Chantal Maillard. Foto: Alexandra Cool

Chantal Maillard, la más belga de las pensadoras andaluzas (y la más malagueña de las poetas orientales), es doctora en Filosofía Pura. También vivió largo tiempo en Benarés (India), donde se especializó en Filosofía y Religión india (“Vine a no saberme, vine a estar” escribió en sus diarios años más tarde), y hoy es profesora de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Málaga. Especialista en la obra de María Zambrano, es además una traductora excepcional. Suya es la versión castellana de los deslumbrantes Escritos sobre arte de Henri Michaux que publicó Vaso Roto hace unos meses.

Ahora, casi a su pesar, coinciden en librerías un ensayo, ¿Es posible un mundo sin violencia?, y el poemario Cual menguando, protagonizado por Cual, su alter ego. Y ella se confiesa feliz, porque su reverso no siempre la acompaña: “No, Cual aparece cuando logro ausentarme de mí. Es mi lado más amable, el más divertido”. Y dice más. Que todos los trajes de su personaje (el de primavera, el de olvido, el de construir metáforas) le sientan bien, y que en este poemario, Cual menguando, “hay un punto más de rebeldía contra los géneros”. Que es su estrategia para encontrar fórmulas que se adapten mejor a lo que quiere decir. Y en este caso, se trata además de “recuperar la extrañeza. O cierta ingenuidad”, proclama. Con todo, no intenta trascender los géneros, sólo concertarlos sin que ninguno pierda su singularidad.

"El lenguaje es un arma de doble filo. Permite que la realidad se haga comunicable pero nos hacer perder la auténtica dimensión de las cosas"

Por eso en las teatrales Cinco piezas breves que el libro también incluye, ha renovado su apuesta por el lenguaje, considerado como un arma de doble filo, ya que, “por un lado permite que la realidad se haga comunicable y por otro nos hace perder de vista la auténtica dimensión de las cosas. El lenguaje normaliza, y esto hace que perdamos la capacidad de extrañarnos. ¿Cómo recuperarla? Alterando el lenguaje -una opción que utilizo en los poemas- o trayendo a escena personajes que actúen de modo diferente, seres que, al margen de la norma (a-normales) nos desconcierten y nos lleven a sospechar de aquello a los que acostumbramos”.

Y el mundo deja de ocurrir

Lo cierto es que Maillard no se siente feliz con las etiquetas. En realidad las odia, segura de que “en cuanto te la cuelgan llevas el precio incluido”. Y por eso niega la mayor y no se considera poeta, “aunque escriba eso que llaman poemas. En cambio puedo sentirme Cual de vez en cuando. Entonces el mundo deja de ocurrir para mí, o ante mí. Deja de haber diferencia entre el zumbido de una avispa y mi voz, entre el caminar de un insecto y el mío. Y eso está bien”.

Otro refugio puede ser recurrir al pasado para comprender la realidad, pero, aunque en Cual menguando leemos que “Contar es de memoria. Las palabras / también son de memoria”, para Maillard los recuerdos “entendidos como las huellas que no nos sirven para actuar” acaban siendo en realidad un lastre. A su juicio, la memoria no deja de ser impresiones, huellas, en la conciencia. Y hay huellas imprescindibles, “a las que acudimos para reconocer las cosas. Llamamos inteligencia a ese reconocimiento”, y otras , en cambio, cargadas de sensación o sentimiento, “que nos traen de vuelta una y otra vez al mismo pliegue. Esto sólo resulta útil si el presente no nos compensa y si sabemos elegir el pliegue”.

Acostumbrada a vivir entre mundos y géneros aparentemente ajenos, Maillard descubre el hilo conductor que relaciona sutilmente el poemario Cual menguando y ¿Es posible un mundo sin violencia?, su último ensayo. Y ese hilo es “Nosotros”. “Sí -explica- , ‘Nosotros' es por quienes se pregunta Cual al final de la primera pieza de Cual menguando, y acerca de lo que su interlocutor Fiam, en cambio, no tiene dudas. Ese mismo ‘nosotros' es el que reencontramos al final de la propuesta utópica que lanzo en este breve ensayo sobre la violencia. Un nosotros que trascienda los límites de los cercos de pertenencia a los que acostumbramos”.

"Es importante reemplazar la moral del prójimo por una ética de la compasión, más abarcante"

Lo cierto es que en ambos libros resuenan palabras como entendimiento, guerra, violencia, poder... Son los temas que se enseñorean del libro de Vaso Roto, a partir de una certeza, la de que vivimos en un universo por naturaleza violento. Y Maillard arroja al lector desde estas páginas, como un reto, la pregunta de si somos capaces de no añadir a la natural violencia aquella que nos caracteriza como humanos, la que se ejerce por placer o por codicia. Si seremos capaces de ampliar el marco de nuestras pertenencias (territoriales, grupales, específicas, etc.) para que esto sea posible.

Su apuesta no admite enjuagues: se trata de apostar de manera inequívoca por una ética de la compasión, que ella explica así: “La violencia que nuestras naciones ejercen -y de la que nos beneficiamos- siempre ocurre en otro lado: otras tierras, otras selvas o, simplemente, el sótano de otros edificios. La falta de empatía ocurre cuando pensamos que no nos concierne, y no nos concierne aquello que no consideramos como propio. Por eso es importante ampliar el cerco de pertenencia y reemplazar la moral del semejante -la del prójimo (próximo)- por una ética de la compasión, mucho más abarcante. En un mundo global, la moral de grupo resulta ser una fórmula anticuada”.

La compasión difícil

No es el único desafío que plantea el libro. También urge a educarnos en la “discriminación sentimental”, consciente de que el hombre actual vive inmerso en la representación y que recibimos la realidad por los mismos medios (la pantalla) y de la misma manera que los seriales. “El problema -comenta- es que no nos han educado para ser espectadores maduros y esto permite que seamos manipulados a través de nuestras emociones”. Por eso, la educación sentimental que propone ayudaría a entender cómo se generan las emociones y cómo se transforman en ideas y creencias. Un aprendizaje que debería formar parte de la asignatura de educación política de la que carecen los actuales planes de estudios.

Nada complaciente, no teme perder lectores. Tampoco con su próximo proyecto, La compasión difícil, que publicará Galaxia Gutenberg en febrero. Un libro incómodo, en el que revela que le resulta cada vez más difícil compadecernos: “La compasión es cualquier cosa menos sentimentalismo; es ser capaz de padecer con otro. Es fácil compadecer con la víctima; no lo es tanto si se trata del verdugo, del asesino. No obstante, no puede hablarse de auténtica compasión si no somos capaces de entender que, en el fondo, no hay diferencia entre la víctima y el verdugo. De ahí que en la última parte del libro tengan lugar unas conversaciones con Medea. Una Medea anciana de siglos y ya de vuelta”.

@nmazancot