El término populismo resulta impreciso en extremo, "Hacen falta unas comillas", dice el autor. Foto: posta.com

Península. Barcelona, 2015. 322 páginas, 28'95€

Tras unas elecciones en las que se ha confirmado un fuerte avance de partidos nuevos, ha aumentado el interés ciudadano por libros que proporcionen alguna clave para entender lo que está en juego en el debate político. Víctor Lapuente, profesor del Instituto para la Calidad del Gobierno de la Universidad de Gotemburgo, ofrece una clave interesante en El retorno de los chamanes, un libro escrito desde una pragmática y refrescante perspectiva escandinava, aunque su autor sea español. De estilo ágil, sin tecnicismos académicos, aunque con oportunas referencias a libros que respaldan sus argumentos es un libro que se lee bien, aunque a veces resulta un poco reiterativo.



Su fuerza estriba en que se articula en torno a una sola idea, que es a la vez original e interesante. Se trata de la propuesta de que junto a otras distinciones relevantes que pueden situarse en el eje derecha-izquierda, como la diferencia entre quienes enfatizan la iniciativa privada y quienes priman la solidaridad colectiva, existe una contraposición muy relevante entre dos estilos de retórica política que nada tiene que ver con ese eje, la contraposición entre quienes todo lo basan en grandes principios y utilizan un discurso exaltante, los chamanes del título, y quienes más modestamente buscan soluciones que funcionen en la práctica, en vez de deducirlas de principios abstractos. Un ejemplo divertido que cita es el de las actitudes cuando se discute un informe, que suelen ser las de quienes están a favor, quienes están en contra y... quienes lo han leído. Los chamanes, sean de derechas o de izquierdas, no necesitan leerlo pues les basta juzgarlo desde sus principios ideológicos, mientras que quienes buscan soluciones que funcionen en el mundo real no tienen más remedio que entrar en los detalles.



Los chamanes siempre han estado entre nosotros, desde la prehistoria, y Lapuente afirma explícitamente que hay mucha retórica grandilocuente en los partidos veteranos, pero el objetivo de su crítica son sobre todo algunos nuevos partidos, aunque no todos, ya que Ciudadanos, por ejemplo, se situaría en el polo del pragmatismo. Los hay en todas las latitudes pues, aunque últimamente esa retórica es más frecuente en el sur que en el norte de Europa, los partidos populistas de derechas están avanzando en Dinamarca, Suecia y Finlandia. El término populismo resulta impreciso en extremo y Lapuente se pregunta si no convendría escribirlo entre comillas, pero es la etiqueta que se tiende a usar para referirse a ciertos rasgos comunes de partidos muy distintos entre sí que van desde la derecha antieuropeísta representada por el UKIP británico hasta la izquierda crítica con las políticas de la Unión Europea representada en Grecia por Siriza. ¿Qué tienen en común? Su estilo que se nutre de la indignación popular, sus ilusionantes promesas de que es posible un cambio rápido y radical, su rechazo al consenso, su designación de enemigos que se oponen al bienestar popular, típicamente los partidos veteranos, ya sea porque permitan la entrada de inmigrantes o porque apliquen las políticas de austeridad que proponen Bruselas y Berlín.



Los populistas no son sin embargo los únicos chamanes. Lapuente lanza también sus dardos a la izquierda tradicional que ve la panacea en la estatalización y a la derecha neoliberal que la ve en la privatización. Su opción es la escandinava, es decir la búsqueda de la combinación de acción pública e iniciativa privada que mejor funcione en cada caso. Llama la atención que no se ocupe de los chamanes nacionalistas para los que la independencia sería la solución a todos los problemas. Al no abordar esa cuestión pasa por alto un problema que dificulta el avance electoral de la nueva izquierda española: a diferencia de Tsipras, que puede incluso gobernar con la derecha nacionalista, Iglesias no puede jugar a fondo la carta del patriotismo, porque se apoya en sectores que ven con recelo la idea de España. Su reciente compromiso con un referéndum de separación en Cataluña es el mejor ejemplo, pero esa actitud es común desde hace mucho en la izquierda radical.