MarÍa Oruña. Foto: Carlos Ruiz

MarÍa Oruña. Foto: Carlos Ruiz

Letras

María Oruña, la autora superventas del Puerto Escondido: "El buenismo me aburre muchísimo"

La escritora imprime un ritmo vertiginoso a 'Los inocentes', novela en la que la teniente Valentina Redondo se enfrenta a un viejo enemigo.

16 septiembre, 2023 02:31

Esta semana la vida de María Oruña (Vigo, 1976) se ha convertido en una locura, puro vértigo: el miércoles publicó su última novela, Los inocentes (Destino), y la presentó en Santander; el jueves,triunfó en Bilbao y ahora hablamos mientras viaja en coche hacia Navarra, donde esta tarde volverá a encontrarse con los lectores, mientras que mañana la esperan Torrelavega y Suances; el lunes, Oviedo; el 20, Vigo...

Exultante, confiesa que se siente muy, muy feliz, y que lo que más la estresa son precisamente las entrevistas, el no poder conversar con sosiego con los periodistas que la reclaman ni con la gente anónima que promete contarle qué le ha parecido el libro cuando lo acabe. Ante todo, dice, no quiere fallarle a nadie, empezando por el lector, arrastrado en Los inocentes por un ritmo vertiginoso, como la propia teniente Valentina Redondo, protagonista de su célebre serie de seis novelas titulada Los libros del Puerto Escondido, de la que lleva vendidos más de un millón de ejemplares.

La teniente afronta en esta ocasión a un viejo enemigo, el que más dolor le causó, presunto responsable de un atentado en el balneario de Puente Viesgo contra un grupo de empresarios, con gas serín. Enfrentada a sus más secretos fantasmas, la teniente descubrirá un rostro inesperado del mal.

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Pregunta. ¿Hay algo realmente inocente en la novela?

Respuesta. La verdad es que no. Al menos, lo que he intentado plantear es que nadie lo es completamente, porque incluso quienes solo saben qué pasó y no hicieron nada por impedirlo, los testigos silenciosos e impasibles, son culpables también. En el fondo tenía en mente Crimen y castigo, de Dostoievski, la historia de un asesino que pasa hambre, frío y miseria y al que falla la sociedad que le debía proteger. Quiero que el lector se inquiete, que se pregunte si él lo es o no.

P. ¿Marca Los inocentes el final de una época en su escritura y el comienzo de otra distinta, es la última entrega quizá de Los libros del Puerto Escondido?

R. Aún no lo sé, quizá haya más entregas pero siempre he tenido claro que no quería que esta serie se eternizara ni que tuviera veinte o veinticinco misterios, aunque no vaya a dedicarme a la poesía o el ensayo, ja, ja. Ya escribí hace tiempo una novela histórica, pero tengo mucho por narrar. No es que me proponga un cambio de rumbo en este momento concreto, pero tampoco lo descarto.

Evolución desde el dolor

P. ¿Qué le ha prestado a sí misma, de su vida y su personalidad, a su protagonista, la teniente Valentina Redondo?

R. Siempre digo que tengo un poco mío en todos los personajes, asesinos incluidos. Es curioso, todos me asocian con la teniente porque es mujer, y por la dualidad que las dos mostramos: ella tiene cada ojo de un color y yo, un doble perfil laboral como abogada y como escritora, y soy también dual en lo personal, ya que en lo profesional soy muy autoexigente y en la vida me gusta relajarme y disfrutar, pero, insisto, hay algo de mí en todos mis personajes, incluso en los más malvados.

P. ¿Y cómo ha ido evolucionando la teniente en estos seis libros?

R. Profundamente y desde el dolor. Valentina ha sido golpeada en lo más íntimo por la vida.

P. Sí, porque el presunto asesino de Los inocentes fue el culpable de que ella perdiera a su hijo cuando estaba embarazada y no pudiera volver a concebir…

R. Sí, pero en lugar de emborracharse de pena y autocompasión ha decidido apostar por vivir sin amargura. De ahí la importancia del duelo en Los inocentes, porque Valentina se ha acostumbrado a vivir con la pena y el dolor, en su propia oscuridad, como hace también el villano, el asesino. En el fondo la teniente tiene latente la idea de vengarse.

