Federico García Lorca

Christopher Maurer y Andrew A. Anderson. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2013. 382 páginas, 29,90 euros.

Podría alegarse que lo que cuenta este Federico García Lorca en Nueva York y La Habana es historia conocida; y quizá la novedad mayor que supone la publicación de este libro sea la de unir en un solo volumen documentos, fotografías y otros testimonios que estaban dispersos aquí y allá, por más que el meollo de la cuestión -la correspondencia de Lorca con su familia, sus conferencias neoyorquinas y parte del material gráfico vinculado- hubiera sido ya compilado por Christopher Maurer, uno de los dos editores de este libro, en el bellísimo número que la ya mítica revista Poesía dedicó en 1985 a la experiencia neoyorquina del granadino. Lo ahora publicado completa lo de entonces y lo reúne en un tipo de libro que, por desgracia, abunda poco en el ámbito de los estudios biográficos españoles, aunque sí en otras literaturas: el log o compilación documental que, con ánimo de exhaustividad, reúne todos los testimonios de diverso tipo -cartas, fotografías, recortes de prensa, documentos oficiales, etc.- que constituyen la huella del paso por el mundo de un personaje determinado.



Que Lorca merecía el esfuerzo parece fuera de toda duda, y más aún que éste se centre en su estancia neoyorquina y su secuela cubana. Como el libro demuestra, Nueva York no era en absoluto un referente exótico y lejano para los espíritus más inquietos de la cultura española de la época. A una primera y brillante generación de profesores -Ángel del Río, Federico de Onís y otros- que enseñaban lo hispano en las universidades neoyorquinas hay que unir la presencia de músicos como Andrés Segovia, bailarinas como Antonia Mercé 'La Argentina' y toreros como Ignacio Sánchez Mejías. También la del ya prestigioso periodista Julio Camba, cuyas impresiones del Nueva York de entonces, reunidas en su libro La ciudad automática, no quedan a la zaga de las monografías que otros autores cosmopolitas del momento, como Paul Morand, habían dedicado a la ciudad del Hudson, y admiten parangón con la arrebatada visión poética que el propio Lorca acuñó en su conocido libro de inspiración neoyorquina. em>Poeta en Nueva York supuso, en efecto, la madurez de la vanguardia española, la demostración de que ésta, más allá de probaturas juveniles, había desarrollado un lenguaje capaz de dar cuenta de una realidad ya inasible para la agotada sensibilidad postromántica y sus secuelas; y ponía inteligentemente al día la herencia de otro gran poeta tocado por el deslumbramiento de un crucial viaje transatlántico, en este caso de bodas: el que dio lugar al Diario de un poeta recién casado de Juan Ramón Jiménez.



Es ese importantísimo trasfondo lo que justifica que, lo que en otra persona podría haber sido poco más que una sucesión de anécdotas irrelevantes -las vemos aquí contadas por sus testigos: fiestas de la bohemia neoyorquina, novelerías universitarias, paseos de turista, demostraciones de españolismo más o menos calculadas para impresionar al público local-, sea, en el caso de Lorca, un permanente foco de curiosidad, que justifica que todavía los expertos en esta cuestión ansíen colmar determinadas "lagunas". Aunque más interesante, quizá, que lo definitivamente esclarecido por este afán de exhaustividad es lo que queda apenas esbozado o velado por la mera superposición de testimonios: por ejemplo, la discreta conspiración familiar y amistosa por la que se decidió que sería beneficioso para el poeta poner tierra -o mar- por medio entre él y su nefasto amante de entonces, el escultor Emilio Aladrén; o el breve relato -con elipsis final incluida- que da cuenta del encuentro entre Lorca y el poeta norteamericano Bret Harte, que terminó con la incorporación del primero a la francachela con marineros que el otro celebraba en su piso... Testimonios que contrastan, por ejemplo, con la prolija sosería del largo ensayo que dedica el profesor Herschel Brickell al trato que mantuvo con el granadino en esos meses.



Son las dos caras de una misma moneda: el Lorca "encantador" y el que acunaba una intimidad atormentada que sólo afloró en su producción literaria, pero que los ya advertidos sabrán reconocer, también, en la crónica familiar, social y periodística de estos días que, como dice Antonio Muñoz Molina, proyectaron su luz sobre el resto de la vida del poeta.