico. Pero, además, Hernández ha compuesto, como en sus obras narrativas anteriores, una novela satírica, con personajes de la más pura estirpe picaresca -José, Lucena- y con retratos amablemente satíricos de figuras reales fácilmente reconocibles, como los escritores "Antonio Bola" o "Fernando Briones", sin que falte el propio autor, un tal Hernández, "poeta funcionario" al que la narradora, por afinidad, llama Miguel, y que es "interesante en su aspecto mal cuidado y con una mirada tan descarada que sólo un diente partido y cariado en su boca no lo hacía apetecible" (pág. 147). Con su nombre aparece el malogrado Luis Berenguer (págs. 110-11), objeto de un brillante y agudo boceto. La visión humorística, no simplemente caricaturesca, se extiende a muchos aspectos, como la narración de la gira flamenca subvencionada a Cuba y, sobre todo, el episodio del viaje a Marruecos, que recuerda en algunos momentos ciertos pasajes hilarantes de Sangrefría. Esto no excluye la presencia de observaciones hondas y precisas: "Marruecos es el edén con cincuenta grados a la sombra, el paraíso lleno de ciegos y mendigos, la majestad muerta de hambre, la gloria del Señor con la cruz a cuestas, el disparate de los olores y los sabores metiéndose por el espíritu como se mete la juventud por la sangre, el mundo en carne viva, las potencias del alma a todo trapo" (pág. 137). Y no son escasas las reflexiones morales que recuerdan al Gracián más acerbo: "Pensar con honradez es una mala nota a la hora de pretender un trabajo porque la picaresca de traje y corbata alcanza lo que ya no alcanza la vieja virtud, el oro le ha sacado diez cuerpos de ventaja al amor, la ambición es la iglesia con más feligreses y los ídolos ya no están en los templos sino en los bancos" (pág. 105). Del registro grave se pasa al humorístico con la misma aparente solemnidad: "No hay bálsamo que engatuse más al macho que el que está hecho con zumo de calabaza" (pág. 244).

Un rasgo salva al humor de Antonio Hernández de perderse en la mera caricatura distorsionada: el sentimiento de piedad que despiertan algunas de sus criaturas, frágiles y menesterosas, y la mirada compasiva y solidaria de la narradora, que convierte en seres humanos a quienes de otro modo sólo serían muñecos artificiosos. Con respecto a sus novelas anteriores, el autor ha podado cierta frondosidad narrativa y cierta desmesura. Hay aquí una construcción más medida de ritmo, más perfecta. Esperemos que Hernández no vuelva a interrumpir su trayectoria narrativa.