Dolores Redondo. Foto: Manuel Nieves.
El juicio contra el padrastro de la joven Johana Márquez está a punto de comenzar. A él asiste una embarazada Amaia Salazar, la inspectora de la Policía Foral que un año atrás había resuelto los crímenes del llamado basajaun, que sembraron de terror el valle del Baztán. Amaia también había reunido las pruebas inculpatorias contra Jasón Medina, que imitando el modus operandi del basajaun había asesinado, violado y mutilado a Johana, la adolescente hija de su mujer. De pronto, el juez anuncia que el juicio debe cancelarse: el acusado acaba de suicidarse en los baños del juzgado. Ante la expectación y el enfado que la noticia provoca entre los asistentes, Amaia es reclamada por la policía: el acusado ha dejado una nota suicida dirigida a la inspectora, una nota que contiene un escueto e inquietante mensaje: 'Tarttalo'. Esa sola palabra que remite al personaje fabuloso del imaginario popular vasco destapará una trama terrorífica que envuelve a la inspectora hasta un trepidante final.Aquí puede leer el comienzo de El legado en los huesos de Dolores Redondo, publicado por la editorial Destino.
Itxusuria
Localizó la tumba guiándose por la línea que el agua había dibujado en el suelo al caer desde el alero de la casa. Se arrodilló y de entre sus ropas extrajo una palita de jardín y una piqueta con las que desconchó la super6cie compacta de la tierra oscura, que se desprendió en terrones húmedos y esponjosos, destilando un aroma rico como a madera y musgo.Con cuidado, fue eliminando capas de unos pocos centímetros hasta que, mezclados con la tierra, aparecieron jirones ennegrecidos de tela podrida.
Excavó con las manos apartando la prenda en la que aún se adivinaba una mantita de cuna que se deshizo al tocarla, descubriendo el paño encerado que envolvía el cuerpo. Apenas se veían restos de la cuerda que lo había atado, dejando sobre el lienzo un dibujo marcado y pro- fundo allí donde lo ciñó. Retiró los residuos del cordel, reducido a pulpa entre sus dedos, y acarició la super6cie buscando el borde del lienzo que, aun sin verlo, adivinó con varias vueltas de tela. Hundió los dedos en el extremo del hatillo y rasgó la mortaja, que se abrió como si usase un cuchillo.
El bebé yacía enterrado boca abajo como si durmie- se acunado en la tierra; los huesos, como el mismo lienzo, aparecían bien conservados aunque teñidos por la tierra oscura del Baztán. Extendió una mano que casi cubrió por entero el cuerpecillo, presionó el tórax contra la tierra y sin resistencia arrancó de cuajo el brazo derecho, que al soltarse quebró la pequeña clavícula con un chasquido suave, como un suspiro que, procedente de la sepultura, lamentase el expolio. Retrocedió, intimidado de pronto, se puso en pie, introdujo los huesos entre sus ropas y dedicó una última mirada a la tumba, antes de empujar con los pies la tierra a su interior.
I
El ambiente en el juzgado era irrespirable. La humedad de la lluvia, prendida en los abrigos, comenzaba a evaporarse, mezclada con el aliento de cientos de personas que abarrotaban los pasillos frente a las distintas salas. Amaia se desabrochó el chaquetón mientras saludaba al teniente Padua, que, tras hablar brevemente con la mujer que lo acompañaba e instándola a entrar en la sala, se acercó sor- teando a la gente que esperaba.-Inspectora, me alegro de verla. ¿Cómo se encuentra? No estaba seguro de que pudiera estar aquí hoy -dijo, con un gesto hacia el abultado vientre.
Ella se llevó una mano a la tripa, que evidenciaba el último tramo del embarazo.
-Bueno, parece que de momento aguantará. ¿Ha visto a la madre de Johana?
-Sí, está bastante nerviosa. Espera dentro acompañada por su familia, acaban de llamarme de abajo para decir que ha llegado el furgón que trae a Jasón Medina -dijo dirigiéndose al ascensor.
Amaia entró en la sala y se sentó en uno de los bancos del final; aun así veía a la madre de Johana Márquez, enlutada y mucho más delgada que en el funeral de la niña.Como si percibiese su presencia, la mujer se volvió a mirary la saludó con un breve gesto de asentimiento. Amaia intentó sonreír, sin conseguirlo, mientras apreciaba la apaciencia lavada del rostro de aquella madre atormentada por la certeza de no haber podido proteger a su hija del monstruo que ella misma había llevado a casa. El secretario procedió a leer en voz alta los nombres de los citados.
No se le escapó el gesto de crispación que se dibujó en la cara de la mujer al escuchar el nombre de su marido.-Jasón Medina -repitió el secretario-. Jasón Medina.
Un policía de uniforme entró corriendo en la sala, se acercó al secretario y le susurró algo al oído. A su vez se inclinó para hablar con el juez, que escuchó sus palabras, asintió, llamó al 6scal y a la defensa, les habló brevemente y se puso en pie.
-Se suspende la sesión, serán citados nuevamente si así procede. -Y sin decir más, salió de la sala.
La madre de Johana comenzó a gritar mientras se volvía hacia ella demandando respuestas.
-No -chilló-, ¿por qué?
Las mujeres que la acompañaban intentaron en vano abrazarla para contener su desesperación.
Uno de los policías se acercó a Amaia.
