El paseante en Feria confirmará este año la efervescencia actual de la historieta, pomposamente llamada "novela gráfica", y de la ilustración. Se multiplican los títulos, pero ¿valen la pena?

El pasado mes de marzo algunos recibíamos el documento La industria de la historieta en España en 2013, elaborado por la asociación cultural Tebeosfera, a la que nunca estaremos suficientemente agradecidos, que nos informaba de que a lo largo de esos doce meses se habían publicado en España, en los diversos formatos que conviven en el mercado, 2.433 títulos (un promedio de casi 7 títulos al día). Una producción, a mi entender, excesiva. E imagínense la natural pesadumbre que le invade a uno al saber que le resultará humanamente imposible estar al tanto de todas esas novedades y que, por consiguiente, en las reseñas que uno haga para este suplemento será injusto con alguna obra sobre la que debería haber llamado la atención del lector y a la que, sin maldad, castigó con el silencio.



Bien es cierto que, como en los restantes campos de la producción cultural, la mayor parte de lo que se nos sirve no son más que meros productos tendentes a la macdonalización de nuestros espíritus. Pero el problema no es ya sólo discernir entre el trigo y la paja, sino cómo resistirse a hablar de los fenómenos a los que todo el mundo parece prestar atención, generalmente por causas ajenas a la valía de la propia creación, o los que son, en denominación que acabó por imponerse, síntomas de una tendencia.



A este respecto, una de las cosas que vengo constatando es que en los medios más nobles y acreditados se suele prestar mayor atención a las publicaciones que llegan etiquetadas como 'novela gráfica' que a los que no se cobijan bajo tan pomposa y confusa definición. El marketing es el marketing y basta con que un álbum lleve esa denominación de origen para que los que quieren ir acompasados con su tiempo le presten una parte de su ocio a unas páginas que en muchos casos, salvo contadas excepciones, no gozarían del menor reconocimiento con otro envase.



El espejismo, no obstante, está ahí. Y cada vez son más las editoriales que se interesan por contar con una división de 'novela gráfica' que les permita llegar a ese nicho de lectores que ellas presumen más importante de lo que es, sin duda debido a su resonancia mediática. Algunos, mientras tanto, seguiremos interesados por la obra en sí, ya venga en forma de cuadernillo grapado o álbum de lujo y frenesí, en formato grande o pequeño, o con escaso o apabullante número de páginas.



Contra la lógica

Pero, con todo y ello, lo que me parece más grave es que se va arrinconando la idea de que tiene que haber una coherencia orgánica entre lo que se cuenta y cómo se cuenta, para sustituirla por el pensamiento de que el escribir y el dibujar lo mejor posible no son más que rémoras academicistas, que es lo que opinaban los punkies respecto a la formación musical. Yo estoy dispuesto a aceptar que con una estética bobalicona, pueril, o líquida, y con unos textos propios de una lengua en proceso de formación, se me cuenten, un suponer, las frustraciones que conlleva el paso de la adolescencia a la madurez, las decepciones de los primeros escarceos amorosos, o la oquedad de una existencia vivida bajo la prolongada protección de los progenitores. Pero no me creo nada, otro suponer, de las matanzas de los jemeres rojos, el maltrato a las mujeres, o el horror de los campos de concentración, cuando viene servido a través de un grafismo inane. Y, por favor, que nadie trate de convencerme de que el "todo vale" es signo de democratización, como algunos, empezando por los que están aquejados por esa manifiesta incapacidad y sus corifeos, pretenden.



