Sylvia Nasar. Foto: Antonio Heredia
Este buenismo centrista preside todo el libro: ni capitalismo ni socialismo, sino capitalismo con socialismo, o socialismo con capitalismo, o liberalismo socialista, o socialismo liberal, no sé si está claro. ¿No? Pues así es el libro, desfilan todos los tópicos predominantes, y se aplaude a los que se van dando cuenta de que la libertad puede ser mala, y "hay que hacer algo", es decir: recortarla pero no aniquilarla, para "mejorar la situación de los obreros sin derrocar el orden social existente".
La clave es que para Sylvia Nasar todo el intervencionismo redistributivo equivale a esa mejoría. Conviene tenerlo presente para no irritarse demasiado con las gruesas distorsiones que perpetra, desde que los economistas decimonónicos consideraban "la pobreza un fenómeno natural", hasta que la economía clásica es un esqueleto carente de "una mínima humanidad", pasando porque los liberales "defendían a los ricos y denostaban a los pobres". Su admiración por Keynes es manifiesta, como lo es su fidelidad a la biografía de Skidelsky. Y lo que más le gusta de Friedman o Hayek es cuando reconocen los aciertos del keynesianismo.
Este libro entusiasmará (hablando de Hayek) a los socialistas de todos los partidos, les hará sentirse moderados, centristas, un poco de aquí y otro poco de allí, porque, ya se sabe, no hay que exagerar con la libertad, porque el mercado tiene muchos, pero muchos fallos. Los economistas se equivocan, claro, pero no lo hacen gravemente si reconocen que el intervencionismo es imprescindible. Es más, lo que es imprescincindible es olvidarse de la libertad y proclamar el pensamiento único: "nadie se plantea ya si debemos o no controlar las circunstancias económicas, sino solo cómo debemos hacerlo". En política su héroe es (vamos, ¿no lo adivina usted?) Franklin D. Roosevelt.
