Juan Bernier. Foto: Ateneo de Córdoba

Edición de J. A. Bernier. Pre-Textos, 2011. 509 pp.,



Juan Bernier (1911-1989) fue uno de los fundadores de la cordobesa revista "Cántico", el mayor de sus miembros y un poeta de obra corta pero notable que acaba de reeditar Pre-Textos. El Diario de Bernier -del que sólo llegó a publicar fragmentos- es en realidad la primera y última obra que el poeta empezó y concluyó como prosista. En su fase inicial recogería las vivencias -sobre todo eróticas- del joven Juan Bernier, desde 1937 -cuando lucha en la guerra civil, un tanto casualmente en el bando nacional- hasta 1947, justo cuando se funda la revista "Cántico" y ya es amigo de sus miembros, en especial de Julio Aumente y de Pablo García Baena, con quien años antes había tenido amores de mirada. Pablo le dedicó uno de sus mejores poemas iniciales, "Tentación en el aire". En una segunda etapa de escritura -acaso la más importante- Bernier pulió y agrandó lo escrito y quiso llevar el diario hasta sus días infantiles en el pueblo cordobés de La Carlota -por eso el diario empieza, retrospectivamente, en 1918-. Esa revisión final que lo vuelve todo una magnífica prosa y un tema, quizá a ratos monótono (el mismo autor lo declara) pero delicado y candente, Bernier no llegó a concluirla. Pero dejó una gran obra de la "literatura del yo", absolutamente insólita en España.



Deudora inicialmente del Diario y el magisterio de Gide, si el libro de Bernier hubiera salido en Francia daría lugar a polémica y debates. Aquí no ocurrirá nada porque el autor murió hace ya baños, y su tema central es mejor dejarlo bajo la almohada. Con alusiones a libros y a amigos, el Diario de Bernier nos describe la sórdida y apasionada vida de un pederasta en la España oscura de la posguerra. Sólo una vez lo detienen, en Sevilla, porque un menor se lo cuenta a su padre, pero logra salir con bien… Es una persona culta y honesta, que tiene el sentir sexual que tiene, pero que no pretende hacer daño a nadie. ¿Es posible? Lean y vean con cuanta lucidez se analiza, se penaliza y se perdona o se acepta desde una suerte de psicoterapia propia. Desea la carne masculina joven, los primeros balbuceos sexuales del jovencito que sabe lo que quiere, y ello le lleva a muchos extraños momentos felices -con cómplices que lo desean- pero también a la contínua sordidez de los vagabundeos clandestinos al filo de la noche. "Tan jovencillos, tan solos -los maleteros de la estación- son tentaciones múltiples a los extraviados silenciosos". Sólo las almas grandes y generosas pueden leer un texto como este, tan vivaz, tan hondo y tan fácilmente condenable, si eso es lo que se busca. Pero Bernier ni pretendió aplauso ni condena, sólo comprensión, y la merece porque no se entrega a su pasión sin honestidad y sin análisis. Una obra de gran calibre, muy poco española.



Quienes conocimos a Bernier recordamos bien a un hombre campechano y sencillo, buen bebedor, nada engreído, y que en nada condecía con ningún arquetipo homosexual. Quizás él fue otra cosa: amante de la extrema juventud, en las primeras ardientes lujurias veía la verdad de la vida, un vivir -paradójicamente- incontaminado y limpio. Se hablaba mucho del Diario de Bernier y los poetas de "Cántico" lo alababan con temor luciferino. Ya no es una habladuría. Está aquí. Y es un gran texto, el reflejo prístino de una sexualidad -y sensualidad- malditas en un país pobre donde todo ello -nueva paradoja- sería más fácil entonces, pese a la sombra, que ahora mismo que predicamos una apertura, a menudo más hablada que realidad.