En ese sentido, hay mayor juicio crítico en los editores de la familia de los libros ilustrados, y no me refiero a los que van dirigidos al público infantil o juvenil sino a los que buscan al adulto que quiere encontrarse con una edición cuidada de algunos textos, a menudo primorosamente traducidos, con los que los buenos ilustradores dialogan, no limitándose a iluminarlos, en donde vemos refugiarse a muchos de los pocos dibujantes verdaderamente grandes, algunos de los cuales también frecuentan los cómics, mientras los creadores que son flor de un día huyen hacia las editoriales que buscan la moda ingrávida -hoy en su momento más dulce- o hacia las galerías de arte, donde el desconcierto es aún mayor, y cuentan a su favor como el gran aval con un extenso número de seguidores en las redes sociales, lo que allana el camino "viral" (y créanme que estamos ante una pandemia) a los departamentos de publicidad de turno.



Los temas hegemónicos

Pero volvamos al ámbito de la historieta, en el que advierto también el apogeo de algunas modalidades, lo que supongo que obedece a la ansiedad, en esta huída general hacia delante, de averiguar dónde puede estar agazapado ese best seller aún por descubrir. Tras un período en el que parecía que nos sepultaría una avalancha de dramas personales, que acabaría por expulsar hacia los márgenes a los creadores con una vida íntima y un árbol genealógico sin notables sobresaltos, casi todos de corte muy similar a esos telefilmes "basados en hechos reales" con que nos castigan algunas cadenas de televisión para rellenar sus parrillas, ahora nos invaden las biografías y las adaptaciones literarias, dos viejas conocidas del medio, y los álbumes que se hacen eco de los conflictos sociales y políticos de más rabiosa actualidad, que, imagino que por fraternidad, tanto llaman la atención de los que escriben reseñas en las páginas culturales de los diarios. En todas esas propuestas poco parece importar el valor de la creación en sí, sino que son circunstancias ajenas las que empujan por un rato hacia la gloria efímera: la reivindicación de una mujer infravalorada en su tiempo, la osadía de traducir una obra cumbre de la literatura a este lenguaje o el contarnos con "la capacidad de síntesis y el didactismo del dibujo, inherentes al cómic" lo que aconteció en una reciente revuelta.



Ahora bien, lo mismo que este medio, lo llamen como lo llamen (sigo esperando a que alguien me explique por qué, por ejemplo, el cine es cine, ya nos refiramos a las grotescas comedias mudas de la Keystone o las películas de Godard), sobrevivió a su destronamiento como medio de masas, quiero creer que sobrevivirá a la piratería que lo expolia ("su reino no es el del e-book") y a la mediocridad disfrazada, que es la peor de las mediocridades, de la que hoy parece hacer gala. Hay unos cuantos editores con un excelente sentido común, algunos extremadamente modestos, que no persiguen únicamente llenar su catálogo de 'productos' y hay también unos cuantos autores, de las más dispares generaciones y estilos, hasta en el territorio del manga y de los superhéroes, para aguantar este envite de una contemporaneidad desnortada.

Recomendaciones

Algunas recomendaciones de obras de reciente publicación, que son de ayer, de hoy y de siempre.



Libros ilustrados: El señor de las moscas, de William Golding, con dibujos de Jorge González (Libros del zorro rojo); La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth, con dibujos de Pablo Auladell (Libros del zorro rojo), y El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes, con dibujos de Antonio Santos (Nórdica).



Cómics: Come prima, de Alfred (Salamandra); Tiempo de canicas, de Beto Hernández (La Cúpula); ¡Cadáver en el Imjin!, de Harvey Kurtzman (Norma); Pioneros del cómic. Monsieur Cryptograme y otras historias, de AA.VV. (El Nadir); 100 pictogramas para un siglo (XX), de Pere Joan (De Ponent); Lobo de lluvia, de Dufaux y Pellejero (Astiberri); Los gringos, de De la Fuente, Charlier y Vidal (Ponent Mon); Cuttlas: el vaquero samurái, de Calpurnio (Panini); El coleccionista, de Sergio Toppi (Ninth), y Kongo, de Perrissin y Tirabosco (Dibbuks).



Libros especiales: El murciélago dorado, de Edward Gorey (Libros del zorro rojo) y Sketchbooks. 1964-1981, de Robert Crumb (Taschen).