Martin Amis. Foto: Jordi Soteras

Martin Amis vuelve a la Alemania nazi en La Zona de Interés, sátira salvaje sobre los trabajadores de un campo de concentración en el que tratar de enamorarse es, simplemente, misión imposible, porque "el amor tiene dos opuestos: el odio y la muerte"

Cuando cierra los ojos, Angelus Thomsen, Golo Thomsen, ve un esqueleto con adherencias de carne encima del potro de los latigazos. Como un buen puñado de alemanes, y no alemanes, nació en el momento equivocado y, tuvo la suerte, o la desgracia, de formar parte del ejército de verdugos, y no una parte cualquiera, porque Golo es el sobrino, el neffe, de Martin Bormann, el tercer cargo más importante del Reich, y, como tal, nada grave puede sucederle, a menos que meta la pata y acabe acostándose, como pretende, con Hanna Doll, la mujer del comandante Paul Doll, el monstruo encargado de decidir en la rampa quién debe dirigirse a la izquierda (y morir) y quién, a la derecha (y vivir, durante algo de tiempo, como un esclavo, y después, sin remedio, morir de todas formas y de la peor de las maneras posibles). "A menudo he oído decir que Thomsen parece inglés, y no me importa, porque Thomsen, en cierto sentido, me representa. Es la respuesta que me doy a mí mismo cuando me pregunto cómo me hubiera comportado yo en una situación así". El que habla es Martin Amis y a lo que se refiere es al Holocausto. A un campo de concentración cualquiera, durante el Holocausto. A lo que "cualquiera de nosotros" podía haber hecho de haberse encontrado en la situación de Thomsen. "Thomsen odia el régimen, pero sigue la corriente, como siguió la corriente más del 40% de la población alemana. Thomsen es cínico, pero sufre. Ha entrado en lo que se llamó el 'autoexilio', ha suprimido sus emociones, como la serpiente, ha mudado de piel, y ha puesto a dormir su alma en la oscuridad", dice el escritor.



Con su habitual aspecto de 'gentleman' algo desubicado, camisa azul, americana, un cigarrillo electrónico en el bolsillo, del que echa mano en ocasiones, Amis habla de La Zona de Interés (Anagrama), su vuelta al Holocausto, desde, dice, esta vez, "un punto de vista realista, y social", alejado del "fantástico" que predominaba en La flecha del tiempo, y se lamenta de no haberse deprimido escribiéndolo. "Lo confieso, no tuve instintos suicidas escribiéndolo. Aunque me gustaría haberlos tenido. Porque es cierto que la responsabilidad al hablar del Holocausto es enorme, pero también es cierto que extrañamente esta fue una novela fácil de escribir. Hubo momentos duros, en los que fui consciente del potencial que tenía el Mal en mis propios pensamientos", dice. No acepta que existan pensadores que creen que no debería escribirse sobre el Holocausto. "Como escribió Sebald al respecto, eso es como si a un judío al que has torturado le dijeras que está condenado a no hablar de ello, a ni siquiera pensar en ello", dice. Y añade: "La ficción debe ser libre, o no debe ser". En su caso, lo es, y también es poderosamente sarcástica: "Opino como Nabokov, que el nazi tiene algo de grotesco, es ridículo, en cierto sentido, es el hazmerreír de la humanidad", asegura.



La risa es para Amis un arma. "A todas las figuras tiránicas les da más miedo la risa que el dolor", sentencia. Y entre todas ellas, entre todas esas figuras tiránicas, la de Hitler destaca por su misterio. Si su nombre, de hecho, no aparece una sola vez en la novela, que da buena cuenta del día a día en un campo de exterminio, y está narrada por tres de sus 'habitantes' (Thomsen, el comandante, y un 'sonder', esto es, un judío que 'trabaja' para los nazis, es decir, que vive algo más de tiempo porque se dedica a enterrar los cadáveres de sus compatriotas, y otras macabras cosas por el estilo), es porque "el mero hecho de escribirlo me resulta presuntuoso". "He escrito sobre Stalin (en La Casa de los Encuentros) y sobre Hitler sin llamarlos por el nombre con el que han pasado a la historia, pero he de decir que existe una diferencia enorme entre los dos. Y es que de Stalin lo sabemos todo, y de Hitler, casi nada. Al lado de Hitler, Stalin es transparente. Hitler es un personaje inexplicado. No sabemos, por ejemplo, nada de su sexualidad. Hay tres corrientes al respecto. Una que dice que era normal. No la creo. Luego hay otra que dice que era asexual, y yo digo que tal vez. Y la tercera prefiere pensar que era un pervertido y le gustaba hacer cosas bajo una mesita de té de cristal mientras Eva Braun se sentaba encima, desnuda. Incluso hay quien cree que murió virgen. Normalmente cuando conocemos a alguien, establecemos automáticamente un vínculo precisamente porque intuimos su sexualidad. Con Hitler algo así es imposible. Si se me pregunta qué creo yo, o cómo es el Hitler que aparece, sin nombrarse, en la novela, diré que es asexual, pero que a veces tiene arranques sexuales pequeño burgueses: lo hace a distancia con Eva, en parte, porque dudo mucho que ella se acercara a él demasiado. Se sabe que le apestaba el aliento", relata.



Respecto a por qué ha vuelto sobre el Holocausto, después de escribir La flecha del tiempo, dice que no hay una explicación clara, porque las novelas no se deciden escribir, las novelas, simplemente aparecen. "En este caso, lo que apareció fue una imagen. La imagen de alguien enamorándose a primera vista de una chica. Ese alguien era Thomsen. El ambiente era un ambiente rural, y siniestro. Junto a la chica, que llevaba de la mano a sus dos hijas, pasaba una horca sobre ruedas. Esa fue la imagen que se me apareció, y de ahí surgió toda la novela. Las ideas, esas imágenes, son como telegramas que te envía el subconsciente. Hay algo ahí, y debes seguirle la pista", explica. A continuación dice que, en cualquier caso, hay una diferencia clara entre La Zona de Interés y La flecha del tiempo, más allá del género al que cada una de ellas pertenece, y es que, "en la época en la que escribí La flecha del tiempo, sólo me sentía legitimado a hablar sobre los verdugos, puesto que los ingleses somos primos hermanos de los alemanes y no tenía derecho a acercarme al punto de vista de las víctimas. Pero cuando me casé con la que hoy es mi mujer (la también escritora Isabel Fonseca), hace más de 20 años, la cosa cambió. Ella es medio judía, y mi suegra es una judía húngara, y su familia sufrió el Holocausto. Mis dos hijas son, de hecho, medio judías, y en cualquier caso, la familia de mi mujer es mi familia, así que, de repente, me sentí con derecho a meterme en la piel de las víctimas", cuenta el escritor.



Respecto a cómo empezó todo, a la imagen de ese amor a primera vez, Amis dice: "Empecé la novela preguntándome si sería posible que alguien se enamorara en un campo de concentración. Y mientras la escribía, no tenía la respuesta. Pero cuando la acabé, di con ella. Y la respuesta es 'no'. Porque el amor tiene dos opuestos: el odio y la muerte. Y en un campo de concentración sólo hay odio y muerte", concluye.