Joseph Roth esperando en una estación de tren. Francia, 1926. Foto: Leo Baeck Institute

Joseph Roth esperando en una estación de tren. Francia, 1926. Foto: Leo Baeck Institute

Letras

Prostitutas, boxeadores, videntes y faquires: las gloriosas crónicas inéditas del periodista Joseph Roth

Narrador de culto dipsómano y genial, el escritor fue también un sagaz reportero que convertía la vida cotidiana en artículos plenos de fuerza y sensibilidad, de los que la editorial Ladera Norte publica una antología.

28 marzo, 2024 02:23

En sus Memorias, Arthur Koestler renegaba del periodismo que ejerció en la época de Weimar por las mismas razones que hicieron grande el periodismo de la época de Weimar. “Se daba por sentado que un corresponsal debía ser más literato que reportero y tener un ‘estilo individual’, como todo escritor creador”, decía. Luego lamentaba haber caído él también en el mismo vicio. Ponía el ejemplo de Richard Katz, célebre corresponsal del grupo Ullstein que un día escribió un editorial en verso en la primera página del periódico.

Gabinete de curiosidades

Joseph Roth

Edición y traducción de Berta Vias Mahou
Ladera Norte, 2024
256 páginas. 22,90 €

La caricatura de Koestler —en la que, como era habitual en él, se forzaba el argumento y llegaba a vincular la “demanda de productos de fantasía” en los periódicos con el posterior “aluvión de la mística nazi”— no era justa con la edad de oro del periodismo alemán (o, por ser más exactos, en alemán), en la que la literatura, en su mejor acepción, impregnaba los periódicos. Sin embargo, como toda caricatura, tenía una parte de verdad. Los diarios de Berlín, Viena o Frankfurt daban mucha importancia a la evocación literaria y se ocupaban menos de las grandes panorámicas que de los asuntos pequeños. Predominaba la primera persona, el retrato impresionista e irónico.

Entre sus firmas había escritores como Alfred Döblin, Stefan Zweig o Karl Kraus. Los artículos literarios —a Koestler el tiempo le ha quitado la razón: esas “fantasías” son hoy el mejor documento de aquella época— eran una forma específica de representar el mundo, como cualquier otro género literario, y de ellos emergía una verdad propia compatible con la del periodismo más riguroso.

Uno de los periodistas en lengua alemana más destacados del momento era Joseph Roth. Sus obras completas incluyen unos 1.300 artículos. Empezó a publicar en prensa en 1915 y a los pocos años ya era uno de los periodistas mejor pagados de Europa. Los años veinte fueron su época gloriosa. Viajó por Europa, informó desde Francia, Polonia, Italia, Albania o Rusia.

Su faceta periodística, relativamente postergada en nuestro idioma salvo por alguna recopilación ocasional, se reivindica ahora en una antología de artículos inéditos que escoge y traduce Berta Vias Mahou. El título, Gabinete de curiosidades (Ladera Norte), esconde un precioso homenaje: la única colección de artículos que Roth publicó en vida, “cosa que le hacía una gran ilusión”, se tituló Panoptikum, término que designa uno de esos cuartos de maravillas donde la vieja nobleza exponía los objetos raros que traía de sus viajes por el mundo.

Con este término, Roth aludía a los personajes excéntricos que poblaban sus páginas. Prostitutas, boxeadores, videntes, quiromantes, faquires, bailarinas. Muchos de los personajes viven en desventaja frente al resto de la sociedad. Roth, que dormía en hoteles y escribía en los cafés, se los encontraba por la calle o a veces iba a buscarlos. Se “infiltraba” en una casa de abortos o dedicaba varios días a la penosa tarea de buscar trabajo, a fin de denunciar (sin fruncir jamás el ceño, con gracia y sin sensacionalismo) las deplorables condiciones de vida de los más débiles.

En el caso de su reportaje sobre los abortos clandestinos, Roth se cuela en una de esas viviendas que ofrecen “ayuda discreta”, en cuya entrada se lee: “Referencias para cualquier circunstancia en la vida”. Dice acudir en nombre de una chica con un padre brutal, acuerda lo que le costará la intervención (“con cien marquitos la cosa está hecha”) y por último la mujer de la casa, también pitonisa, le lee el futuro en una baraja.

