Hannah Arendt. Foto: Archivo

Edición de Fina Birulés y A. L. Fuster. Trotta. Madrid, 2014 214 páginas, 18 euros

Discípula y amante juvenil de Heidegger, Hannah Arendt (1906-1975) es hoy casi unánimamente considerada como uno de los pensadores más originales y destacados del siglo XX. Compartió la condición judía con otros alumnos de Heidegger que no tardaron en hacerse igualmente famosos, como Karl Löwith, Hans Jonas y Herbert Marcuse. Y como ellos, "alemanes de origen judío", o, si se prefiere, judíos presuntamente asimilados, hubo de conocer el exilio y la frustración inicial de sus expectativas académicas.



Preferentemente dedicada a la filosofía política, desde el supuesto de que la esfera política tiene, como las demás esferas, sus propios criterios de validez y de legitimidad, dedicó no poca atención también a la crítica cultural y al estudio de la génesis y estructura de algunas de las grandes ideas y constelaciones de ideas de la tradición occidental. Aunque nunca llegaría a romper enteramente con su maestro, encontró relativamente pronto su propio camino.



Clasicista al fin -o lo que es igual, sustentadora de posiciones normativas y políticas deudoras de la Antigüedad clásica- jamás intentó "normalizar" a los autores o problemas a los que durante años dedicó su atención, ni menos resituarlos, con vocación meramente erudita, en el canon filosófico académico. Pero tampoco escogió el camino de la iconoclastia, ni sucumbió a la tentación contracultural. Desde la perspectiva un tanto excéntrica que escogió, la filosofia debe ser asumida como una experiencia intelectual y social compleja que en absoluto se limita a moverse dentro del espacio lógico de los argumentos y razones, lo que le obliga a tener bien presentes las dimensiones afectivas, emocionales, práctico-políticas, estéticas e institucionales que en definitiva la hacen posible. Y a ahondar en ellas. De ahí lo totalizador de su mirada, que en obras como la dedicada al totalitarismo, por ejemplo, se revela como máximamente fructífera. Entre otras razones, por la amplitud de los esquemas de percepción y apropiación que, coherentemente con lo dicho, pone en obra en sus "ejercicios de comprensión".



En realidad, no otra cosa son todos sus escritos, incluidos los de orden menor, como los recogidos en este volumen. Ejercicios guiados, en cualquier caso, con sostenida voluntad crítica y cuyo objetivo es "puramente" filosófico, tanto si se trata de constructos teóricos, como de programas prácticos, momentos históricos privilegiados o realizaciones artísticas.



Sea como fuere, de acuerdo con esta clave de ampliación y ruptura hay que interpretar el titulo escogido por las meritorias editoras para esta serie de iluminaciones "mundanas", con las que Arendt se sitúa "más allá" del viejo territorio, pero también del legado cosmovisional de un Heidegger cuyos compromisos políticos con el nazismo le resultaron dolorosamente inaceptables. Incluso inexplicables.



Los textos que acoge este volumen pertenecen a épocas muy distintas de la vida de la autora. Pero comparten todos ellos la conciencia de estar escritos en una "época de oscuridad" y de progresiva "pérdida de mundo", razón por la que bien podría decirse que compartirían también ese antimodernismo del que tanto se ha hablado a propósito de la filósofa. Aunque versan sobre muy diversos temas, reproducen un mismo esquema, típico de Arendt. La autora da cuenta de lo esencial del problema o del autor en juego y seguidamente destaca y desmenuza el contexto en el que se insertan y del que extraen sentido. Destacan los trabajos dedicados a Rilke, Stifter, Brecht, Thomas Mann y Hermann Broch. Se diría que Hannah Arendt se reencuentra en ellos con las raíces más profundas de su propia cultura. Esa cultura a la que su condición de miembro destacado de la diáspora nunca le llevaría, sino todo lo contrario, a renunciar.



Pero estos trabajos, como la obra toda de Arendt, enseñan otra cosa: que todavía es posible relacionar, ampliando nuestro horizonte de sentido la reflexión filosófica con la emoción poética, con las objetivaciones culturales y con el "mundo de la vida" -o vida cotidiana- sobre el que se alza la experiencia humana.