Francis Scott fitzgerald con su mujer Zelda y la hija de ambos, Frances

Traducción de Teresa Clavel. Gatopardo. Barcelona, 2017. 104 páginas. 14'95€

Más que una biografía total o parcial de Zelda y Francis Scott Fitzgerald (1900-1948 y 1896-1940, respectivamente), lo que ofrece este ameno librito es un cumplido ensayo sobre el modo de estar en el mundo del autor de El gran Gastby y su relación, no sólo con quien fue su esposa, sino también con otros personajes clave en su vida -su hija Scottie, por ejemplo- y, sobre todo, con su empeño literario, fuente constante de inseguridades y preocupaciones que el éxito apenas logró disipar.



A diferencia de las biografías clásicas, en efecto, el libro de Citati incluye pocos pormenores y elude las obligadas páginas destinadas a situar al biografiado en un contexto social, histórico y literario concretos. Por el contrario, su aproximación al escritor norteamericano avanza a grandes pinceladas sucesivas, que nos ofrecen sus primeros pasos como escritor, los comienzos de su relación con Zelda Sayre, los primeros años del matrimonio, el rápido deterioro de la relación, la desastrosa economía doméstica, los demonios personales de uno y otro -el alcoholismo en el caso del escritor, la enfermedad mental en el de su esposa- y el sutil entendimiento mutuo que los años, la comprensión retrospectiva y la conciencia recíproca del sufrimiento ajeno acabaron engendrando.



"La vida de Fitzgerald" -nos dice Citati- "no es misteriosa". Más bien, añadimos nosotros, la sucesión de crisis y excesos que la componen acaban formando un relato casi arquetípico de ascenso y caída, similar al que se narra en películas como Ha nacido una estrella en cualquiera de sus versiones: el éxito precoz tiene como secuelas la impotencia y el rápido descenso a la oscuridad y el olvido -Fitzgerald los conoció en sus años finales, en los que se ganó la vida como guionista en Hollywood-; lo que, en el terreno de las relaciones personales, suele traducirse en todas las confusiones e inseguridades en las que es capaz de sumirse la psique humana.



Brutal a ratos, con frecuencia endiosado, celoso y posesivo, Fitzgerald no le ahorró a su frágil pero también obstinada y caprichosa esposa ninguna de las escenas a las que este tipo de drama nos tiene acostumbrados. Desde la cumbre de su éxito, asistió con distanciamiento al inútil empeño de Zelda de convertirse es estrella de la danza, más que probable desencadenante de su hasta entonces latente esquizofrenia.



Y cuando la devastada compañera pareció encontrar en la escritura su modo de expresión, la reacción del novelista fue desautorizarla y reclamar para sí la exclusividad en la utilización literaria de toda la experiencia vital compartida, lo que en la práctica significaba prohibir a su esposa escribir sobre sus propias vivencias.



El drama, por supuesto, admite matices, y quizá el mayor mérito del ensayo de Citati sea destacar convenientemente algunos detalles iluminadores: el hecho, por ejemplo, de que los dos atormentados personajes fueran siempre confidentes uno del otro, tanto en sus interminables conversaciones de borrachos, que podían durar toda la noche, como por correspondencia; o el matiz, significativo, de que el disipado escritor fuera un padre severo y moralista; o el dato de que, de sus años aparentemente más estériles, brotaron algunos de sus cuentos más hermosos.



El ensayo de Citati es, desde luego, una tácita invitación a (re)leerlos y quizá a entenderlos desde el abocetado retrato que nos hace de su autor. Lo mismo puede decirse de sus obras mayores, y muy especialmente de Suave es la noche, a la que el biógrafo-ensayista dedica algunas de sus mejores páginas, y a la que caracteriza, desde su enfoque psicológico, como novela sobre la fascinación y lo efímero.



La escritura de Citati alcanza incluso cierta cualidad poética cuando se esfuerza en explicar, casi en emular, la capacidad de Fitzgerald para transmitir la intensidad del instante mediante sutiles pinceladas que elevan lo nimio a la condición de potente rasgo caracterizador. Una cosa queda clara al lector: el paladar de Citati es exigente y, lo mismo que se muestra severo a la hora de señalar los defectos de algunas obras de su objeto de estudio, la admiración que expresa hacia otras está bien fundada y es digna de todo crédito. Tanto, que lo que más apetece hacer después de leer este ensayo es abrir algunas de ellas.