Roth demuestra el excelente retratista que era y logra la descripción precisa con apenas dos trazos. Lo logra con un príncipe, con un apuntador, con su tío Auerbach el de los ultramarinos, con un tenista de gestos gráciles, con un redactor nocturno y con un reportero de sucesos que “dictaba una docena de asesinatos, atracos, robos en bancos y casas particulares, volvía a encender el puro y abandonaba el café”.

Si el editor le pide un artículo sobre su “primer amor”, él entrega uno sobre el “segundo”, e ironiza, como en El espejo ciego, sobre el folletín vienés, del que también parodia sutilmente su estilo ampuloso (“a diferencia de Lisa se llamaba Margot”).

Sus artículos sobre periodistas, que podrían constituir una sección autónoma del libro, contienen perlas de sabiduría sobre el oficio: “El lector no era un cosmopolita, al que la tierra entera ofrecía un rostro por igual interesante, sino una persona firmemente asentada, a la que el vecino de al lado le interesa más que la erupción del Vesubio”.

A menudo se filtra en sus textos el recuerdo de Brody, su ciudad natal en Galitzia, tan familiar para sus lectores. Como todos los libros de Roth, el final de este, con sus últimos artículos enviados desde París, es inevitablemente amargo. Joseph Roth se instaló en Francia en 1933, en cuanto Hitler llegó al poder. Seis años después moría sin haber vuelto a pisar Alemania.

Toreador

Gracias a una agradable coincidencia recibo unas revistas ilustradas de España. La guerra en ellas casi no se nota. Es un verdadero alivio.

Blanco y Negro contiene un simpática ilustración coloreada de la vida artística española. El famoso torero Braulio Sánchez, llamado El Ceporro, al que le gustaría que le tomen por un intelectual, va esta noche al teatro para ver una pieza literaria. Entra en el palco, seguido por un amigo servicial, escupe, se sienta con el sombrero en la cabeza, vestido con un chaleco verde y una pajarita roja.

De pronto se interrumpe la representación, porque de todos modos ya nadie mira al escenario. En la galería la gente deja la cabeza, los brazos y los pañuelos ondeantes colgando por encima del pretil. Y a una señora vestida de verde su marido tiene que sujetarla por las piernas para que, como una enorme bandera verdosa, pueda descolgarse hasta el palco de El Ceporro. Más abajo, la gente más refinada en los palcos vecinos no se comporta mejor. Una dama se desvanece. Un caballero del patio de butacas trepa por la columna hacia el palco en cuestión. Unos niños gritan. Los gemelos de teatro se alargan cada vez más. Y así la gente mira embobada. En el escenario los actores hacen agujeros en el decorado para ver al célebre torero. El apuntador se estira fuera del cajón. La ingenua se habría caído por la rampa, si su gorda mamá de teatro no la llega a agarrar. Y el autor está ahí de pie, afligido, y mira al Ceporro, en vez de contemplar su magnífica obra. En suma, se trata de una representación fuera de serie. Se hablará mucho de ella en casa. El Ceporro ya se ha puesto de pie y dice:

–Demasiado soso para mí.

Los acomodadores forman un pasillo y gritan:

–¡Viva!

Ahora la literatura puede continuar. Desde la Gloria, dice el texto bajo la ilustración, sonríen Calderón, Lope y Echegaray. No sé qué hay ahí de lo que burlarse. Cuántas veces he ido al teatro y he mirado con disimulo hacia los palcos entre suspiros, deseando que entrara un apuesto matador, pues así tendría una razón para apartar la vista del escenario. ¡Afortunada España, que aún puede entusiasmarse con algo en el teatro! Entre nosotros Goethe, Schiller y Grillparzer no encuentran nunca un motivo para sonreír desde la Gloria cuando dirigen sus gemelos hacia la sala de espectadores de un teatro.

Der Friede, 1 de marzo de 1918