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En el momento de morir, Ana María Matute tenía sobre el escritorio el manuscrito de una novela inacabada. Su título, Demonios familiares, hace referencia a los muros levantados dentro de los mismos muros de la casa: muros de incomprensión e incomunicación que convierten en extraños a quienes tenemos más cerca. Fue tan adverso, tan costoso el proceso de escritura que, según detalla su amiga y colaboradora María Paz Ortuño en el epílogo del libro, hubo momentos en que la escritora pensó que los vértigos que sufría eran en realidad sus angustiosos e íntimos demonios familiares.Con esta novela póstuma que ahora publica la editorial Destino, los lectores de Matute podrán disfurtar de algunos de los temas clásicos de la escritora, ya vistos en obras como Paraíso inhabitado, Primera memoria u Olvidado rey Gudú: el pasado, la infancia, los secretos de familia, los viejos rencores. A eso mismo se refiere Pere Gimferrer cuando escribe en el prólogo que en estas páginas se encuentra "todo el universo de Matute", haciendo alusión a los rasgos más reconocibles de la escritora catalana: "la misma prosa tensa, y al tiempo alucinada; la máxima luminosa diafanidad y transparencia del castellano, en la misma guerra civil vista por los ojos de quien viaja a la adolescencia desde el crepúsculo vespertino de la infancia sellada en la incógnita clandestinidad del "castillo interior".
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