Schopenhauer

Trotta. Barcelona, 2014. 520 páginas, 22 euros

Pongámonos metafísicos. Imagínense que se suspenden por un momento en un ánimo contemplativo, dejan de hacer lo que están haciendo -esa rueda de actividad infernal de la que nos habla el protagonista de esta biografía- y se plantean la hipótesis de que la vida de sus esperanzas y desvelos no es más que un sueño. ¿Recuerdan la película Matrix cuando Neo se veía obligado por Morfeo a elegir entre la píldora de la realidad y la del sueño feliz? ¿Qué escogerían ustedes?.



Arthur Schopenhauer (Danzig, (1788-Frankfurt, 1860) siempre lo tuvo claro: la vida no vale la pena salvo, quizá, por el ascetismo intelectual de llevar a cabo un despiadado conocimiento de sus ilusiones. El alivio cierto de la muerte le llegó el 21 de septiembre de 1860 en su casa de Frankfurt tras una intensa vida dedicada a una reflexión filosófica feroz y siempre al margen de la academia. Como destaca Luis Fernando Moreno, traductor de su obra en esta pedagógica y entretenida biografía, Schopenhauer "sentó las bases filosóficas de una ética tan lógica que su aplicación generalizada garantizaría la larga vida de nuestro planeta y de la humanidad entera durante milenios".



Su filosofía parte de un pensamiento básico: el ser es voluntad, el ser quiere ser. El ser es esa voluntad que quiere ser siempre voluntad. De ahí que sea el filósofo más representativo de la irracionalidad frente a la consideración del hombre como animal racional. "El primer ateo declarado e inflexible que hemos tenido los alemanes", según Nietzsche. No contento con ser uno de los primeros pensadores en devolver sus derechos a la parte irracional mancillada por el racionalismo, destronó el primado optimista de la razón, dinamitándolo desde una reinterpretación original del idealismo.



Como se desvela en este recorrido biográfico, la respuesta filosófica schopenhaueriana consistió en negar el valor de la existencia de modo categórico: la vida es dolor, caducidad y miseria; la existencia un completo sin sentido. La única salvación que el hombre puede esperar es la de su reposo en la nada. No en vano afirmó que cuanto más conocía a los hombres más quería a su perro. Una anécdota revela su profunda misantropía. Se cuenta que el filósofo, rentista toda su vida, durante la revolución liberal de 1848 en Frankfurt recibió en su apartamento a soldados leales al gobierno para que éstos pudieran disparar mejor contra la chusma.



Su ética, claramente influida por el budismo, gira por tanto en torno al problema fundamental de cómo contrarrestar el todopoderoso y ubicuo egoísmo. Muy glosada (Cernuda, por ejemplo) es su famosa -y maliciosa- comparación del hombre con un puercoespín: un animal miserable deseoso de acercarse a otros para calentarse y buscar refugio en la intemperie, pero con el riesgo de pincharse con las espinas de los otros. A pesar de todo, se percibe en estas páginas la empatía de Moreno Claros con el personaje. Un reto difícil, por otro lado, habida cuenta del excelente trabajo previo de Rüdiger Safranski en su Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, (Tusquets, 2009), un recorrido por ese momento privilegiado de la historia europea en el que Goethe, Beethoven o Hölderlin cambiaban la fisonomía del mundo.