No lo llamen "novela negra", por favor. Olvídense de los polis atormentados por el alcohol y los problemas familiares. De los psicópatas eruditos que escenifican la biblia en verso para sus crímenes sangrientos. De las grandes ciudades con sus policías corruptos, mafias y depravación sistémica. De los detectives que solucionan los problemas a golpes y a tiros. De la contaminación ambiental, física y moral a la que combaten inútilmente los y, sobre todo, las protagonistas de la mayoría de novelas policíacas de las últimas décadas.

Olvídense del aburrido trabajo forense, de laboratorios y comisarías abarrotados con burocracia y pruebas de ADN, con sus héroes de bata blanca y vocabulario de diccionario médico Dorland. Vámonos de vacaciones, por favor… Aunque sea sin salir de casa.

Este verano volvemos a disfrutar en la pantalla de televisión del siempre cálido y agradable clima caribeño de la isla de Saint-Marie, con sus playas paradisíacas, sus refrescantes tormentas tropicales, sus cócteles exóticos y sus no menos exóticas fiestas tradicionales, con un toque de vudú. Y, naturalmente, con sus más de cien asesinatos misteriosos, a lo largo de las doce temporadas que dura ya la deliciosa serie anglofrancesa Crimen en el paraíso (Death in Paradise) —de estreno en el canal Cosmo—, creada en 2011 por el escritor y guionista británico Robert Thorogood.

'Crimen en el paraíso'. Un inglés en el Caribe.

Thorogood, autor también de un puñado de novelas policíacas, dentro y fuera del universo de Saint-Marie, tuvo la brillante idea de recuperar el más genuino estilo del whodunit (¿quién lo hizo?), para trasladarlo a una isla de Las Antillas en régimen de protección conjunta por parte de los gobiernos francés y británico, añadiendo un toque maestro: introducir en su plácida y cálida comisaría caribeña a un inspector enviado desde la brumosa y fría Londres.

Estirado o despistado, serio o tímido, flemático o torpón, pero siempre, siempre, excéntrico, este personaje o personajes (que ya han encarnado cuatro diferentes actores: Ben Miller, Kris Marshall, Ardal O'Hanlon y el actual: Ralf Little) pone la nota humorística esencial, con el contraste entre su personalidad urbanita, peculiar y esencialmente británica, y el relajado estilo de vida y personalidad extrovertida de sus compañeros caribeños en las fuerzas policiales de Saint-Marie. Por supuesto, también es siempre un brillante genio deductivo e imaginativo, capaz de resolver el asesinato más enrevesado, culminando con la clásica y esperada reunión de sospechosos, al final de cada episodio.

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¿Tópico? ¿Familiar? ¿Convencional? Sí, pero en un sentido positivo: uno que nos permite como amantes del género sentirnos confortables a lo largo de más o menos una hora de crímenes horrendos, sospechosos desagradables, móviles oscuros y situaciones peligrosas. Una hora de la que disfrutamos tanto como de la presencia en casa de un viejo amigo, con el que compartir un buen rato de chismorreo sobre los últimos asesinatos, golpes de estado, terremotos y demás amenas noticias del día. Si es con una copita de Jerez o un té con pastas, mucho mejor.

Aunque en literatura y cine la popularidad del misterio clásico decayó notablemente a lo largo del último tercio del siglo pasado, donde la realidad y el realismo (o al menos algo parecido) se fueron imponiendo en el género, la televisión ha sido el gran refugio del enigma criminal tradicional, heredero de la llamada "edad dorada de la literatura detectivesca", situada por los expertos entre las dos grandes guerras mundiales del siglo XX.

No sólo nunca han faltado largas series basadas en personajes como Hércules Poirot y Miss Marple de Agatha Christie; el Padre Brown de Chesterton; el Nero Wolfe de Rex Stout; el Perry Mason de Erle Stanley Gardner; el Maigret de George Simenon o, por supuesto, el mismísimo culpable y padrino de todos: el Sherlock Holmes de Conan Doyle. También han surgido muchas otras y otros no menos populares y longevos, gracias al secreto amor del público por el crimen misterioso.

'Los asesinatos de Midsomar', toda una tradición británica.