"He sufrido el síndrome de la impostora demasiado tiempo"

P. ¿Y usted, como escritora?

R. Creo que ahora domino mejor la técnica de narrar. La verdad es que he sufrido el síndrome de la impostora mucho tiempo, pero ahora soy una narradora mucho más firme y segura.

P. Cuando la teniente Redondo se reúne con los miembros de la UCO la reciben con paternalismo y condescendencia: ¿realmente hemos avanzado las mujeres en cuestiones laborales o hay un machismo de fondo, residual, que nos va a acompañar todavía mucho tiempo?

R. Mi experiencia como abogada laboralista me demuestra que esa condescendencia sigue presente en el mundo profesional. No es que los convenios colectivos marquen diferencias entre hombres y mujeres, pero existe algo muy sutil que ahonda las diferencias y es el problema de la conciliación: la mujer suele frenar su carrera, renunciando a reuniones, cenas de trabajo y ascensos, por su familia. Tendrían que cambiar los horarios para que todos, hombres y mujeres, tuvieran igualdad de posiciones, derechos y obligaciones.

"Hay algo de mí en todos mis personajes, incluso en los asesinos"

P. ¿Cree que el mundo de la literatura es más libre o igualitario que otros sectores, o aquí también sería necesario un #Metoo?

R. En mi caso concreto, la verdad es que como escritora no he notado ni condescendencia ni trato de favor ni acoso alguno por ser mujer. La verdad es que me preocupa más que sigan existiendo lectores (y editores) que crean que existe una literatura específica de mujeres, de género, como si no existiesen escritores sensibles ni autoras soeces.

El fondo moral del lector

P. Volviendo a la novela, ¿cómo surgió la idea de narrar un atentado contra un grupo de empresarios en el balneario de Puente Viesgo, convertido en un spa nada relajante?

R. En realidad nace de una suma de cosas, porque siempre me documento exhaustivamente para escribir una novela, leo bastantes libros, tratados de ciencia forense… En este caso recordé además un crimen real que descubrí en mi anterior novela, un asesinato de masas que ocurrió el siglo pasado en Europa y que me permitió situar en un lugar que conozco bien, Puente Viesgo, el contraste entre el bien y el mal, que marca el libro desde sus primeras páginas, cuando un mirlo, símbolo de la pureza y de la inocencia, se lanza a por una presa para comerla y la mata, convirtiéndose así en la encarnación del mal.

P. ¿A qué se debe el ritmo frenético de Los inocentes?

R. A que he querido que el lector muestre su verdadera cara, su fondo moral, y que se plantee qué haría en un caso así: si matan a tu hijo y puedes vengarte, ¿es lícito hacerlo? ¿en el fondo escondes a un asesino? Es lo que plantean al principio de la novela el novio de Valentina, Oliver, y su amigo Michael: si en una batalla matas a cien enemigos eres un héroe, pero si en la vida cotidiana niegas la ayuda a quien la necesita, puedes ser un criminal. Dependiendo del lugar y las circunstancias serás un dios o un miserable. ¿Qué quiere? ¡Me gusta inquietar, cuestionar al lector!

P. ¿Por qué la idea de los personajes torturados, del mal, nos resulta en ocasiones atractiva?

R. Supongo que porque todos tenemos un componente sociocultural salvaje, que tenemos dormido o domado, aunque también nos guste que, al menos en los libros, los malvados, los asesinos, sean castigados, porque sabemos por experiencia que en la realidad eso no suele pasar.

"Tenemos tanto miedo a la realidad que algunos prefieren refugiarse en la censura"

P. Le gusta inquietar ¿verdad? Porque eso que dice no es nada correcto…

R. ¿Qué quiere? El buenismo me aburre muchísimo. Tenemos tanto miedo a la peligrosa realidad que algunos prefieren refugiarse incluso en la censura. Por eso se están reescribiendo novelas completas, como algunas de Agatha Christie o cuentos como La Cenicienta, cuando lo que los niños necesitan es que estemos con ellos y les pongamos los cuentos en su contexto. Son soluciones tontísimas a los miedos contemporáneos.