Diez años ya de aquella desoladora mañana del 11 de marzo de 2004, de la tragedia de aquellas 191 víctimas, de aquellos trenes destrozados, del estupor, de la solidaridad, de las preguntas sin respuestas. Diez años después, además del dolor, nos queda la memoria. Y la palabra pensada de los expertos. El Cultural ha acudido a ellos. El historiador Julio Gil Pecharromán, el filósofo Ángel Gabilondo y el politólogo y experto en terrorismo Rogelio Alonso reflexionan sobre los cambios habidos en la sociedad española en estos diez años, acerca de las secuelas del atentado en el individuo, del miedo, de la difícil ecuación entre libertad y seguridad, sobre nuestras relaciones con el Islam... Asuntos todos ellos tan importantes y urgentes que merecen una exposición sin interrupciones. Ellos tienen la palabra.

Memoria y secuelas

Julio Gil Pecharromán: Me enteré del atentado camino del trabajo y seguí la información durante la mañana a través de internet. Fue un verdadero mazazo moral, aunque las personas mayores teníamos ya cierta práctica en encajar los golpes sucesivos del terrorismo etarra. Luego viví con mucho interés el impacto del suceso en la campaña electoral y la batalla política y mediática en torno a la verdadera naturaleza de la trama terrorista. Las auténticas secuelas las padecen hoy 191 familias destrozadas. La sociedad española encajó con mucha madurez el atentado. Aunque durante un tiempo pervivió el miedo colectivo a una nueva demostración terrorista de los islamistas, no parece que hubiera un brote de xenofobia, como sucedió en otros países en circunstancias similares, ni la demanda de seguridad colectiva llevó a la conciencia social de que, para obtenerla, había que ceder en la vigilancia de los derechos ciudadanos frente al Poder.



Rogelio Alonso: Diez años después, el recuerdo dominante evoca una profunda tristeza por el sufrimiento tan terrible que el terrorismo causó en tantas familias. Diez años después, lo que impera es la empatía y la solidaridad con quienes desde aquel día vieron sus vidas alteradas de manera tan drástica e injusta. El atentado, además de un profundo dolor en las víctimas, generó una enorme polarización política y social. Esa polarización ha remitido y casi desaparecido. Sin embargo, las víctimas siguen sufriendo las terribles consecuencias de aquella brutalidad. Por supuesto que hay secuelas que, desgraciadamente, causan todavía mucho dolor en las víctimas y que siguen y seguirán muy presentes en sus vidas para el resto de sus días. En la distancia, las disputas políticas que el atentado suscitó parecen irrelevantes en comparación con la magnitud de la tragedia humana que los terroristas causaron aquel día.



Ángel Gabilondo: Cabe hablar del recuerdo de la vivencia personal de aquél día, aunque corresponde, más bien, hacer un ejercicio de memoria. Todos, incluso ciudadanos de otros muchos países, guardamos memoria de aquél día. Saber que la barbarie es tan sencilla de organizar y que el dolor es tan imposible de mitigar, entender que hay que vivir siempre con él, es lo que ha constituido la memoria del atentado. Hoy rememoramos, homenajeamos, porque no queremos que sea sólo el conjunto de recuerdos de muchos individuos sino que elegimos que formen parte de la memoria del país y esta es la clave para comprender que la sociedad democrática sabe ver a tiempo aquello que conforma la violencia, y la denuncia y la rechaza para combatirla. Cada persona que falleció como consecuencia de aquél atentado forma parte de la memoria colectiva. Y mostramos toda nuestra solidaridad. La pérdida pasa por aprender a vivir sin algo que no va a retornar. Hay otra cara de la globalización que es la globalización del terror. Lo vivimos directamente con los atentados de Nueva York, de Madrid, de Londres. Introdujeron el horror en ciudades con bienestar, pero hay mucha violencia que comparte una patria común, la de atemorizar e intentar someter a los demás. Tenemos que recordar, aunque nos parezca incomprensible, que una mayoría de la población mundial no sabe qué es la democracia plena y la paz. Seamos conscientes de esta realidad. Sin duda, hay que hacer más por globalizar el desarrollo. La lucha contra la ignorancia, la pobreza y el radicalismo, el impulso de la cultura y la tolerancia, la educación son el camino. Estos ataques nos han demostrado que hace falta más cooperación y movimientos civilizatorios de primer orden. En nuestro país hemos aprendido a no tolerar la violencia, estamos comprometidos con los valores de la democracia y hemos comprendido hasta qué punto es preciso reclamar instituciones justas. Precisamente por eso hemos de considerar la movilización social que busca la consecución de la justicia.



