GuayacanalWilliam Ospina

Literatura Random House. Barcelona, 2021. 248 páginas. 18,90 €. Ebook: 10,99 €

La solapa de Guayacanal, nueva novela de William Ospina (Padua, Tolima, 1954), cita la comparación que un crítico ha establecido con el ciclo que García Marquez dedicó a Aracataca-Macondo. Es un paralelismo que me tentaba también a mí durante algunos pasajes de la lectura, pero que resulta problemático: a decir verdad, se parecen más las realidades locales e históricas retratadas que las estrategias de los autores para convertirlas en literatura.

Si García Márquez atribuía la supuesta condición “mágica” de su estilo a la estricta observación de la vida en su pueblo, las páginas de Ospina confirman que esa salida del Premio Nobel no era solo ingenio: en efecto, el tratamiento de los hechos en Guayacanal se somete a una verosimilitud estricta, a una historicidad plausible (cierto que atravesada por los efectos de la memoria personal y tribal), e incluso así acaban por surgir las fantasmagorías, los pequeños milagros, lo imposible hecho cotidiano.

Por otro lado, ese vínculo con Macondo condenaría al libro de Ospina a una condición subsidiaria injusta, demasiado pesada: si Guayacanal tiene el aroma de lo conocido (que sí lo tiene) no es porque se someta a un referente en concreto, sino porque se sabe partícipe de una tradición, la de las genealogías familiares fundacionales. Parece lo mismo, pero no lo es.

Acompañada por numerosas fotografías de su álbum privado (reproducidas con elegancia por parte del editor), la escritura de Ospina se remonta tres generaciones en su linaje para mostrar la desigualdad que define Colombia (y, por extensión, Latinoamérica) desde su fundación y los múltiples injertos que conforman su cultura.

'Guayacanal' es ante todo un libro sobre la memoria que logra un difícil equilibrio entre literatura y compromiso

Hay pocas materias narrativas más fértiles que el cruce entre el nacimiento de las instituciones públicas y el de la propia institución familiar, y Guayacanal sabe aprovecharlo con una prosa de aluvión que arrastra crímenes, amores, resignaciones, heroicidades y también anécdotas en tono menor, prestando especial atención a unos personajes femeninos tan centrales para el devenir de los hechos como cautivadores para el lector.

Pero, ante todo, estamos ante un libro sobre la memoria: la que late en la poesía o la música, la que el poder intenta apropiarse mediante la manipulación del lenguaje y del nombre de cosas y lugares, la que sostiene cada precaria identidad individual en la vejez… El narrador casi cree tocar la memoria impregnada en el paisaje y en las miradas: al explicar el asesinato de 42 personas, añade Ospina que “hasta los árboles, hasta las construcciones humanas tuvieron que sentir algo”. Ese “algo” es la materia que persigue el libro.

Guayacanal contiene páginas notables (el asesinato de Santiago, la increíble pericia de Julio con el machete…) y sostiene su vocación y coherencia en todo momento. En este sentido, es un libro irreprochable, aunque tal vez la minuciosidad en la reconstrucción del proceso que el narrador protagoniza hasta llegar a ellos puede fatigar un poco a medida que se acerca el final, produciendo la impresión de que se deshilacha el conjunto, que pierde algo de fuerza evocadora.

Digo “tal vez”, porque el libro está peleando por un equilibrio difícil entre literatura y compromiso con las numerosas voces que lo alimentan. Todo lo que se cuenta, afirma Ospina, “es un sueño, y todos cuantos habitamos en él seremos sueños”. Cabe preguntarse si esa sensación creciente de dispersión no tiene algo de regreso a la vigilia, a la certeza de la pérdida.

@Nadal_Suau