Steve Jobs. Foto: Paul Sakuma

Trad. de David González-Iglesias. Debate. Barcelona, 2011. 737 páginas, 23'90 euros

La magnífica prosa de Walter Isaacson aprieta al lector contra las páginas de su biografía definitiva de Steve Jobs desde el principio hasta el fin.

El pasado octubre fallecía a los 56 años uno de los grandes genios de nuestra época. Steve Jobs arrastraba un cáncer de páncreas detectado en octubre de 2003 cuando la uróloga le trataba sus problemas renales. Los médicos le indicaron cirugía para extirpar la tumoración, pero Jobs se negó y buscó otras alternativas a base de una estricta dieta vegetariana con mucha zanahoria y frutas variadas. Tuvieron que pasar nueve meses para que Jobs se diera cuenta de que no se iba a curar mediante hierbas, su vidente, limpiezas intestinales frecuentes, hidroterapia y su empeño en volcar hacia fuera las emociones negativas.



La operación tuvo lugar en julio de 2004. El cáncer se había extendido y los cirujanos se encontraron con tres metástasis en el hígado. Jobs comenzó con los tratamientos de quimioterapia pero no dejó de ser un vegano obsesionado con sus dietas ni abandonó su costumbre de purgarse y de ayunar, algo que hacía desde la adolescencia.



Con la enfermedad como una losa, Jobs cumplió 50 años en 2005 y aceptó la invitación de Stanford para pronunciar el discurso de la ceremonia de graduación de ese año. Enmarcó su vida en tres "historias". En la primera narró su adolescencia y el abandono de sus estudios universitarios. En la segunda relató cómo haber sido despedido de Apple acabó por ser positivo para él. La tercera historia fascinó a los estudiantes al hablarles de su cáncer y de la muerte como algo próximo. Las ventas del iPod se disparaban en 2005, pero Jobs, visionario, estaba ya en el siguiente escalón y comenzó a preparar los equipos necesarios para poner en marcha el iPad. Casi al mismo tiempo arranca el diseño del iPhone.



A principios de 2008 el círculo íntimo y familiar de Jobs sabía que el cáncer se iba extendiendo. Tuvieron que hacerle un trasplante de hígado, y sus múltiples manías fueron un obstáculo para su mejoría, pero a principios de 2010 Jobs trabajaba con entusiasmo en un aparato "mucho más íntimo que un ordenador portátil". Tras el iPod y el iPhone llega el iPad. Bill Gates había vaticinado que no iba funcionar, pero Apple vendió, en menos de un mes, un millón de iPads. En marzo de 2011, nueve meses después, sumaba 15 millones de unidades.



Con el iPod Jobs revolucionó el negocio de la música. Con el iPad y la puesta en marcha de la App Store comenzaron a transformarse los medios de comunicación, desde la edición y el periodismo hasta la televisión y las películas. Tampoco eso le bastaba a Jobs, y en el discurso inaugural de la Conferencia Mundial de Desarrolladores de Apple celebrada en junio de 2011, Jobs presentó un nuevo servicio denominado iCloud. Un nuevo terremoto en la era digital.



Jobs, su mujer, sus hijos, sus médicos, sus amigos y su fortuna lucharon denodadamente contra el cáncer. Descifraron la secuencia genética de su tumor y analizaron su ADN. Con ello los médicos atacaron directamente las vías moleculares defectuosas que hacían que sus células cancerígenas crecieran de un modo anormal. Pese a todo, en julio de 2011 el cáncer se le había extendido a los huesos y a otras partes del cuerpo. En sus últimos meses, tras haber dejado sus responsabilidades en Apple, Jobs reencontró amigos y familiares. Repensó su budismo y se fue despidiendo.



Todo esto y más está contenido en esta biografía. Fue pedida por Jobs para dejar testimonio de su paso por la Tierra. Walter Isaacson (1952) ha tenido la fuerza de no caer en la hagiografía y ha construido un relato que arranca en la infancia de un Jobs dado en adopción e hijo de un padre, inmigrante sirio, al que nunca conoció. El contradictorio personaje que retrata Isaacson es el reflejo de una época espectacular y de un espacio privilegiado: Sillicon Valley.



Culto y refinado, Isaacson ha publicado con éxito las biografías de Einstein, Franklin y Kissinger. Su magnífica prosa aprieta al lector contra las páginas desde el principio al fin.