Un antes y un después

Rogelio Alonso: Todavía se discute si el atentado tuvo influencia en las elecciones. Creo que sí las tuvo. La sociedad española votó ese día condicionada por el miedo y por el comportamiento que mantuvieron actores políticos como gobierno y oposición, entre otros, pues también los medios desempeñaron un importante papel. La oposición ganó la batalla del encuadre logrando enmarcar el atentado de manera errónea pero eficaz para sus intereses. En contra de lo que defendió entonces la oposición, es evidente que la causa fundamental del atentado no fue el apoyo español a la intervención en Irak. Mientras esa distorsionada imagen del atentado se imponía, el gobierno de aquel entonces erraba en su gestión comunicativa fracasando en su intento por trasladar confianza y credibilidad en su versión de un hecho tan grave e inesperado.



Julio Gil Pecharromán: Una década no supone plazo suficiente para evaluar, desde una perspectiva histórica, un proceso tan complejo como el de la primavera de 2004. Los atentados, en sí, no parecen haber introducido serias modificaciones en nuestro modelo político y social. Por otra parte, históricamente no se pueden desvincular de un hecho político relevante, la adhesión incondicional del Gobierno Aznar a la invasión norteamericana de Iraq y el impacto mayoritariamente negativo sobre la opinión pública de la "foto de las Azores". Pero en la medida en que ambos hechos posibilitaron un rápido y dramático cambio de la tendencia electoral en beneficio del centro-izquierda, manifestado días después en las elecciones parlamentarias y luego de la implantación de nuevas políticas de Estado por el Gobierno socialista, sí podemos hablar de una incidencia real de los atentados en la historia de España.



Ángel Gabilondo: Siempre que irrumpe un grito de odio hay una respuesta por la paz y para la convivencia. La civilización es mucho más fuerte que la barbarie. El mismo día del atentado vimos una enorme marea de solidaridad, miles de personas mostraron la cara más viva de ella en todos los servicios públicos y en iniciativas privadas, tanto en las primeras atenciones y auxilios, como en las tareas de transporte y atención a las personas heridas, donaciones de sangre en los hospitales... Esa memoria de la que hablaba es la que se activa y funciona como algo interiorizado. El verano pasado lo vimos de nuevo en Galicia, en torno al accidente ferroviario de Angrois. Todos los sistemas se activaron en décimas de segundo porque fueron la memoria colectiva y los valores y convicciones los que despertaron. Los agentes públicos, el sistema sanitario, institucional y social funcionando con una sola voz. Sí hay un antes y un después, hay innovación social también tras la experiencia del dolor y creo que la hemos visto responder con ejemplaridad. Esto forma parte del patrimonio de nuestro país.



El miedo

Ángel Gabilondo: Si entendemos el miedo como la certeza de la pérdida, es evidente que la sociedad ha de convivir con esa realidad que la constituye. El tiempo hace que todo desaparezca. El ser humano aislado es tremendamente frágil y vive en sociedad para afrontarlo. Por tanto, las civilizaciones son configuraciones necesarias y el camino que hay que seguir es el del logro de sociedades mejor gobernadas, más justas, en la que los individuos puedan convivir sin sentir amenazada su singularidad. La sociedad ha de ser lo suficientemente flexible para lograr el derecho a la diferencia pero sin diferencia de derechos. No veo otro modo de aislar políticamente al extremismo que más y mejor democracia. Se requiere todo un modo de proceder que se hace consciente de la necesidad de convivir en la diferencia, mediante la incorporación social que no ha de ser asimilación, ni homogeneización, siempre dentro de la igualdad de derechos. Y los derechos no son negociables. Hay que ser conscientes de que los límites y los atentados del 11M son la constatación de que hay quienes ni los tienen en consideración ni son conscientes del valor de cada vida singular como algo absolutamente prioritario. No se trata sólo de que haya menos derechos después de lo sucedido. Su restricción no solo no combate el terror, sino que más bien parece introducirnos en una espiral que impide vislumbrar la línea y los límites.



