Montañas nevadas, flores alpinas, aristas imposibles, infartos por encima del nivel del mar y ochenta años que dan para hacer parapente por la vertical de Abantos. César Pérez de Tudela, además de este salirse de horma por lo plural de su aventura, ha venido escribiendo páginas memorialísticas de sus garbeos por los montes de la Tierra y siempre bajo la consigna de que allá arriba, cuando fallan las fuerzas, la mente se abre y está todo cuanto un escritor quisiera desear. Ahí quedan sus más de quince libros entre la narrativa y hasta el Derecho de las cumbres. (Derecho de la montaña, Cuentos del Barón de Cotopaxi, Camino de Karibú...)

Pérez de Tudela, al filo de la escalada y rebasados los 80, va en el metro circular, fibroso, con el pelo largo y tiene algo como de maestro de artes marciales o delantero del Cádiz de los 80. Su escritura torrencial sobre la montaña, sobre la aventura, lo hizo figurar en el imaginario de los españoles en esa trinidad del aire libre que eran el propio Pérez de Tudela, Miguel de la Cuadra Salcedo y Félix Rodríguez de la Fuente, cada uno con su monomanía.

La cuestión es que Pérez de Tudela, licenciado en Derecho, doctor en Periodismo, ha pasado por todos los periódicos de España y fue un héroe de los kioscos y los papeles para aquellos que querían héroes de verdad: españoles obstinados que protagonizaran gestas que no traían nada útil pero que nos confirmaban como nación de exploradores.

La montaña en nuestro país no se entiende sin Pérez de Tudela, a quien aún le pone la Pedriza y que anduvo en las galeradas de esa referencia del alpinismo hispano que fue Peñalara. La montaña es Pérez de Tudela, el viaje es Pérez de Tudela, y desde el padre Homero tenemos dicho que toda literatura es un viaje, de modo que el silogismo es claro: el viaje a los delirios verticales que diría el poeta es la forma más certera de hacer literatura. O al menos la literatura que plantea Pérez de Tudela.

Nuestro perfilado está inspirado por la montaña, no al estilo cientificista de Bénédicte de Saussure, sino seducido por el riesgo. La adrenalina despierta a la musa y entonces no hay quien frene lo torrencial de un autor que escribe entre cordadas. Confiesa a El Cultural que puede que ya con 80 empiece a ver los sucedáneos del miedo, pero que eso no le frena porque la felicidad está en lo imprevisto, en todo el espacio al aire libre que el confinamiento le redujo a unas barras "donde hacía gimnasia todos los días". 

Precisamente, Pérez de Tudela se sale de horma porque también ha escalado el Peñón de Gibraltar en pleno franquismo y porque hizo como reportero la Guerra del Vietnam - "esa cruel guerra que tanto llenó mi espíritu de experiencias y angustias diferentes"-, que fue el bautizo de todos los chicos de la prensa aquí y en la otra orilla. ("Lo difícil de cumplir tu cometido en una guerra como la del Vietnam no era fotografiar a los comandos suicidas del Vietcong, internarte en el Río Mekong o estar en el barrio de Gia Ding, batido por las ametralladoras. Lo más complicado era llegar a la oficina de correos para entregar la crónica")

Visto lo cual, salirse de horma es hacerse una subida a pulmón al Pico Almanzor como el que va a la tahona de Argüelles a comprar el pan, pero también consignar lo que el reportero bélico tiene de deportista de riesgo en esa época en la que no existían los hoteles con wifi. 

La prensa de la época nos cuenta sus desventuras: la pérdida de su mujer en una expedición. Algún rescate infructuoso en el Urriellu (Naranjo de Bulnes), pero en Pérez de Tudela hay, aparte del espíritu del piolet y del crampón, una vocación periodística de contar. De contar a qué huele el glaciar del Mont Blanc o a qué sabe el oxígeno escaso en las alturas del Aconcagua. ("Me perdí descendiendo de la cima del Aconcagua en 1970. Según un prestigioso periodista del Diario de Los Andes fui el primer indultado por la montaña").

Quizá lo que menos sepa el personal sean las frecuentes broncas con la Federación de Montañismo, o que Pérez de Tudela fue policía por Leganitos y que, mientras expedía DNI, coordinaba rescates invernales en la Cordillera Cantábrica, entre Cervera de Pisuerga, Piedrasluengas y Potes.

Fue popular, ya decimos, hasta el punto de ir en las listas de Fraga al Congreso y se le ve en una foto en mítin en Las Ventas, trajeado, quizá contando a España que, como Unamuno recomendaba, hay que ir a Gredos para entender mejor a España y hasta al propio Fraga. Después, Pérez de Tudela se daría cuenta de que su "mismidad', que diría Ortega, le "impedía militar en partido político alguno". Y es que eso de mirar las cosas desde arriba también lo decía Rilke y no le faltaba razón, claro.

El arribafirmante, cuando hace una subida al Espigüete o al Curavacas o al Torrecilla suele llevar latas de garbanzos, fabadas y sales minerales. Pérez de Tudela, en cambio, cargaba con Antonio Machado y Miguel Hernández, y pensamos en la experiencia de un recital íntimo de la "monotonía en los cristales" y el niño yuntero en la morrena fría de un glaciar. 

A Pérez de Tudela le quedan proyectos, a algunos incluso quiere llevarse a este humilde reportero. Dice en sus memorias Al filo de la escalada que quiere ser el "primer explorador" en coronar todos los volcanes más significativos de la Tierra. Volcánico de vocación, de momento, aparte de su enorme amor por el parapente -lo que sube baja pero vuela-, ascenderá a su Guadarrama doméstico y seguirá haciendo dedos: así en el teclado como en el saliente de roca. 

@pica_nieto