Fotografía de la familia de Nicolás II, último zar de Rusia

El historiador británico Simon Montefiore publica Los Romanov: 1613-1918 (Crítica), un detallado recorrido por la historia de los zares rusos plagado de lujuria, asesinatos, intrigas, locuras y todo tipo de excesos.

Como reza el famoso aforismo de Lord Acton, "El poder absoluto corrompe absolutamente". Una frase que define a la perfección la peripecia vital de una familia, los Romanov, regidores durante 300 años del destino de Rusia. Banquetes orgiásticos, sangrientas masacres, todo tipo de excesos sexuales y calculadas intrigas familiares, con asesinatos de parientes (incluso entre padres e hijos) incluidos, riegan la turbulenta historia de una dinastía que a punto de cumplir un siglo de su desaparición en 1917 sigue fecundando ampliamente el imaginario popular.



Y es que a pesar de lo que pueda parecer, "Era muy difícil ser un zar", como asegura el historiador Simon Sebag Montefiore (Londres, 1965) en su libro Los Romanov: 1613-1918 (Crítica), donde se ha propuesto recorrer la historia de Rusia a través de sus 20 protagonistas, los autocráticos zares Romanov. Para abordar tan ingente tarea, Montefiore combina la visión geopolítica y la contextualización histórica con escabrosos y truculentos detalles de sexo, desenfreno y barbarie capturando perfectamente la paradoja de la familia imperial rusa: a menudo extravagantes en su vida privada, muchos fueron también gobernantes ambiciosos y exitosos. "Es cierto que por momentos los excesos y las locuras, las rivalidades y las glorias de los hombres y las mujeres que gobernaron Rusia, coinciden con los de Roma en su forma más épica. Los emperadores y emperatrices de Rusia nunca hicieron nada a medias".



Inicios poco prometedores

La historia de la familia rusa real tuvo unos inicios más bien inciertos. Con el país devastado por los desórdenes ocurridos tras la muerte de Iván el Terrible, el trono ruso no suponía una perspectiva tentadora en 1613. De hecho, los nobles se las vieron y se las desearon para que un joven Miguel Romanov, pariente lejano de la extinta familia real, aceptara convertirse en zar. Curiosamente, el muchacho guarda varios paralelismos con Alexei, hijo de Nicolás II y último representante de la dinastía. Dos extremos de una cadena destinada a convertir un territorio devastado y desunido en el imperio vasto y multiétnico que es la Rusia actual. Durante los siguientes tres siglos el destrozado principado de Moscovia se convirtió en un imperio colosal que creció unos 142 kilómetros cuadrados por día hasta llegar a ocupar a finales del siglo XIX una sexta parte de la superficie de la tierra.



En 300 años Rusia creció 142 kilómetros cuadrados por día hasta ocupar una sexta parte de la tierra

Los endebles inicios pronto fueron sustituidos por una fuerte presencia, la de Pedro I, llamado el grande y creador de la Rusia moderna. Hombre de grandes contradicciones, fue él quien desempeñó hasta las últimas consecuencias el papel de autócrata que habría de definir al gobernante ruso hasta hoy. Admirador de Occidente en el plano tecnológico, despreció su cultura, y muchas de sus decisiones y estilo de vida ejemplifican el más brutal salvajismo, como encerrar y torturar hasta la muerte a su propio hijo. "Pedro fue el gran ejemplo de una constante en la historia de Rusia, la gran tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre lo ruso y lo occidental", explica Montefiore. "Aunque siempre que existió una pugna real entre conservadores y occidentalizantes ganaron los primeros, porque Rusia siempre ha sido una dictadura militar autocrática y la autocracia siempre se protege a sí misma".



Anclados al pasado

En ese punto clave, la autocracia rusa, reside el eje del relato. A pesar de la brutalidad y las excentricidades que destilas las páginas, los Romanov no eran peores que sus contemporáneos, que la corte de Versalles del XVII o que los déspotas ilustrados del XVIII a los que se une la otra grande de Rusia, Catalina II. Pero hay una diferencia capital. "Rusia era mayor y mucho más rica que el resto de países, por lo tanto tenía mucho más lujo, todo era más grande y más radical, todo se llevaba al extremo, la magnificencia y la crueldad. En Rusia se divertían mucho más con el poder que en el resto de Europa, pero también había menos normas, no había instituciones entre gobernante y gobernado. En el siglo XVII era como Francia o Inglaterra". Pero no se desarrolló como el resto del continente.



Coronación de Alejandro III por Georges Becker. Las coronaciones de los Romanov eran unos ritos sagrados y políticos a la vez, concebidos para promocionar la autocracia por gracia divina.

