Jünger en las trincheras de la Gran Guerra

Traducción de Carmen Gauger. Tusquets. 672 páginas, 25 euros

Eclipsada por la II Guerra Mundial, la confrontación bélica de 1914-18, conocida en su momento como la Gran Guerra, fue la primera experiencia de los europeos del s. XX con la destrucción masiva, matanzas generalizadas y horrores anejos en unos términos cualitativos y cuantitativos inéditos hasta aquellas fechas. Como millones de sus compatriotas, un joven alemán de 19 años se alistó en las filas de su ejército, no tanto por fanatismo nacionalista o entusiasmo bélico como por vivir aventuras y seguir la corriente dominante (y, en su caso, librarse del instituto). El alemán al que nos referimos llegaría a ser a lo largo de su dilatada vida uno de los gigantes de la literatura y el pensamiento germanos del s. XX: Ernst Jünger (1895-1998). Autor de una obra inmensa, compleja, inclasificable con los parámetros convencionales, Jünger sintió siempre una pasión peculiar por el fenómeno bélico, al que dedicó varias obras desde perspectivas complementarias a lo largo de su trayectoria intelectual. La más conocida del público es la famosa Tempestades de acero, publicada originalmente en 1920 pero luego muy reelaborada en sucesivas ediciones.



La importancia del Diario de guerra que comentamos estriba precisamente, más allá de su valor testimonial, en que constituye una especie de borrador de aquella otra obra que dio al escritor alemán justa fama como analista de la condición humana en las dramáticas coordenadas de la lucha sin cuartel. Aunque la indicación sea superflua para el conocedor de la obra de Jünger, conviene advertir para quien se enfrente a estas páginas sin conocimientos previos que no debe esperar un libro nítidamente clasificable en la literatura antibelicista al uso. Tampoco lo contrario, una mera glorificación de la guerra, como a veces se dijo de Tempestades… Ni una cosa ni otra. Jünger, como antes indicamos, no es fácil de encasillar. Lo mejor, por ello, es dejarle a él mismo la palabra: "La finalidad de mi libro es tan sólo describir al lector objetivamente lo que he vivido en mi regimiento […] No quiero soltar un lamento interminable sobre la sangre y el barro, el hambre y la sed, el peligro y la fatiga, sino que tampoco quiero olvidar las horas alegres pasadas en el abrigo, los períodos de descanso en la retaguardia y las noches en medio del tintineo de las copas" (p. 423).



Al lector de hoy en día, curtido en una sensibilidad pacifista, probablemente le desconcertará y le repelerá a partes iguales el análisis de Jünger. Por un lado hallará que no se hurta en momento alguno el dolor, la angustia y la crueldad de la vida en la trinchera y de las sucesivas operaciones con cientos de miles de heridos, mutilados, agonizantes y muertos. Pero por otro lado encontrará también que el autor confiesa abiertamente: "Hoy por hoy me lo paso bien en la guerra y le he tomado el gusto, ese constante jugarse la vida tiene un atractivo enorme" (p. 99). Si hubiera que elegir un concepto para sintetizar la postura de Jünger, es probable que el más adecuado fuera el de frialdad. La frialdad de un entomólogo diseccionando la guerra como acontecimiento grandioso. Quizás por ello parece más preocupado y molesto por las circunstancias -el frío, el barro, el sueño, la humedad- que por unos destinos humanos que le son ajenos, como él mismo reconoce: "El espectáculo de los que estaban destrozados por las granadas me ha dejado completamente frío" (p. 14).



No se piense, con todo, que nuestro autor fue un mero espectador. Herido en catorce ocasiones, premiado por su valor con las más altas condecoraciones -entre ellas, la Cruz de Hierro-, Jünger fue considerado un "héroe de guerra". Como dice el profesor Helmuth Kiesel, responsable de esta cuidadosísima edición, "el belicismo de Jünger y su capacidad de aguante no se pueden explicar de manera monocausal". Pero más allá de sus motivaciones personales e incluso de la ideología que impregna sus escritos, este testimonio de primera mano sobre la atroz contienda puede leerse hoy como una fascinante recreación de la vida y la muerte en las trincheras, al tiempo que constituye -como subraya Kiesel- uno de los más completos diarios sobre la Gran Guerra desde la perspectiva de un oficial del frente.