José Ovejero. Foto: Santi Cogolludo

Premio Anagrama de Ensayo 2012. 208 pp., 16'90 euros.

El pasado abril José Ovejero cumplía cincuenta y cuatro años y obtenía el premio Anagrama de Ensayo 2012. En 1993 recibió el premio Ciudad de Irún de Poesía, en 1998 el Grandes Viajeros y en 2005 el Primavera de novela. Cuatro premios difíciles y de prestigio. Transitar en dos décadas de la poesía al ensayo, pasando además por el relato de viajes, la novela, el teatro y el cuento, coloca a Ovejero en ese espacio de pensadores excepcionales en el que Eugenio Trías ubica la filosofía del límite. Sólo quienes tienen la capacidad de vivir en los límites alcanzan tal privilegio.



Intérprete, viajero políglota y conferenciante, Ovejero toma el título del capítulo central de este libro, el cuarto, para llevarlo a portada y dar nombre a la totalidad del volumen. Entiende por crueldad ética "aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo las confronta al lector". El sentido ético deriva de la pretensión del autor de modificar los valores del lector, transformar sus ideas y, en definitiva, hacerle entender el mundo más éticamente. Por crueldad se ha de entender aquí el acto de forzar al sujeto a entrar en escenarios en los que no quisiera verse involucrado. Ovejero ilustra su posición con la secuencia de La naranja mecánica en la que el protagonista se ve obligado a observar una escena sangrienta mediante un mecanismo de alambres que le mantiene los párpados abiertos. La crueldad de un texto vendría de su capacidad para transformar valores y rutinas cotidianas. José Ovejero considera que no sólo la crueldad, sino el exceso en general, invitan a interpretar la realidad de un modo distinto al aceptado por la mayoría. La crueldad tendría entonces la virtud de mover la atención desde el escenario al espectador.



Más allá del espectador está el propio autor cuando descubre que "el mal" no está fuera sino en sí mismo. El autor cruel percibe su lado obscuro y abandona en consecuencia la visión apolínea -optimista y racional- de la realidad. Ahí Ovejero, refiriéndose a Agamben, considera que "sólo el autor cruel es plenamente contemporáneo". La crueldad extendida a través de la propia obra hace posible recuperar la dimensión dionisíaca del mundo y tener la ilusión de enfrentarse contra el todo y entrar en el más allá de los dioses.



El escritor cruel parte del desasosiego, investiga lo que no entiende y hace visible lo semienterrado, lo apenas visible. El autor cruel debe indagar hasta límites insospechados: "No hay auténtica crueldad ética sin que aquellos que nos aprecian se sientan ofendidos" . Por eso no basta con ser cruel con el antagonista, eso sería demasiado fácil. Como escribe Ovejero, el destino del autor cruel es la soledad, en todas o en alguna de sus formas.



Para ilustrar y consolidar "la ética de la crueldad" el lector es invitado a entrar en la topografía de "siete libros crueles". Juan Carlos Onetti con El astillero, Cormac McCarthy con Meridiano de sangre, Elías Canetti con Auto de fe, Georges Bataille con Historia del ojo, Elfriede Jelinek con Deseo y La pianista y Luis Martín-Santos con Tiempo de silencio cierran un volumen destinado a dejar al lector sin tierra bajo los pies y con sus asideros zarandeados, porque el "escritor cruel·, a fin de cuentas, podría ser cualquiera de nosotros.



La ética de la crueldad presenta dos problemas. El primero es de carácter formal. Este es un libro culto y denso que, sin embargo, se lee con claridad y fluidez. Hasta ahí bien, pero cuando se buscan puntos de apoyo en notas de pie de página o en referencias bibliográficas éstas no existen. Al lector le vendría bien saber durante la lectura, por poner un sólo ejemplo, que el citado Antonin Artaud (1896-1948) es la cabeza del llamado teatro de la crueldad. De la larga serie de premios Anagrama, hasta donde el abajo firmante sabe, éste es el primero que no lleva bibliografía citada. El segundo problema lo constituyen unas primeras páginas en las que Ovejero afirma que en la competición por la crueldad literaria, cultural y social, España se encuentra a la cabeza codo con codo con Japón y China. Sólo con leer Vida y destino de Vasili Grossman o El terror rojo de Julius Ruiz se tambalea su afirmación. Otra cosa es que la propia obra de Ovejero tenga numerosos elementos de crueldad. Está en su derecho, pero ojo con las generalizaciones.