Julian Barnes. Foto: CCCB, Carlos Cazurro, 2019

Entra mucha luz en la sala del Mirador del CCCB. El festival de literatura Kosmopolis se celebra siempre en este centro cultural multidisciplinar del barrio barcelonés de El Raval, con sus vistas al Tibidabo desde la última planta, y se celebra aquí, hoy, en esta mañana de luz, la rueda de prensa de Julian Barnes (Leicester, 1946), por La única historia, su nueva novela, con la que Anagrama llega al número mil de su colección Panorama de Narrativas, algo que Silvia Sesé, editora de Anagrama, dice "no ser ninguna casualidad".



Preguntado inmediatamente sobre el Brexit, el autor ha opinado que es un "desastre", y que "no es normal". "Desde la década de los 70 -ha seguido- la idea de Europa nunca ha sido idealista en Inglaterra, sino práctica. Los políticos hablaban de las ventajas económicas de Europa, no de un proyecto que tuviera un contexto moral o emocional". "Me siento inglés y europeo, no británico. Eso es cosa de imperios". En el ojal de su solapa lucía un pin con la bandera de Europa. "Lo llevo como declaración de intenciones".



No sabía que era tan alto Julian Barnes (no sé si más que Julio Cortázar), ni que tuviera los ojos de un azul tan claro. El resumen rápido de La única historia es fácil de hacer: a mediados de la década de los 60, Paul, un chaval de 19 años, se enamora de Susan, 30 años mayor que él, casada y con dos hijos. Ella le corresponde, y empiezan una historia que no es un romance tangencial "ni una aventura de verano", como dice Barnes, sino una relación, dentro de la extravagancia, sentida y formal.



Si la única historia que tenemos es nuestra historia de amor, la de Paul y Susan es una historia de plenitud, deterioro y decepción. O, en palabras de Javier Aparicio Maydeu: una historia de amor "entendido como ciclo, mudanza o metamorfosis". Paul, nos dice el autor, cuando se compara con sus coetáneos, "se jacta de ser diferente. Claro que todos los amantes creen que su amor es único, pero Paul puede decirlo con algo más de motivo que el resto". Porque va a contracorriente de lo que se espera de ellos.



Estamos ante una historia de protagonismo compartido, narrada por él pero donde ella, Susan, con sus desamores, su soledad y su debacle, que, en palabras de Barnes "quizá sea mejor no desvelar", y el combate contra la mirada censora de su entorno, tiene quizá más importancia que el narrador. Barnes la describe con afecto, con cariño, con mano cálida, como si la acariciase. En este sentido, a la mirada del narrador le caben, en su descripción de Susan, aquellas palabras póstumas de José Ángel Valente: "Alrededor de la hembra solar, sigue girando oscuro el universo". Palabras envolventes para Susan, uno de los mayores logros, si no el mayor, de la última novela de Julian Barnes.



Sesé también habla de "la belleza técnica" de la novela, del paso de la primera persona a la segunda y de ahí a la tercera, cada una de ellas para cada una de las tres partes que componen La única historia. "El lector no nota todo ese trabajo que hay detrás", advierte Sesé, "de la que es una de las obras cumbres de Barnes". Sobre esa estructura nos dice el autor que "es una decisión que se toma muy pronto en la escritura. Quieres tener un efecto sobre el lector pero no quieres que se dé cuenta. Funcionó así: el primer amor se vive en primera persona, ocurre en la primera persona; luego, al final de tu vida, rememoras de una manera más objetiva, y la tercera persona me pareció lo más pertinente para conseguirlo; y la parte central, la segunda, quería que estuviese en la segunda persona". Hablarle a un tú "tiene algo como de ponerle la mano sobre los hombros a los lectores, como diciéndoles ‘esto te está pasando a ti'".



La única historia es una historia de amor (y sobre el amor), pero también una reflexión sobre "lo maleable que es la memoria". En esta novela que ha "tardado más de un año en escribir, y no ocho, como la primera, cuando no sabía lo que hacía", vemos cómo "se degrada la memoria con los años" y, añade más tarde Barnes, "cómo esa degradación se acentúa en nuestros recuerdos favoritos". Precisamente por eso "los recuerdos inútiles son los más precisos".



Julian Barnes dispone, no dicta. Y "como escritor, no quiero guiar al lector ni dirigir su lectura. Prefiero crear una novela en la que todo esté dispuesto, pero no te diga a qué conclusión llegar. El sentimiento es una cosa del lector". Y citando a Chéjov, uno de sus autores favoritos, dice: "Si quieres conmover, sé más frío". Dejas así que el lector "cree las emociones".



Y "tu tarea como escritor es decir la verdad, describir la vida de la manera más precisa que puedas, y, si te dedicas a la ficción, de la manera más bonita posible". Podemos decir que tarea cumplida.