Y sería precisamente la defensa a ultranza de la autocracia el termómetro que marcaría el declive y el aterrador final de los Romanov. Mientras Europa occidental se modernizaba y los autócratas de países como Inglaterra o Francia caían bajo el filo de las armas dando paso a otros sistemas de gobierno, los zares rusos se fueron enrocando más y más en su apostura de emperadores. "La herencia autócrata de Rusia nace del legado bizantino y de la influencia de los mongoles, que gobernaron el país durante 200 años. No hay que olvidar que Moscovia fue un estado heredero del Imperio Mongol", puntualiza Montefiore. Pero el gobierno tiránico se impuso como la naturaleza del estado debido a la necesidad militar del país, que siempre fue una férrea dictadura militar. "El acuerdo tácito en Rusia, su contrato social, consiste en que a cambio de la gloria militar exterior y de la seguridad interior, el pueblo aceptaba de buena gana la tiranía. De hecho el pueblo nunca culpó al zar de las desgracias, sino a todo aqeullo que le rodeaba, como los ministros y la corte".



El zar tenía que ser todo: jefe del ejército, primer ministro, papa... era demasiado para cualquiera
Hacia el final de la dinastía el inmovilismo social y el recrudecimiento de la autoridad regia presagiaban el final del régimen. De hecho, seis de los últimos doce zares fueron asesinados. "Después de 1801, del asesinato de Pablo I, nadie quería ser zar porque era una responsabilidad enorme, demasiado para cualquier hombre. El zar tenía que ser todo: jefe del ejército, primer ministro, papa... y era demasiado, por lo tanto estos hombres temían esta responsabilidad". Los primeros zares del siglo XIX eran bastante capaces, trabajaban duro y tenían bastante éxito (Alejandro I llegó a invadir París durante las Guerra Napoleónicas), pero los dos últimos zares adoptaron una postura de autocracia sagrada. "Eso fue un desastre porque no se veían a sí mismos como políticos, sino como unas figuras sagradas y eso no ayudaba porque su trabajo consistía en gobernar el país". Precisamente en la época de mayor apertura del mundo occidental, los gobernantes rusos volvían a proclamar una visión medieval de la realeza, lo que hizo que se volvieran en contra de todos los avances que había conseguido Rusia.



De los zares blancos a los zares rojos

Mucho se ha especulado sobre la figura del último zar, Nicolás II. Montefiore quita hierro a todo tipo de leyendas y asegura que "la realidad es que fue quizá el menos capaz de los zares rusos, y precisamente le tocó vivir uno de los momentos más duros de la historia. Su incompetencia y su mala suerte, agravada por terribles decisiones y por el desastre de la Primera Guerra Mundial, fue lo que precipitó su caída". Su brutal e innecesario asesinato fue el perfecto colofón a la historia de su dinastía. Pero la impronta de los Romanov no se acabó con la muerte de Nicolás II. El movimiento comunista se erigiría en vencedor de una sangrienta guerra civil gracias a dos pilares claves: una vez más un autócrata, Lenin, "cuya genialidad para entender a la perfección la realidad del momento que estaba viviendo le hizo ocupar el flagrante vació de poder dejado por el zar"; y porque ofreció al pueblo las dos cosas que quería la gente y lo que nadie más había ofrecido: tierras y paz.



El actual presidente ruso, Vladimir Putin, sigue los pasos de autócratas como Lenin y Stalin

Pero el final del zarato no significó el final de la autocracia. Los Romanov dieron paso a otra serie de zares conocidos como zares rojos que, con Stalin a la cabeza, no quedaron a la zaga en brutalidad y excesos. "El gobierno soviético a partir de los años 30, con Stalin, promovió un régimen similar al zarato. Ofreció una continuidad. Pero con diferencias. En lugar de apoyarse en el campesinado como los zares, Stalin se apoyó en los obreros, era una especie de zar industrial, urbano".

Putin se ha posicionado a sí mismo como el sucesor de todos los dirigentes exitosos de Rusia

Los requisitos políticos eran los retos comunes a sus predecesores reales: "tratar de gobernar un país enorme, encontrar el equilibrio entre las diferentes nacionalidades del Imperio (ahora republicano, socialista y soviético), conseguir defender las enromes fronteras del país y crear un ejército eficiente, y organizar gobierno interno con gente competente".



En definitiva, el legado de los Romanov, vigente en la actualidad, es la creencia de que Rusia solo puede ser una gran potencia mediante la autocracia, que proporciona protección ante el exterior y evita el caos interno. En este sentido se explica la recurrente e innegociable popularidad del presidente Vladimir Putin, digno sucesor de los zares. "La gran diferencia", asegura Montefiore, "son las elecciones, que pueden ser imperfectas, sí, pero que nunca se dieron con los Romanov y funcionan como fuente de legitimación. Otra parte de su legitimidad viene de su carisma como hombre poderoso y exitoso. Pero es cierto que no se diferencia mucho de un zar hoy en día". Y es el propio Putin quien recurre al glorioso pasado de Rusia para engrandecer su propia figura. "Consciente de que el pueblo no siente nostalgia por la familia real en sí, sino por la grandeza de la época, por el Imperio, Putin se ha posicionado a sí mismo como el sucesor de todos los dirigentes exitosos de Rusia, independientemente de su ideología. Pedro el grande, Catalina la grande y Stalin, son los zares que el admira".