El prestigio de Agustí Calvet i Pascual, Gaziel (1887-1964), como corresponsal de guerra y articulista político ha opacado su faceta de crítico literario y cultural. Doctor en Filosofía (después de una incursión no feliz en el Derecho), el gerundense fue colaborador de La Vanguardia y enviado especial en París. Desde allí ejerce como cronista de la Primera Guerra Mundial, antes de convertirse en uno de los periodistas españoles más relevantes de las décadas de los años 20 y 30, columnista de otros medios y codirector (desde 1920) y director en solitario (1933-1936) del citado diario barcelonés.

Pláticas literarias

Gaziel

Fundación Banco Santander, 2024. 230 páginas. 10 €

También fue conferenciante, director de colecciones editoriales, escritor de memorias y libros de viajes y participante en congresos: uno de los intelectuales catalanes más influyentes de su tiempo, represaliado por el franquismo.

En el sexagésimo aniversario de su muerte, la colección Cuadernos de Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander saca a la luz una recopilación de textos (la mayoría, inéditos en formato libro) que revelan su interés por los asuntos literarios. Francisco Fuster, responsable de la edición, apunta en la introducción de Pláticas literarias los rasgos de la dimensión de Gaziel como crítico: es elitista, de herencia ilustrada y visión más bien “antimoderna”, opera por razonamiento inductivo y, ante todo, manifiesta una clara pulsación humanista.

El primer apartado, Literatura universal, se abre con la crónica de una representación en 1923 de El rey Lear en el Teatro Romea de Barcelona, “una verdadera tormenta para nuestras almas metódicas y rutinarias”. Gaziel contrapone el ambiente físico y social del teatro, la calle y la ciudad con el mundo que surge en el escenario, donde crepita una hoguera prodigiosa de pasiones humanas: “El esplendor verbal e imaginativo de Shakespeare nos deslumbra como un meteoro”.

El periodista recuerda, en el centenario de su muerte, a Joseph de Maistre, al que descubrió en un viaje de juventud a San Hilario Sacalm. Las experiencias personales se entreveran con las consideraciones críticas.

“Liberal afrancesado”, amante de la tradición y polemista cordial, Gaziel ha sido en las últimas décadas “uno de los intelectuales más injustamente valorados por la cultura oficial catalana”

Es un lector perspicaz y exigente (“voraz, pero caprichoso”, según Fuster) que ha navegado atentamente la literatura occidental y gusta de establecer conexiones entre autores, épocas y geografías (por ejemplo, en su nota sobre Eça de Queiroz, cuya risa confronta con la de Cervantes).

Goethe le sirve de excusa para reflexionar sobre “la religión de nuestro tiempo: la idolatría de las masas”; considera a Stendhal “uno de los más formidables contrabandistas psicológicos de la novelística occidental”; proclama que Lord Byron “no fue un gran poeta” sino (más vividor que artista) “una libérrima juventud desbordada”; analiza a Dostoievski al trasluz de la Europa de entreguerras; define a Flaubert como un “mártir” contaminado por “el mal de la literatura”.

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Delata la hipocresía o el oportunismo de los que elogian a Ibsen después de muerto cuando en vida lo desdeñaron o lo obviaron; reacciona a la muerte de Proust (que “ha realizado, en el orden de la literatura, una revolución parecida a la de Einstein en el terreno de la interpretación física del universo, y a la de Freud en el mundo de lo subconsciente”); considera “rotundamente mediocre” Herejes de Chesterton. En un texto sobre Valéry declara que “el gran arte no puede, no debe ser democrático”.

En tres entregas publicadas en septiembre de 1919 refleja su interés por un libro en el que “un cronista francés” relata su visita a Yásnaia Poliana, el retiro campestre de Tolstói. Quiere investigar cómo ha afectado la Revolución a la familia y los bienes del escritor (cuya tumba, según algunos periódicos europeos, había sido profanada). Le recibe Tatiana Sukhotina, hija de Tolstói, que vive allí con su madre y otros familiares que han tenido que dejar sus casas, víctimas del “furor bolchevique”, que sí ha respetado la heredad en la que el autor de Guerra y paz nació y pasó gran parte de su vida (al empezar los disturbios agrarios en 1917, el Gobierno de Kerensky mandó una guardia de 100 soldados para protegerla).

Conoce a la viuda y los espacios íntimos de Tolstói y es invitado a cenar. Gaziel se pregunta qué habría pensado el gran escritor de la Revolución bolchevique. Y concluye que habría “abominado” de “los procedimientos puestos en práctica por Lenin y Trotski con la misma espiritualidad e irreductible energía que empleó en combatir las enormes torpezas del régimen imperial”.

Cervantes, Blasco Ibáñez, Baroja y Azorín son algunos de los protagonistas de la sección Literatura hispánica. Gaziel destaca el afecto que el autor del Quijote mostró por Cataluña y Barcelona y su capacidad para percibir y expresar “el hecho de su diferenciación hispánica”. Del valenciano, a los pocos días de su fallecimiento, subraya la complejidad de su semblanza, compuesta por “una multitud alucinadora de imágenes contradictorias”.

Confiesa que los personajes de Baroja, cuyo individualismo es “feroz”, no perduran en su memoria (sí los paisajes). Lo define como “un moralista mediocre y un psicólogo pésimo” y pone reparos a su serie Memorias de un hombre de acción (más de dos décadas después matizó estos juicios, reconoció su “crudeza” y se refirió al vasco como “una especie de Goya literario”). De Azorín le interesan su latido melancolizado por el paisaje castellano, su estilo y su colorismo.

Cataluña y sus escritores centran el tercer bloque de la obra, en el que Gaziel explica su devoción por el “primitivo genial” Jacint Verdaguer, disfruta de la amistad entre Joan Maragall y Josep Pijoan, exalta la labor de “ingeniería lingüística” desarrollada por Pompeu Fabra y glosa a Bonaventura Carles Aribau como resucitador de la lengua catalana, que tiene en Josep Carner a un “mago” a las alturas de 1924. En un artículo sobre Àngel Guimerà postula como absurdo el “fetichismo” de la posteridad.

De postre, cuatro “pláticas artísticas”. En el Louvre conoció a Murillo, que le decepcionó en el Prado y volvió a interesarle en un viaje sevillano: reconoce “su dominio instintivo del oficio” pero le achaca “falta de carácter” (lo opone a Zurbarán, que tiene menos técnica pero más alma). En el centenario de la muerte de Goya (1928), constata que “lo goyesco” perdura (incluso con mayor relieve) en la médula española. Despide con honores a Gaudí (junio de 1926), pero advirtiendo que Cataluña es históricamente “víctima de sus propios visionarios”. Y a través de Picasso y Durero compara la condición social del artista en sus respectivas épocas.

“Liberal afrancesado”, amante de la tradición y polemista cordial, Gaziel ha sido en las últimas décadas, según Fuster, “uno de los intelectuales más injustamente valorados por la cultura oficial catalana”.