Julio Gil Pecharromán: No parece que, diez años después, los españoles se enfrenten a una coyuntura marcada por el miedo al terrorismo y a sus efectos de desestabilización política y social. El miedo instalado en nuestra sociedad obedece más bien a los efectos de la prolongada crisis económica que provoca, y justifica, la degradación de los mecanismos de protección social y laboral y el empobrecimiento masivo de individuos y familias. Eso sí que fomenta políticamente los extremismos.



Rogelio Alonso: El terrorismo persigue generar miedo en sociedades democráticas como la nuestra. En ocasiones lo consigue, de ahí que sean muy importantes los esfuerzos del Estado por fortalecer los mecanismos de resiliencia de instituciones y sociedad. La amenaza del terrorismo no ha desaparecido, pero no podemos vivir atenazados ante peligros que desgraciadamente pueden materializarse con crudeza en cualquier momento.



España y el Islam

Julio Gil Pecharromán: El atentado no fue un hecho aislado. Hay que inscribirlo, por una parte, en el auge del fundamentalismo religioso en el mundo islámico y en la creciente presión sobre las sociedades europeas de una inmigración musulmana difícilmente asimilable, lo que fomenta la idea de "choque de civilizaciones". Y, por otra parte, en el papel de gendarme armado asumido por los Estados Unidos y sus aliados sobre la evolución de los países musulmanes. Como miembro de la OTAN y de la Unión Europea, España se debe a una política global que no le deja mucho margen de maniobra.



Rogelio Alonso: No creo que sea correcto plantear como una contraposición a España y al Islam. En nuestro país es solo una minoría la que profesa una interpretación radical y fundamentalista del Islam que justifique el terrorismo. Al mismo tiempo, no cabe ninguna duda de que la radicalización de algunos miembros de dicha comunidad constituye un riesgo y además una amenaza cuando implica la justificación de la violencia.



Ángel Gabilondo: No creo que esta serie de atentados hayan tenido influencia en las relaciones entre el islam y occidente más allá del reconocimiento de lo que el radicalismo puede llegar a provocar. No es procedente calificar o descalificar culturas, religiones o sectores de la población por el comportamiento improcedente de algunos de sus miembros. Las grandes culturas están por encima de estas tragedias. No podemos dejar que quienes no creen en la paz y la democracia hablen en nombre de una determinada civilización y se apropien de la cultura por la que dicen hablar. España es un país que ha demostrado tener una inmensa capacidad de acogida y de hospitalidad para con las personas de otras culturas. Quienes vienen a nuestro país a encontrar posibilidades o refugiados políticos para huir de ciertas barbaries conviven perfectamente en nuestras ciudades y pueblos. Somos un país muy tolerante y abierto y me consta que somos muy capaces de diferenciar bien a los radicales y aislar esa realidad.



Libertad o seguridad

Rogelio Alonso: La necesidad de seguridad impone lógicamente restricciones a la libertad. En sociedades democráticas abiertas es evidente que debe haber un equilibrio proporcionado de manera que las cesiones en beneficio de la seguridad no supongan restricciones relevantes a la libertad, sino que contribuyan a que podamos disfrutar de una mayor y mejor libertad.



Julio Gil Pecharromán: La "libertad" es una categoría moral básicamente individual, mientras que la "seguridad" es un sistema de control social a cargo de las elites gobernantes. Creo que la oposición más correcta se da entre seguridad y democracia. No parecen incompatibles, pero el auge de una disminuye a la otra.



Ángel Gabilondo: Ni la seguridad ni la libertad pueden medirse claramente por niveles porcentuales. Conviven y se nutren y sustentan mutuamente. La ausencia de libertad no genera auténtica seguridad, sino una visión parcial e insuficiente de la misma. La falta de seguridad procura la indefensión que impide el verdadero ejercicio de la libertad. La sensata precaución y la adopción de medidas adecuadas no pueden regirse simplemente por el temor o el miedo. Y la seguridad ha de estar al servicio de la libertad, a fin de crear condiciones para su ejercicio. En este sentido, los fundamentalismos y los extremismos han de combatirse muy específicamente a través de la educación y la formación, y muy singularmente aquellos que propugnan y se amparan en la violencia.