Jorge Cela Trulok
Esta es la última crítica, enviada pocas horas antes de su muerte, el pasado 5 de febrero, de las más de mil que ha escrito Ricardo Senabre en estas páginas. Un libro marginal de una editorial minúscula que tan bien refleja el espíritu curioso y libre que regía el buen hacer de un catedrático de Lietartura española, autor de una veintena de libros y de más de 300 monografías especializadas.
Lo que se trasluce en cada página es un modo de ver el mundo. En el entorno gallego de "Meizarán" -titulo de la estampa inicial- abundan los signos de un pasado concluso: un reloj parado, unos "árboles viejos junto a las yerbas viejas", un libro en el que "con letras de caligrafías pasadas se leía sobre parientes distantes que fueron". En "Primo marisco", el autor toma notas sobre el mismo hule donde muchos años antes se jugó al ajedrez. En "Lanzarote", donde se evocan algunos aspectos de la isla, "se va desmoronando el castillo de arena que ayer levantamos en la orilla". En "El paseo en barca", se recuerda a Ganivet, que no cedió a "la soberbia del hombre que quiere vencer a la muerte, a la enfermedad", empeño que está convirtiendo el mundo en "un vivero de impedidos, viejos, inmóviles".
Junto a ello hay una preocupación por la búsqueda de la palabra precisa, exacta, como sucede en las dudas planteadas ante el uso de "bote", "canoa" o "piragua" en el relato "El paseo en barca". Y un desdén inocultable por los tópicos del lenguaje político y los giros manidos: "llamar la atención poderosamente, así dicen los que presumen de conocer el idioma" (p. 27; más ejemplos en p. 65). El gusto por el idioma y su sonoridad llega a formulaciones que un estudioso de la fonoestilística no dejaría de anotar, como en esta reiteración del fonema /s/ en torno al núcleo semántico ‘susurro': "Sólo el agua susurra a su propio paso al rozarse consigo misma" (p. 32). Libro adecuado para quienes gusten de leer desmenuzando las palabras.