Desde 1997 hasta la actualidad siguen emitiéndose en más de doscientos países las 23 temporadas (138 episodios) de Los asesinatos de Midsomer (Midsomer Murders). Creada por los escritores de thriller Anthony Horowitz y Douglas Watkinson, a partir de las novelas de Caroline Graham, hace ya mucho que la serie se independizó de su origen literario, para seguir trasladándonos a su encantador escenario rural británico, repleto de adorables villas, bosques umbríos, casas de campo y terribles asesinatos y asesinos, rodeados a menudo por una parafernalia de lo más pervertida, perversa y divertida.

El imaginario condado de Midsomer es la quintaesencia de la Inglaterra tradicional, amada y soñada por Agatha Christie, Dorothy L. Sayers, Freeman Wills-Croft, Edmund Crispin o Michael Burt. Un lugar plácido, tranquilo y amable que esconde bajo su superficie odios familiares y de clase, rituales y fiestas tradicionales de regusto pagano, cuando no diabólico, secretas rencillas y esqueletos en todos los armarios, sótanos y establos de la región, que dan lugar a que se bromee en la propia serie sobre cómo Midsomer es el lugar con más asesinatos de Inglaterra. Y ríase usted de Londres.

Agatha Christie, la culpable de todo.

A esos asesinatos se enfrenta (al menos entre 1997 y 2011) el inspector jefe Tom Barnaby, fantástico John Nettles, siempre con la complicidad de algún joven e ingenuo sargento a su servicio, sustituido más tarde como protagonista por su primo John Barnaby (Neil Dudgeon). Humor negro, ácida crítica de las clases altas británicas, costumbres singulares, elementos sobrenaturales siempre explicados racionalmente, actores y actrices veteranos y un entorno familiar y social recurrente son las agradecidas piezas para un puzle de misterio tan inglés que llegó a ser criticado por poco o nada inclusivo, olvidando que se trata de una pura fantasía que destila conscientemente la esencia alquímicamente pura del whodunit británico, clásico y tradicional.

Por supuesto, la abuela de todas estas series, como reconocen sus creadores, es la tan a menudo vilipendiada Agatha Christie. Pesadilla de los fanáticos de la "novela negra" químicamente (im)pura, son su obra y personajes la semilla del mal de la que deriva el cosy mystery eterno y actual. Y quizá más que el pedante y bigotudo Poirot, sea la chismosa Miss Marple la culpable de todo o casi todo. ¿No fue un rasgo de genio convertir en detective a una anciana solterona de provincias, resabiada y meticona, más inteligente de lo que debería ser por su propio bien?

Feminismo cosy

No deja de ser paradójico que una autora como Agatha Christie, considerada defensora a ultranza de los valores conservadores de la sociedad británica, creara también uno de los más populares e influyentes personajes femeninos de la ficción, dentro y fuera del policial. Un personaje que evade por completo los tópicos masculinos (o femeninos) habituales, para mostrar y demostrar que una mujer por completo independiente y en la tercera edad, puede aventajar en inteligencia, habilidad y poderes mentales a los investigadores más curtidos de Scotland Yard.

Aunque la propia Christie no quedara muy contenta en su día, las fantásticas adaptaciones a la pantalla protagonizadas en los sesenta por Margaret Rutherford y dirigidas por George Pollock, resultan hoy sorprendentemente atrevidas. En ellas, la veterana actriz cómica inglesa encarna a una Miss Marple regordeta, habladora, decidida y activa, que pone en su sitio a todos quienes se interponen en su camino (policías, asesinos, sospechosos, vecinos…), hasta solucionar los crímenes que se ha propuesto resolver, arriesgando su vida.

La Miss Marple de Margaret Rutherford, ¡cuidado con ella!

Para ello, hace gala no solo de ingenio deductivo, sino también de su habilidad con el revólver, la hípica, la esgrima, la navegación, la química, el arte dramático, el golf y vaya usted a saber cuántas cosas más. Inmune a los encantos masculinos, rechaza todas las proposiciones de matrimonio con que nobles y aristócratas intentan conquistarla. No cabe duda de que si hay un modelo auténticamente feminista en la cultura popular, ese es Miss Marple y no Wonder Woman (creada por un hombre de dudosas inclinaciones eróticas, por cierto).

