El Quijote -reflejo sombrío del alma española para Núñez Florencio-, según Daumier

Marcial Pons. Madrid, 2010. 480 páginas, 23 euros



Núñez Florencio (Camas, Sevilla, 1956) es autor prolífico y sorprendente. Lo de prolífico no tiene mayor necesidad de explicación; lo de sorprendente resulta manifiesto cuando se tiene en cuenta la diversidad de los temas que ha abordado. Sin necesidad de ofecer una extensa bibliografía suya, ahí están su visión de la España de 1898, su estudio sobre la imagen de España en el mundo, su divertida reflexión sobre el encuentro de algunos extranjeros con la gastronomía española, o la percepción que los españoles hemos tenido de nuestro paisaje en el proceso de nuestra construcción nacional. Ahora aborda, como nos advierte en la presentación de su libro, "el pesimismo como expresión recurrente de una colectividad ... que no acierta a cicatrizar las heridas de su pasado, afianzarse en el presente y mirar al futuro con fe en sus propias fuerzas". Un tema nietzscheano que nos remitiría a los planteamientos de Leopardi o de Schopenhauer. Se trata de un enfoque que tampoco carece de precursores en el horizonte intelectual español. De pesimismo hablaría Francisco Giner de los Ríos, a comienzos del XX, en la revista Alma Española, y tendría la respuesta de Unamuno en diversos artículos de aquellos años. También sería el tema de un conocido libro del nacionalista catalán Francesc Cambó y, en los tiempos más recientes, lo abordó Jose María Salaverría. Hoy es ya un asunto recurrente del que han hablado Amando de Miguel, Álvaro Fernández Suárez, Juan Velarde o Miguel Ángel Lozano.



En manos de Rafael Núñez Florencio, el tema se transforma en un recorrido apasionante en el que la formación específicamente filosófica de este curtido historiador se pone de manifiesto en cada una de sus páginas. Por eso, éste es un libro que no se debe leer a ratos ni precipitadamente sino que exige lectura reposada y, sobre todo, meditada. Es lo que debe hacerse, por ejemplo, con el capítulo dedicado a la decadencia que responde a un concepto muy habitual en la descripción de las condiciones materiales de los países, pero que adquirió una perspectiva moral y política con Montesquieu. No deja de ser significativo que una de las primeras ediciones en castellano de la obra de Edward Gibbon (The history of the decline and fall of the Roman empire) precediera en pocos años a las obras de Antonio Cánovas del Castillo sobre la decadencia española.



Las referencias a los autores que profundizan en la psicología colectiva de los españoles se multiplican en detallados capítulos dedicados a la abulia (Baroja) o a la imagen de desolación a la que conducen los desastres (Imán, de Sender), sin que en ese desgranar de títulos dejemos de añorar algunas precisiones más detalladas sobre las ediciones originales que se aluden.



La conmemoración del tercer centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, pondría a la figura del hidalgo manchego en el punto de mira de regeneracionistas y de las generaciones más jóvenes, empeñadas en la modernización. Constituye un excelente punto de apoyo para la certera reconstrucción de la historia española en un trágico siglo XX que tiene que atravesar la trágica sima representada por la guerra civil (esperpento), que realiza de la mano de Baroja o, para la Sevilla natal del autor, con la guía de quien fuera colaborador de Queipo de Llano.



El esperpento de la guerra conduce a la negrura de la represión, del crimen en frío, exigido por la lógica del poder. Una negrura que hundía sus raíces en una larga tradición que iba desde Goya a Solana, pasando por Regoyos. El volumen se cierra con una caracterización del desencanto que siguió a la Transición y el interrogante sobre la normalidad que representa la situación actual. El empeño del libro es, desde luego, muy ambicioso y, a lo largo de sus 400 páginas, Núñez Florencio conduce al lector por unos vericuetos nada habituales en la reflexión de nuestro pasado.