¿Quiénes son los justos lectores de este segundo volumen de los diarios de Rafael Chirbes? Aquellos para quienes es imposible pensar un mundo sin literatura, aquellos para quienes los nubarrones espesos de la vida cotidiana descargan o no descargan, pero siempre ejercen peso y dan dolor de cabeza y envuelven casi todo de niebla incierta, niebla negra e insomnio y exceso de cigarrillos, borracheras y un cuerpo todavía deseante cada vez más triste y viejo.

Diarios. A ratos perdidos 3 y 4

Rafael Chirbes

Anagrama, 2022. 704 páginas. 23,90 €

Porque Diarios. A ratos perdidos 3 y 4 es el testimonio de un escritor molido que sin embargo pelea contra todo y contra todos (conferencias, simposios, premios y artículos sobre vinos) pero que sobre todo combate contra sí mismo, contra una demoledora y sincera sensación de impostura, contra el tedio y la derrota de su existencia tan sola, lucha para arrancarles a las horas y a los meses, a los años y a las noches lectura y escritura y también algún milagro, “la carne en la plenitud”, “el chispazo del deseo”.

Entre la primera entrada del 5 de marzo de 2005 –“[…] todo lo más anotando unas pocas frases que pienso que pueden servir a la novela que debería llegar”–, y la última, del 6 de enero de 2007 –“ […] me paso desguazando la novela, descubriendo, ay, eso que temía descubrir: su inanidad”–, Chirbes (1949-2015) registra en las libretas sus viajes y sus lances sexuales y su cuerpo maltratado.

Por otro lado, su asco ante los modos de una burguesía salvaje “que ha renunciado a imponer cualquier modelo que se defina por elevación” y el lamento por el abandono de la lucha de clases de quienes se creen clase media porque pueden adquirir con un poco de dinero su derecho a ser felices; las cenas y las comidas con sus seres queridos, la muerte a su alrededor de amigos y conocidos, las películas que ve, la melancolía “de las vidas posibles y no vividas”.



También registra su enemistad enquistada con Juan Goytisolo, las críticas y los comentarios, análisis con escalpelo muchas veces muy hermosos y siempre sin compasión, de los libros que lee: su fervor ante Galdós, “la carne de los personajes lleva adheridos los avatares de la historia, carne e historia son una misma cosa”, la celebración del Quijote y de La Regenta, cómo Ricardo Piglia se le cae de las manos, cómo le aburre la obra de Bryce Echenique y le hastía tanto Borges casi siempre en todas partes; cómo adora La Celestina y le encanta el Libro de Buen Amor, “vive, no desperdicies ni un segundo”, cómo ama la Eneida, cómo a partir de ella disecciona el amor de un modo implacable y triste, “el amor no deja nada”.

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Todo eso hace Chirbes mientras “a ratos perdidos, me acerco a la novela, que es a lo que tendría que dedicar todos los esfuerzos” y trata de comprender su labor escritural: “Cavar en la retórica, en la masa informe o deforme de las frases hechas, para encontrar palabras verdaderas que nombren y no envuelvan. Ese es el trabajo del escritor, limpiar la roña que se le pega al lenguaje” y hacerlo “sin prisa y sin miedo” y sin ser un quejumbroso, un desalmado, un gruñón. Un autor que busca tiempo para escribir su novela. Un escritor con la agenda repleta y los pulmones cargados que se exige, por favor, no mirarse el ombligo. Un autor que vagabundea por las calles de Nueva York y por algunas de las ciudades más importantes de Europa.

Sus pies pisan los muertos de la historia de Occidente porque las ciudades, dice Chirbes, no son sino la concreción de palabras como Raza, Patria, Nación, “los escombros, los millones de cadáveres”. Diarios arranca con un espléndido retrato de la urbe neoyorkina; sus notas rezuman sedimentos lorquianos, frases perfectas de poeta abrumado y fascinado por el sucio luminoso, la podredumbre y el cieno de la gran ciudad. Pero más allá de los ecos del 27, el flâneur valenciano realiza un recorrido admirable por la historia de Nueva York, “un proyecto de mundo feliz que se vino abajo”.

Los 'Diarios' de Chirbes son una fiesta de la vida al borde de la ancianía, decrepitud cascarrabias de hombre lúcido y terrible

Y luego están otras ciudades: Berlín, donde, a diferencia de los españoles, “los alemanes se comportan en los lugares públicos con la confianza y el respeto con que lo hacen en su propia casa”; Madrid, un retablo que renueva sus muñecos, o Nápoles, “la ciudad de los grandes decorados, telones espléndidos que esconden miseria”. Pisa también Barcelona, “una vieja puta que vende hasta el último centímetro de su cuerpo” con subida de tarifa con cada turista más, y regresa a París, “ninguna ciudad del mundo me transmite tan intensamente la sensación de que el hombre es un animal civilizado”. En Milán a la gente no se le acaba la vida al cumplir los 30 años y los ancianos se visten de gala o se disfrazan y se echan a las calles a festejar la vida. Eso es lo que ofrecen los diarios de Chirbes: una fiesta de la vida al borde de la ancianía, decrepitud cascarrabias de hombre lúcido y terrible.

Ser testigo de tu tiempo. No dejar al poderoso la narración de la historia. Hablar menos y escribir más. No ser nunca indiferente al sufrimiento ajeno. Defender con la salud la convicción de que la literatura no cura ni debe hacerlo, que no alivia y que con ella no escampa la niebla densa. Defender que la literatura no es más que un tremendo desconsuelo, un castigo que obliga a vernos en desnudez: “Ni el Lazarillo, ni La Celestina, ni el Quijote consuelan de nada. Desnudan. Ponen al descubierto los engranajes de su tiempo: más bien, desconsuelan”.

Así que un hombre se pone un casco y se va a la guerra y a la vez busca en los otros lazos de amor y piedad para soportar el mundo. Folla, bebe, come y fuma y también vomita bilis. Y un día, por fin, se encierra a escribir. Abandona su trabajo en la revista Sobremesa y se convierte en “un frágil rentista”. Y lucha contra la anomia, la palabra que no sale, la grafía que no está, la pantalla que amenaza con un blanco estéril.

Entre la fe en su trabajo, cierto orgullo y confianza, y un inmenso desfondarse, no creerse todavía eso de ser escritor (“decido que la novela no tiene salvación. La dejo.”) Chirbes lee, tiene insomnio, se desespera, se duerme. Toma gin-tonics. No sale de su hogar, refugio y soledad. Pasa días sin ducharse aun en pleno mes de agosto. Lee a Pamuk, a Zweig o a Dovlátov, piensa en su cuerpo avejentado con auténtica obsesión. Toma omeprazol, come lentejas y a veces muere de miedo. Días enajenado mientras la novela avanza a trompicones, como desquite y final. No está mal para cerrar esos ratos tan perdidos de hombre “oliendo a rayos a la una de la mañana”.