Más cercana a su modelo literario original, Angela Lansbury dio también vida a la señorita Marple en El espejo roto (The Mirror Crack'd. Guy Hamilton, 1980), excelente versión del libro del mismo nombre, que pese a resultar un fracaso, catapultó a su protagonista unos tres años después a convertirse en, sí, lo han adivinado: Jessica Fletcher. La dulce y veterana escritora de misterio británica, metida a detective aficionada americana en Se ha escrito un crimen, cuyo título original, Murder, She Wrote es un homenaje directo a la primera película de Miss Marple: Murder, She Said (1961), conocida en España como El tren de las 4:50, título de la novela de Agatha Christie.

Angela Lansbury como la mortífera Jessica Fletcher de 'Se ha escrito un crimen'.

Más de diez años, de 1984 a 1996, 264 episodios y cuatro largometrajes, videojuegos, una secuela y su propia colección de libros, convierten Se ha escrito un crimen en un hito de la televisión, que contribuyó durante años a la supervivencia del estilo clásico del género de misterio, alimentando la infancia y adolescencia de muchas de las escritoras que habrían de reivindicarlo en las últimas décadas, reinventándolo y apropiándose del término cosy (amable, confortable, agradable…) para diferenciarlo del hard boiled y/o la novela negra.

Algo muy natural. La novela de misterio siempre ha sido cultivada por multitud de escritoras, tanto si sus personajes son masculinos como femeninos. La Baronesa Orczy, Patricia Wentworth, Dorothy L. Sayers, Gladys Mitchell, Daphne Du Maurier, Vera Caspary, Christianna Brand, Ngaio Marsh, Josephine Tey, Margery Allingham, Charlotte Armstrong, Doris Miles Disney, Mignon G. Eberhardt, Georgette Heyer, Dorothy B. Hughes, Mary Roberts Rinehart, Ethel Lina White, Mary Stewart, Anna Katharine Green, Frances Crane… Dejando de lado por un instante a doña Agatha Christie y citando solo las más célebres de las encuadradas en la edad de oro. El enigma, en su variante detectivesca y cosy, con ciertos resabios góticos y de suspense, es tanto o más cosa de hembras, que de hombres.

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A todas estas escritoras y quienes las han sucedido debemos la dicha de que el género no se reduzca a héroes violentos, viriles y brutales, ni a un pesimismo que roza a menudo el nihilismo, además de ofrecer generalmente visiones de lo femenino entre la misoginia más inocente y la más culpable cosificación de la mujer, a través de estereotipos no sólo machistas, sino a menudo ridículos e ineficaces.

Algo en lo que a veces caen también ciertas autoras actuales que se limitan a "masculinizar" sus heroínas y estilo, fagocitando al borde de la indigestión los mismos tópicos que quieren evitar o combatir. Por no hablar de los escritores de novela negra que han sacado viejas obras del cajón, cambiando a su duro detective o policía protagonista por una no menos dura inspectora, periodista o abogada, en una operación de cambio de sexo tan forzada como estéril.

'Los pequeños asesinatos' de Agatha Chrisite, los clásicos se travisten.

Las obras de las escritoras de novela policíaca clásica (y personajes femeninos como Miss Marple o la señora Fletcher) ofrecen una lección de actitud feminista, igualitaria, moderna y liberal que han sabido ver muy bien quienes adaptan hoy a la televisión y al cine sus obras. La serie francesa Los pequeños asesinatos de Agatha Christie (Les petites meurtres d´Agatha Christie), también en Cosmo, lleva desde 2009 tres temporadas, con distintos protagonistas en épocas diferentes, poniendo al día sus novelas y personajes, introduciendo múltiples elementos inclusivos y LGTBI+ que funcionan perfectamente, como ocurre también en los aggiornamientos que de Miss Marple ha realizado últimamente la televisión británica.

Lógico, porque esos elementos ya estaban ahí. Pese a sus actitudes conservadoras en ciertos aspectos, tanto Agatha Christie como muchas de las citadas, tuvieron el atrevimiento de convertirse en escritoras de éxito, presentando personajes e historias que cuestionaban el statu quo, criticando la sociedad clasista y machista de su época. No al estilo directo y radical de los pioneros de la novela negra, claro, sino de forma más sutil, amable y discreta (cosy), pero no por ello menos ácida amén de, posiblemente, más eficaz, al calar plácidamente en la mente de sus millones de lectores y lectoras. Si de algún personaje de ficción necesita el feminismo actual tomar ejemplo, igual sería mejor que lo hiciera de Miss Marple antes que de Barbie.

