Librería Rafael Alberti de Madrid

Los libreros llegan este año al Día del Libro con la lengua fuera. Las esperadas ventas de la jornada festiva son ya cuestión de estricta supervivencia porque, tras cinco años de crisis, y pese a la esperanza que suscitan los nuevos modelos mixtos, las librerías viven hoy su peor momento. La Central, Rafael Alberti, Cave Canem y El Dragón Lector se aprestan a "resistir".

El pasado marzo fue "el mes más cruel" para las librerías. Tras tantos años de crisis, las tímidas esperanzas atesoradas en una buena campaña navideña fueron desbaratadas sin contemplaciones. No se vendió, no se vende, nada. ¿Cuánto podrán seguir resistiendo los sufridos y diezmados libreros?



Antonio Ramírez, director de La Central, presente en Barcelona y Madrid, señala que la "obsesión por ahorrar" ha herido de muerte a la cultura. "Marzo, es cierto, ha ido muy mal. Supongo que mucho tiene que ver con que los consumidores se resisten a gastar con cierta soltura. Persiste la desconfianza por el futuro próximo; son ya varios años con la obsesión de ahorrar y así se ha ido afianzando una especie de consumo sin gasto: usar los lugares, los objetos, los comercios mismos, pero con el menor gasto posible. Se nota en los museos, en los restaurantes, en las librerías. El público los usa, los visita, los ocupa, queda con sus amigos, permanece horas y horas, pero siempre reduciendo el dispendio monetario a la mínima expresión, ya no evitando algo por frívolo sino, más bien, por torpe, casi estúpido. Es la búsqueda de la gratuidad como imperativo mayor. El efecto es que la sostenibilidad de muchísimas actividades ligadas al consumo, no sólo cultural, queda más que en entredicho".



Las librerías cierran por docenas, la piratería acecha, y los libreros que siguen, a duras penas, adelante, se sienten unos resistentes. Lo dice Lola Larumbe, alma mater de una librería que es ya una institución, la Rafael Alberti de Madrid: "Esto es una forma de vida hecha para resistentes, nada más, el que no aguante las extrañas condiciones de este sector o no le compense lo intangible del libro, debe cambiarse a otro. Creo que todos estamos intentando remar en un mar muy revuelto y con un clima social profundamente desalentado y en gran parte adverso. Hay que invertir mucha más energía para hacer lo mismo que hace solo tres años. Me parece que sí se está produciendo un ajuste en todos los estratos, editorial, distribución, libreros.... pero este proceso es lento y a trompicones, siempre vamos a ir detrás del torbellino tecnológico y social".



La necesidad aguza el ingenio. El concepto de librería se amplía y brotan todo tipo de liberías/café/bar/tienda... Como Cave Canem, un sugerente espacio que acaba de abrir en la capital con explícitas intenciones: "Palabras y cosas". Sus promotores, Guillermo Enríquez y Alejandro Schwartz defienden su modelo, una suerte de cooperativa de intenciones y modos de actuar que suma muchas voluntades y apuesta por huir del mainstream. "Tiene mucho sentido, y no es sólo debido a la precariedad económica de parte del modelo librero tradicional, sino más bien como búsqueda de espacios nuevos, distintos, de reunión, y no hay que olvidar que en España el bar lo es todo, o casi... Creemos que, en el futuro, por una parte habrá librerías gigantescas (buenas librerías en algunos casos pero malas en otros, despersonalizadas) y por otra, librerías singulares, con una personalidad bien definida, generalmente en ‘pequeño formato', no centradas en la cuenta de resultados sino en los aspectos vocacionales que necesita la profesión de librero (esto mismo está sucediendo en el mundo editorial)... Además, en proyectos como el de Cave Canem es muy importante entender la librería como un lugar acogedor, ‘apartamental' casi, hogareño si se nos permite, donde no sólo hay libros, sino donde también se comparten otros objetos hermosos y útiles a la vez, que huyen de lo meramente decorativo para significar algo más, que quieren ofrecer más de lo que cuestan".



Durante este "lustro horribilis" (Ramírez dixit) el sector de la Literatura Infantil y Juvenil tal vez sea el que menos mal lo ha pasado. Así lo certifica Pilar Pérez, al frente de El Dragón Lector, de Madrid. "Nosotros resistimos, porque somos muy cautos, porque damos mucho y porque todo ello lo hacemos de verdad. Sentimos, porque así es, que para muchas familias el libro para sus hijos no es un gasto, sino una inversión en futuro. Saben que si su hijo es lector el día de mañana, será todo más fácil para él, estudiará mejor, se comunicará mejor... será mejor persona. Por otro lado, disfrutan el libro físico porque disfrutan ese encuentro afectivo con sus pequeños. Les gusta sentir que sus hijos les buscan para la hora del cuento, que les necesitan para entender esos dibujos y esos signos, que quieren estar con ellos para divertirse juntos. Esa es la gran diferencia con otras opciones más tecnológicas que ahora son muy habituales en niños y niñas. Con la tableta les estorbamos, en la mayoría de las ocasiones, con el libro nos buscan y para disfrutar más. Por todo esto quizás la LIJ sufre menos que otros sectores".



La Central, Rafael Alberti, Cave Canem, El Dragón Lector. Cuatro enclaves, cuatro reductos en los que no sólo se lamen las heridas. Trabajan duro, no van a tirar la toalla, pero no pueden hacerlo sólos. Para Antonio Ramírez "el poder público debería estar muy atento a las prácticas monopolistas de los grandes conglomerados de internet cuyo objetivo no es otro más que monopolizar, a nivel global, la difusión de contenidos culturales: me refiero a la gratuidad en los envíos en las ventas por internet que contraviene la ley del precio fijo (Amazon), la evasión de impuestos, etc. Y el sector editorial debería ser muy consciente de que de la consolidación de las nuevas microiniciativas -librerías y editoriales- depende la supervivencia del sector en su conjunto. Una mirada a la organización del sector del libro francés, nos daría decenas de buenas ideas".



Guillermo Enríquez y Alejandro Schwartz defienden una urgente regeneración del campo bibliotecario. "Pues una inversión y actuación consecuentes garantiza el respeto a eso que suele llamarse cadena del libro: beneficia a autores, traductores, editores, libreros... por no hablar de impresores, diseñadores, correctores, etcétera. Esto es, una buena red de librerías garantiza trabajo para todos. Por otra parte, hay que realizar campañas de difusión de la lectura que no sean ni cursis ni elitistas, defendiendo el libro como un ‘espacio' de conocimiento tanto como de placer, de reflexión tanto como de intervención..."



Lola Larumbe lamenta "la falta de un apoyo real a las librerías por parte de las instituciones, no hay política ni estatal ni municipal ni comunitaria a favor de la protección y mantenimiento de una red de librerías potente, no creen que sea necesario para la sociedad. Se equivocan profundamente. Y Pilar Pérez concluye: "A los representantes públicos les pediría que fueran conscientes de lo que estamos viviendo los libreros y, sobre todo, de lo que podría vivir la sociedad sin nuestros espacios. Su apoyo prácticamente se ha esfumado. Pensemos en otras fórmulas de apoyo real para poder seguir en la brecha en el futuro. Al sector editorial les pediría una competencia leal. Mejorar hoy unos objetivos de ventas puede que nos lleve a destruirlos en el futuro. Juntos resistiríamos mejor todos".