Detalle de las pinturas de Altamira, en Santander

Traducción de Gemma Pecharromán. Ariel. Barcelona, 2017. 496 páginas, 22'90€, Ebook: 13'99€

Karin Bojs (Lundby, 1959), una destacada periodista sueca especializada en temas científicos, decidió un día escribir la historia de los orígenes de Europa tomando como hilo conductor el ADN de sus propias mitocondrias, de las de su abuela paterna y del cromosoma Y de un tío paterno (ya que su padre había fallecido). A primera vista pudiera parecer una extravagancia, pero el resultado es un libro fascinante. A ello contribuye que Bojs esté al día en las publicaciones científicas sobre el tema, haya entrevistado a los investigadores más relevantes y tenga una poco frecuente capacidad para transformar los datos científicos en un relato lleno de vida.



Sucede además que sus tres linajes de ADN apuntan hacia los tres puntos de origen más significativos de nuestra Europa. Sus propias mitocondrias tienen su origen en el área del suroeste de Francia y del norte de España en la que en la última época glacial floreció el asombroso arte rupestre de Chauvet, Altamira y Lascaux. Las de su abuela materna se originaron en tierras del Próximo Oriente, en Siria y el sudeste de Turquía, donde surgió por primera vez la agricultura. Y el cromosoma Y de su linaje paterno conduce a las estepas de Ucrania, Rusia y Kazajistán de las que proceden las lenguas indoeuropeas, un tronco al que pertenecen casi todas las lenguas actuales europeas, con excepciones como el vasco, el húngaro o el finlandés.



Las modernas técnicas de análisis del ADN han revolucionado en los últimos años nuestro conocimiento de la prehistoria. No se ha analizado tan sólo el genoma humano, sino el de nuestros perros, gatos y caballos, con resultados sorprendentes (una de las hipótesis del libro que más me ha fascinado se refiere a un potrillo tímido de las estepas euroasiáticas que se dejó domesticar hace 5500 años y del que descenderían todos los caballos actuales). Otras tecnologías han aportado también datos más que notables que enriquecen el relato de Mi gran familia europea. Las mitocondrias han sido la primera gran vía para trazar nuestra historia genética. Se trata de unos corpúsculos presentes en nuestras células que presentan la peculiaridad de tener un ADN propio y de transmitirse tan sólo por vía materna.



Por ello sabemos que todos los seres humanos actuales descendemos de una misma Eva mitocondrial que vivió en África hace unos doscientos mil años. A su vez, el cromosoma Y, que caracteriza a los varones, obviamente se transmite tan sólo por vía masculina y permite remontarnos a un ancestro común, un Adán que vivió en África hace unos doscientos mil años, aunque no pudo tener relaciones con la Eva mitocondrial, porque no fueron estrictamente contemporáneos.



Bojs empieza su historia mucho después, hace 54.000 años, cuando nuestros remotos antepasados procedentes de África se encontraron en algún lugar del Próximo Oriente con los neandertales y hubo algún encuentro sexual, no sabemos de qué tipo. Lo cierto es que hace unos 39.000 años, cuando nuestros antepasados estaban colonizando Europa, se extinguieron sus primitivos pobladores neandertales, pero algunos de sus genes se conservan en los europeos actuales. Uno de los que se han identificado favorece la absorción de las grasas, algo muy beneficioso para nuestros a menudo hambrientos antepasados, pero que puede resultar negativo en la Europa actual, en la que no falta la oferta de grasas.



Karen Bojs decidió escribir la historia de los orígenes de Europa tomando como hilo conductor su propio ADN. El resultado es un libro fascinante

A lo largo del libro Bojs visita algunos de los lugares más significativos de la prehistoria europea, algunos de ellos muy conocidos, pero otros que resultarán novedosos a casi todos los lectores, entrevista a quienes mejor los conocen y persigue la búsqueda de sus ancestros. Su propia línea mitocondrial conduce al área franco-cantábrica, que en la última era glacial fue un gran refugio para la población europea: cuando los hielos cubrían el norte de Europa, Altamira era un paraíso de caza. Hoy ya no se piensa que los vascos sean descendientes de aquellos cazadores y artistas del Paleolítico superior. A esos descendientes habría que buscarlos más bien entre los sami de Escandinavia, a quienes solíamos llamar lapones, e incluso entre los bereberes del Magreb. ¿Cruzaron sus antepasados el peligroso estrecho de Gibraltar en dirección sur?



La historia que cuentan las mitocondrias de Hilda, la abuela paterna de Karin Bojs, no es menos interesante. Se trata del grupo mitocondrial más común hoy en día en Europa, cuyo origen se encuentra en los primeros agricultores del Medio Oriente. Un reciente estudio de investigadores españoles y sirios, basado en muestras tomadas justo antes de que la guerra comenzara a devastar el país, ha identificado a portadores de ese grupo que vivieron en Siria hace 10.000 años. Su difusión por Europa sólo puede explicarse por el avance de los primeros agricultores procedentes de Oriente medio. De allí nos llegaron la agricultura y la ganadería, como después nos llegaría el alfabeto y el cristianismo, pero no nuestras lenguas.



Ningún europeo de hoy, salvo quizá los vascos, habla una lengua derivada de las de los primeros agricultores, cuya huella genética se conserva sobre todo en dos islas mediterráneas, Chipre y Cerdeña. Desde que a fines del siglo XVI algunos eruditos comenzaron a observar las semejanzas entre el sánscrito, la lengua sagrada de la India, el latín y el griego, el origen de las lenguas indoeuropeas ha sido objeto de un debate que se ha enriquecido recientemente cuando las pistas genéticas se han sumado a las lingüísticas y las arqueológicas. Y con ello llegamos a Anders, el tío paterno de Karin, cuyo cromosoma Y narra parte de la historia del avance indoeuropeo hacia el Occidente de Europa. En relación con esa historia aparecen las asombrosas redes comerciales de la Edad del Bronce, que enriquecieron a algunos de nuestros antepasados y les permitieron dejar tras de sí una amplia prole, cuya huella genética podemos detectar todavía hoy.



Otra parte del relato que ofrecen nuestros genes es el de la relación entre hombres y mujeres a lo largo de la historia, que probablemente registró muchas parejas felices, pero también violaciones y esclavitud sexual. Los saqueadores vikingos no fueron peores que muchos otros guerreros, aunque su costumbre de atacar monasterios hace que el registro histórico sea especialmente elocuente acerca de sus atrocidades. Es probable que Karin Bojs descienda de ellos, pero es muy posible también que descienda de una mujer llevada a Escandinavia tras haber sido secuestrada hace alrededor de mil años en las costas de Escocia o Irlanda. Más de la mitad de los islandeses actuales tienen ese mismo origen por vía materna, mientras que unos pocos descienden de una mujer amerindia traída de lo que hoy es Canadá en los tiempos legendarios de las sagas. La globalización no empezó ayer.

Los dientes del arquero de Stonehenge

En las cercanías del imponente monumento megalítico de Stonehenge se halló la tumba del Arquero de Amesbury, considerada como el hallazgo de la Edad de Bronce más importante de todo el Reino Unido. El arquero tenía cuarenta años cuando murió, hace unos 4.300 años, es decir, cuando se estaban levantando las grandes piedras de aquel centro ceremonial vinculado a la observación de los solsticios, y gracias al análisis isotópico de sus dientes sabemos que ¡su infancia había trascurrido en Alemania o en los Alpes! Es uno de los múltiples casos que apoyan la gran lección que ofrece la periodista científica Karin Bojs: nuestra historia es el resultado de un continuo movimiento de personas, mercancías e ideas.