El caso del cosy

En cierto modo, el retorno del cosy mystery surge de una airada respuesta femenina y feminista al entorno de la crítica literaria en general y de la novela policial en particular, que comenzó a finales de los años ochenta del siglo pasado.

En 1987 tuvo lugar la fundación de la asociación Sisters in Crime, nacida para promover la importancia de las escritoras de misterio y de sus obras, que pese a ser muchas veces números uno de ventas, en raras ocasiones recibían la atención o el beneplácito de las secciones literarias más prestigiosas en diarios y revistas.

Poco después, en 1989 se crearon los premios Agatha, patrocinados por Malice Domestic Ltd., nombrados en honor, por supuesto, de Agatha Christie, y explícitamente limitados a las novelas policíacas que siguen el molde clásico ejemplificado por ella: "Obras que no contienen sexo explícito, excesiva sangre o violencia gratuita y que no pueden entrar en la clasificación de hard boiled (o novela negra)".

El escritor de ciencia ficción que inventó el 'cosy', Brian Aldiss.

Como todas las reglas, no son pocas las veces que las premiadas se saltan alguna de estas exigencias, pero en términos generales se trata de obras que respetan el modelo y estilo clásicos. Eso sí: habitualmente solo escritoras, aunque también han recibido ocasionalmente el premio algunos autores, siempre en clara minoría. En fin, pensarán las fundadoras: ellos ya tienen el Edgar.

Por esas mismas fechas, la crítica empezó a buscar alguna etiqueta apropiada para este "nuevo" fenómeno literario y editorial, que llegaba afortunadamente acompañado por el rescate de los grandes y pequeños autores de la edad dorada, uno de sus mejores efectos secundarios. Algunos propusieron soft boiled en clara antítesis del hard boiled (lo que podríamos traducir libremente como "a fuego lento" versus "a toda mecha"). Finalmente, se adoptaría un término procedente del argot de la vecina ciencia ficción.

En 1973, el escritor británico Brian Aldiss, en su clásico ensayo Billion Year Spree: The History of Science Fiction, había acuñado la expresión cosy catastrophe, para referirse a una tendencia muy británica en la ficción especulativa, que enfoca ciertas historias apocalípticas de forma digamos que más "amable" de lo habitual. Su ejemplo eran novelas de John Wyndham como Kraken acecha, El día de los trífidos o Las crisálidas, con sus ambientes más o menos rurales, protagonistas de clase media y maneras digamos que "tranquilas" de enfrentarse a un mundo post-catastrófico, lleno de mutantes, plantas carnívoras gigantes o invasores alienígenas. La flema británica, vamos.

Así llegamos a esta etiqueta que, ahora, con el retraso habitual, desembarca en nuestro país de forma rampante y triunfante. Con el riesgo, claro, de convertirse simplemente en una "marca" comercial más. Pero con todo y eso, una marca bienvenida ya que, al menos, rompe con la absurda generalización que había convertido en España toda la novela criminal en "novela negra", incluyendo a la propia Agatha Christie y su escuela.

Antonio Casal como Plinio, en la serie de TVE sobre el policía creado por García Pavón. El 'cosy' ibérico.

Un efecto benéfico del fenómeno es la reedición de escritores y escritoras de la edad dorada detectivesca, que habían caído en injusto olvido, cuando no menosprecio. Editoriales como Impedimenta, Siruela, Hoja de Lata, Salamandra, Acantilado, Alianza, Reino de Cordelia y otras, desempolvan autores como Edmund Crispin, Josephine Tey, Michael Innes, Pierre Magnan, Margery Allingham, John Mortimer, Isaac Asimov (sí: ese Asimov), Vera Caspary, George Simenon, Chesterton… Y hasta nuestro peculiar cosy nacional: Francisco García Pavón y su Plinio, el detective de Tomelloso.

En un alarde de imaginación, periodistas, críticos y publicistas empiezan a dejar de utilizar por fin para estos y otros escritores similares la etiqueta de "novela negra", optando por la de novela policíaca, de misterio o, claro, la de cosy mystery.

Cosficando

Las colecciones de cosy mystery están ya entre nosotros, con la editorial Alma publicando autoras recientes como Miranda James, Kate Carlisle y Joanne Fluke. O con escritoras españolas que, ni cortas ni perezosas, se han lanzado a ello desde internet, como Ana Bolox… Todo fenómeno tiene dos caras. La más fea es la reductio ad absurdum y ad nauseam que amenaza con llegar al cosy.

