“La memoria me revisa”, dice un verso de este libro, y da medida de la importancia decisiva de los recuerdos en la escritura de Li-Young Lee, una escritura, por tanto, autobiográfica, como lo fue su libro de memorias The winged seed. A remembrance (1995), pero, si ya lo autobiográfico se hace palabra en la narración en prosa, en poesía, más en una como la de Lee, de poderosa fuerza imaginativa, merece nombrarse como “autobiografía”. Aunque, en último término, ¿qué escritura no será, de uno u otro modo, autobiográfica?

La ciudad donde te amo

Li-Young Lee

Traducción de Elisa Díaz-Castelo y Adalber Salas. Vaso Roto, 2023. 154 páginas. 22 €

No estará de más señalar que Lee es de familia china. Su bisabuelo, Yuan Shikai, fue el primer Presidente de la República China; su padre, médico de Mao, y es el caso –tiempo de la revolución cultural– que la familia hubo de emigrar. Ya en Indonesia nació el poeta en 1957, allí, bajo el régimen militar de Sukarno –“un soldado mezquino”–, su padre sería encarcelado y tras varias etapas, acabaron en Estados Unidos. Nuevo país, nueva lengua, una lengua que Lee eleva a pura poesía en libros que han merecido diversas y prestigiosas distinciones.

Los recuerdos tienen un lugar central en estos poemas –pero también el mañana, dimensiones que aquí se hacen escritura: “El libro […] las páginas pares son / el pasado, las páginas / nones, el futuro”–, y, así, dirá “La memoria me revisa”, que puede leerse como “reviso la memoria”, y en esa revisión cobra un lugar fundamental el padre.

A los poemas vuelven, pues, una y otra vez, la figura paterna –se le nombrará en chino: “Babá” y se le juzgará en sus contradicciones: “ese a quien la muerte hizo gigante. / Y pequeño como la lluvia”– y el Lee niño, en escenas que suponen un camino de búsqueda de quién fue aquel y de la propia identidad, pero no se detiene ahí, en lo particular, lo personal, sino que la voz se expande para intentar comprender el pasado y el presente, lo universal, el mundo –lugar inhóspito: “ese alambre de púas / llamado mundo”, el actual es “un siglo / nuevo y asesino”–, la historia.

Proyecto ambicioso que es una exigencia para el poeta: “siento […] la necesidad de leer el cuerpo del mundo, la necesidad / de decirlo / en términos humanos”, esos términos son los poemas, poemas que, sí, dicen el mundo.

Los poemas surgen de una especie de alucinación, de un ir y venir de la conciencia despierta al sueño

En ese mundo hostil no faltan momentos en que el amor se impone. El hijo con el tiempo es también padre y el oír a la madre contando un cuento al hijo se vive como un momento de absoluta felicidad familiar, tanto que provoca la pregunta: “¿Será así mi primera mañana en el cielo?”.

El sexo no es extraño en la poesía de Lee y la memoria –“el arte de la memoria” que dice ser lo único que aprendió del padre– parece no tener censura y se recuerda incluso una noche en que, “apenas un bebé”, acostado en la cama con sus padres, “empezaron a hacer el amor” y no se hurtan detalles.

“Esta noche, alguien, incapaz / de ver en una oscuridad, / ha cerrado los ojos / para ver en otra”. Tanto es así que puede ver a su padre en el cielo leyendo salmos –en Estados Unidos el padre fue predicador–. En esa “otra oscuridad”, que ha de entenderse como la conciencia poética, todo está en trance de transmutarse, “cada cosa / representa una idea distinta” llega a decirse, y es que los poemas surgen de una especie de alucinación, de un ir y venir de la conciencia despierta al sueño, escritura, entonces, visionaria y lectura impactante.

Versiones furiosas

[…]

Los soldados recorren las calles

buscando a mi padre. Mi madre

lo oculta, demacrado,

en el closet.

Los de botas nos pastorean

hasta el mar.

Las olas se enrollan, los botes

y los cuerpos salen a la deriva, más afuera.

Mi padre toma mis manos, dice:

No olvides nada de esto.

[…]