Más de una década después, Hispanomanía, de Tom Burns Marañón, vuelve a las librerías enriquecido con un prólogo para franceses, pues, como reza el epígrafe a esta primera parte, estos "quedaron injustamente excluidos de Hispanomanía" en su anterior versión.

El escritor y ensayista hispano-británico añade así al libro original la peripecia española de tres grandes de las letras francesas: Téophile Gautier, George Sand y Maurice Legendre, perfiles que se suman a los de tantos "curiosos impertinentes" como Brenan, Hemingway, Ford, Borrow u Orwell, entre otros, que recorren estas páginas y cuyos juicios, injustos, precipitados o certeros, son interpretados exhaustivamente por el autor de La Monarquía necesaria (2007). Hispanomanía es fruto de una permanente reflexión del ensayista sobre la mirada del otro y es también, al mismo tiempo, un homenaje agridulce a aquellos que dedicaron parte de su carrera intelectual a "explicar" España, tanto a los extranjeros como a los propios españoles.



Aquí puede leer las primeras páginas del libro:




Introducción



La publicación de Hispanomanía hace más de una década despertó bastante interés. Las reseñas fueron amables y entre quienes, a mi juicio, mejor entendieron lo que pretendía con un libro digamos "raro", porque mezclaba la autobiografía con el ensayo literario e histórico, que Luis Antonio de Villena. A los autores les gusta decir que "pasan" de las reseñas. También presumen de ello otros como la gente del cine y del diseño.



Sé que esto no es verdad en lo que se refiere a los escritores. El que consigue publicar un libro gracias a la paciencia, al irrefrenable optimismo y a la generosidad de su editor, aguarda al crítico con ansiedad. Cuando un crítico sugiere algo muy sensato, toma buena nota.



En su reseña de Hispanomanía, publicada en el El Cultural, suplemento del periódico El Mundo, de Villena escribió que debería "completar [mi] Hispanomanía anglosajona con otra francesa". Tenía razón. Esto mismo es lo que, más o menos y de una manera algo heterodoxa, pretendo al aprovechar la reedición de un libro que me sigue gustando.



He introducido en el texto original, del cual no he querido tocar una coma, un ensayo que he llamado Prólogo para franceses. Titularlo así puede parecer una petulancia por la evocación que conlleva y requiere una explicación. Por un lado el antecedente de este título me obligó a estudiar con todo el rigor que me es posible determinados episodios y personajes que me eran novedosos. Por otro, en este intento de enriquecer lo que en su día expuse en Hispanomanía, he querido reconocer la deuda que adquiere todo el 14 Prólogo para franceses (Que quedaron injustamente excluidos...) que se dispone a reflexionar sobre la España contemporánea con Ortega y Gasset y su generación.



Junto con amigos suyos, muy especialmente mi abuelo materno, don José recorrió España con la empatía, curiosidad y entusiasmo del auténtico viajero. En sus viajes "se comían el país a bocados". Y al igual que ellos, fue un buen conocedor de la literatura de los extranjeros que anduvieron esos mismos caminos. Según Gregorio Marañón, que fue experto en la materia, éstos llegaban a España provistos de anteojos que "indefectiblemente son de color negro o de color rosa".



En 1937, estando exilado en París, don José escribió un Prólogo para franceses para La rebelión de las masas. Este largo texto es una profunda meditación -"un ensayo de serenidad en medio de la tormenta"- sobre el barbarismo y el primitivismo que había analizado en la década anterior y, también, una apuesta por una civilización europea que respetase la individualidad de las sociedades que la componen.



La rebelión de las masas es un texto básico en la historia de la ideas del xx y el Prólogo para la edición francesa es el mejor comentario sobre su tesis del hombre-masa. Lo cierto es que este prólogo mío no pasa de ser un divertimento. He disfrutado escribiéndolo y espero que entretenga a sus lectores. No tiene pretensión alguna de formar opinión. Como mucho, aspira a provocar algún interrogante y despertar curiosidad por creencias y conductas pasadas que envuelven la mirada del francés hacia España.



Me he preguntado, en primer lugar, por qué quien cometió la imprudente impertinencia de invadir a su vecino consiguió mantener, a pesar de ello, una "conversación" con el agraviado que se prolongó en el tiempo. Lo normal hubiera sido la continuación de la bronca con el gabacho que se produjo el dos de mayo de 1808 en la Puerta del Sol de Madrid.



Hubiera sido lo lógico teniendo en cuenta que la historia de España como nación, es decir como pueblo soberano, comienza con el levantamiento popular contra Napoleón, su hermano, sus mariscales y su tropa. La "conversación" que mantiene España con la nación invasora contrasta con el diálogo de sordos que definió sus relaciones con el Reino Unido, la nación aliada.



En segundo lugar me he detenido en lo que acaso fue lo único positivo de la ordinariez que supuso el súbito derrumbamiento del antiguo régimen español por un poder extranjero. Gracias a la Guerra de Independencia y a la posterior quiebra de la sociedad española, salieron del país las muestras del genio artístico español que hasta entonces habían sido el secreto de palacios y de conventos. Me ha interesado mucho la rivalidad entre franceses y británicos por hacerse con las grandes obras de los maestros de la pintura española.



Los franceses ganaron la partida, al menos en el corto plazo, lo cual es una muestra más de los continuados guiños entre dos pueblos vecinos que, en teoría, deberían de haber estado enemistados.



En tercer y último lugar he recuperado el patrón de Hispanomanía para fijarme en tres autores franceses, dos del xix, Théophile Gautier y George Sand, y uno del xx, Maurice Legendre. Cada uno de ellos fue, a su manera, un perfecto curioso impertinente al tratar las cosas de España.



Hay muchos, muchísimos más escritores del país vecino que podrían figurar en este prólogo porque la tropa de franceses que recorrió España en los dos siglos pasados y opinó sobre ella es casi tan extensa como la anglosajona. Elegí a estos tres porque su mirada fue muy personal y distinta. Y. también, porque creo que ayudan a entender los distintos tipos de "conversación" que han mantenido España y Francia.