Y es que, en realidad, nunca dejó de existir el cosy mystery o, mejor dicho, los escritores de novela detectivesca clásica. Desde los setenta y ochenta hemos tenido autores y autoras como Simon Brett, P. D. James, Mary Higgins-Clark y su hija Carol, Peter Lovesey, Ann Perry, Tim Myers —con el seudónimo de Jessica Beck, apuntemos que este es un género donde algunos hombres toman nombre de mujer para vender más... y nadie se queja—, Charlaine Harris, Ellis Peters, Donna Andrews, Susan Hill, Kathy Reichs, Martin Edwards, Martha Grimes, Fred Vargas… Siempre de gran variedad y sin atenerse estrictamente a esas supuestas "reglas" del cosy, que pueden acabar matando el aire fresco que nos trae esta moda.

Daniel Craig en una escena de 'Glass Onion'.

Porque es una moda. A cuyo éxito ha contribuido también que en los últimos tiempos las pantallas de cine y las plataformas se hayan visto asaltadas por títulos como Puñales por la espalda (Knives Out. Rian Johnson, 2019) y su secuela, El misterio de Glass Onion (Glass Onion. Rian Johnsn, 2022); Mira como corren (See How They Run. Tom George, 2022), Amsterdam (David O. Russell, 2022), Criminales en el mar (Murder Mystery. Kyle Newacheck, 2019) y su secuela, Criminales a la vista (Murder Mystery 2. Jeremy Garelick, 2023); Un pequeño favor (A Simple Favor. Paul Feig, 2018), según la novela de Darcey Bell; Los tortolitos (The Lovebirds. Michael Showalter, 2020) o Confiesa, Fletch (Confess, Fletch. Greg Mottola, 2022), según novela de Gregory McDonald. Además del poco agradecido retorno de Poirot por obra y desgracia de Kenneth Branagh, el único que debería ser detenido y encarcelado de inmediato.

Moda, sí, pero también modalidad del policial que obliga a repintar urgentemente esa etiqueta de "novela negra", de la que tanto se ha abusado estos años. A reconocer la existencia de otra larga tradición policíaca diferente al noir: la detectivesca, cuyo juego intelectual y comedia de costumbres ha tenido abogados defensores y ocasionales cultivadores tan excelsos como Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Bioy Casares, Jacques Barzun, Chesterton, T. S. Eliot, W. B. Yeats, Graham Greene, Leonardo Sciascia, George Orwell, Bertrand Russell, Ernest Mandel, Gilles Deleuze, Umberto Eco o, entre nosotros, Fernando Savater y Luis Alberto de Cuenca. Sospechosos habituales de los que no cabe sospechar, precisamente, mal gusto.

Borges y Bioy Casares, los profetas argentinos del misterio detectivesco clásico.

Sin embargo, el mejor abogado del cosy mystery no son los grandes pensadores que lo frecuentan, sino el simple hecho de que, despreciado y marginado durante mucho tiempo, nunca nos ha abandonado.

Crimen en el paraíso, Los asesinatos de Midsomer o Se ha escrito un crimen no tienen legiones de seguidores gafapasta y híspters en internet, no se publican libros colectivos de críticos y filósofos analizándolas, no se celebran cursos en la universidad para estudiarlas… Pero llevan emitiéndose sin tregua en todo el mundo desde hace décadas, actualmente en canales como Cosmo, Paramount o Calle 13, entre otros, divirtiendo a millones de personas a la vez que incitando al cluedo intelectual. Haciéndonos pasar un buen rato, sin por ello dejar de mostrar la calavera bajo la piel y el mal que los hombres hacen. Sin pretender otra cosa que entretener con gracia y cierto regusto camp, que no es poco. Y con gran éxito.

¿Por qué? Posiblemente porque necesitamos que, de vez en cuando, el crimen pague. Que el asesinato sea divertido. Que el problema se solucione. Que la pieza encaje en el puzle y el gato no se coma siempre al ratón, eso sí: siempre después de jugar un buen rato con él. Necesitamos el valor curativo, terapéutico de disfrutar con un mundo de crimen y misterio, que es al tiempo controlado, conocido, familiar y agradablemente perverso, sin más. Esa es, sin duda, la cosa del cosy. Y funciona de muerte.