Dos títulos narrativos, publicados en dos tiempos, El cielo según Google (2016) y Coníferas (2020), han bastado para que sea difícil no tener en cuenta a Marta Carnicero (Barcelona, 1974). En ambos acreditó un estilo que se reconoce heredero del realismo de Alice Munro en su empeño por convertir en relatos de interés vidas, en apariencia, corrientes, tras las que se esconden verdaderas turbulencias emocionales.

Matrioskas

Marta Carnicero Hernanz

Acantilado, 2023. 192 páginas. 16 €

Pero a su vez es muy personal, y la forma de desplegar sus tramas, de indagar en los matices, es la mejor evidencia de esa personalidad que arriesga y supera expectativas con cada nuevo título.

Matrioskas es su tercera novela, a su vez su tercer logro, además de una oportuna ocasión para conocer a esta autora. Tras el título, alusivo al juego inocente de una muñeca dentro de otra, simbolizando la maternidad (una madre da a luz a su hija, y la hija a otra hija y así sucesivamente), está la metáfora de una historia incómoda; porque trata del dolor, un dolor infinito, causado por una herida que contiene otra, con su dolor, y esta, a su vez, contiene la siguiente, también llena de dolor.

Sí, es una historia de dolores y horrores “encapsulados”, una historia protagonizada por mujeres a las que han roto por dentro. Pero hasta llegar a ella pasamos por una compleja composición de tramas y situaciones que se van desplegando hasta permitirnos componer el sentido del argumento. Y vamos asistiendo al discurso que articulan las dos voces que sostienen, de manera alterna, las dos caras de este relato, con atinadas inflexiones que permiten gestionar la intensidad emocional que lo envuelve.

Una cara nos pone frente a una mujer, Hanna, cuya voz se quebró hace casi dieciocho años, en el campo de concentración de Vilina Vlas, en su país (durante la guerra de Bosnia), del que salió para no regresar ni siquiera con la memoria. Hasta ella llega la realizadora de un documental que busca contar al mundo todo lo que fue “aquello”, lo que les hicieron a tantas mujeres como ella.

Es una historia de dolores y horrores “encapsulados”, una historia protagonizada por mujeres a las que han roto por dentro.

Hanna sopesa la oportunidad de soltar el grito que la tiene ahogada, de componer la reconstrucción de aquel miedo, del abuso y la violencia, de recuperar la voz. Y decide participar con su testimonio. Ahora bien, no es esta guerra el tema del documental; trata de las guerras, de aquella y de todas las demás, aunque donde quiere poner el énfasis es en el enfoque: busca tratar del castigo de ser mujer entre tanta barbarie, y ampliar el objetivo a los niños nacidos de aquella horror.

La novela, por su parte, despliega otras tramas: los entresijos del conflicto en el que está instalada Hanna, los silencios frente a su familia, la culpa y la incapacidad para perdonarse. De ahí que la autora avive su destreza en la recreación de los detalles minúsculos que remueven heridas, en la búsqueda de salidas para repararlas sin provocar más daño. Y que logre su intención con un estilo intenso, sugeridor, medido y poético que atenúa la crudeza de las connotaciones de todo lo que remueve la peripecia interior de Hanna.

La cara B de la historia nos sitúa frente a la voz de Sara: fluida, directa, llena de rabia. Con casi dieciocho años la joven descubre que nació en un campo de refugiados, que a su madre biológica la violaron, como a tantas mujeres en tantísimas guerras. Su herida es otra, y necesita saber más para repararla.

Si alguien quiere conocer más detalles de esta interesante novela solo hay que advertir que los “gritos amordazados” llegan a escucharse, sobrecogen y obligan a enmudecer. Es un logro de la ficción permitirnos asistir a tantos “horrores encerrados” y regalarnos la fortuna de hacerlo desde la barrera.