-Inspectora Salazar, el teniente Padua le pide que baje a los calabozos.
Al salir del ascensor vio que un grupo de policías se arremolinaba frente a la puerta de los baños. El guardia que la acompañaba le indicó que entrase. Un policía y un funcionario de prisiones se apoyaban contra la pared con los rostros demudados. Padua miraba hacia el interior del cubículo, apostado en el borde del charco de sangre que se derramaba por debajo de la estructura que separaba los retretes y que aún no había comenzado a coagularse. Al ver entrar a la inspectora se hizo a un lado.
-Le dijo al guardia que tenía que entrar al baño. Ya ve que está esposado, aun así logró rebanarse el cuello.
Todo fue muy rápido, el policía no se movió de aquí, le oyó toser y entró, no pudo hacer nada. Amaia dio un paso adelante para ver el cuadro. Jasón Medina aparecía sentado en el retrete con la cabeza echada hacia atrás. Un corte oscuro y profundo surcaba su cuello. La sangre había empapado la pechera de la camisa como un babero rojo que hubiera resbalado entre sus piernas, tiñendo todo a su paso. El cuerpo aún emanaba calor, y el olor de la muerte reciente viciaba el aire.
-¿Con qué lo ha hecho? -preguntó Amaia al no ver ningún objeto.
-Un cúter. Se le cayó de las manos al perder fuerza y fue a parar al váter de al lado -dijo empujando la puerta del siguiente retrete.
-¿Cómo pudo meter eso aquí? Es de metal, el arco tuvo que detectarlo.
-No lo introdujo él, inspectora. Mire -dijo señalando-, si se 6ja verá que el mango del cúter lleva pegado un trozo de cinta americana. Alguien se tomó muchas molestias para dejar el cúter aquí, seguramente tras la cisterna, él no tuvo más que despegarlo de su escondite.
Amaia suspiró.
-Y eso no es todo -dijo Padua, disgustado-. Esto asomaba del bolsillo de la chaqueta de Medina -dijo levantando con una mano enguantada un sobre blanco.
-Una carta de suicida -sugirió Amaia.
-No exactamente -dijo Padua tendiéndole un par de guantes y el papel-. Y va dirigida a usted.
-¿A mí? -se extrañó Amaia.
Se puso los guantes y tomó el sobre.
-¿Puedo?
-Adelante.
La solapa estaba adherida con un suave pegamento que cedió sin rasgarse. Dentro, una cartulina blanca con una sola palabra escrita en el centro del papel. «Tarttalo.»
Amaia sintió una fuerte punzada en el vientre, contuvo el aliento disimulando el dolor, volvió el papel para comprobar que no hubiese nada escrito por el envés, y se lo tendió a Padua.
-¿Qué significa?
-Esperaba que usted me lo dijera.
-Pues no lo sé, teniente Padua, no signi6ca gran cosa para mí -respondió Amaia un poco confusa.
-Un tarttalo es un ser mitológico, ¿no?
-Pues... sí, hasta donde yo sé es un cíclope de la mitología grecorromana, y también de la vasca.
¿Adóndequiere llegar? -Usted trabajó en el caso del basajaun, que también era un ser mitológico, y ahora el asesino confeso de Johana Márquez, que casualmente intentó imitar un crimen del basajaun para esconder el suyo, se suicida y le deja una nota a usted, una nota en la que pone «Tarttalo». No irá a decirme que no es por lo menos curioso.
-Sí, lo admito -suspiró Amaia-. Es raro, pero en su momento ya establecimos sin lugar a duda que Jasón Medina violó y asesinó a su hijastra y después intentó de forma bastante chapucera imitar un crimen del basajaun.Además, él lo confesó con todo lujo de detalles. ¿Insinúa que quizá no fuera el autor?
-No me cabe ninguna duda de que él lo hizo -afimó Padua mirando el cadáver con gesto de fastidio-.
Pero está el tema de la amputación y de los huesos de la chica que aparecieron en Arri Zahar, y ahora esto, esperaba que usted pudiera...
-No sé qué signi6ca esto, ni por qué lo dirige a mí.
Padua suspiró sin dejar de observar su gesto.
-Claro, inspectora.
Amaia se dirigió a la salida trasera decidida a no encontrarse con la madre de Johana. No habría sabido qué decirle, quizá que todo había acabado, o que al 6nal aquel desgraciado se había escabullido hacia el otro mundo como la rata que era. Mostró a los guardias su placa y por 6n se vio libre de la atmósfera del interior. Había dejado de llover y, a través de las nubes, la luz incierta y brillante de entre chubascos tan típica de Pamplona le arrancó unas lágrimas mientras revolvía su bolso buscando las gafas de sol. Le ha- bía costado encontrar un taxi que la llevara al juzgado en hora punta. Cuando llovía siempre pasaba lo mismo, pero ahora unos cuantos coches hacían cola en la parada mientras los pamploneses optaban por caminar. Se detuvo un momento ante el primero. Aún no quería ir a casa, la perspectiva de tener a Clarice dando vueltas y bombardeándola a preguntas no le resultaba nada atractiva. Desde que sus suegros habían llegado hacía dos semanas, el concepto de hogar había sufrido serias alteraciones. Miró hacia las invitadoras cristaleras de las cafeterías situadas frente al juzgado y al extremo de la calle San Roque, donde vislumbró los árboles del parque de la Taconera. Calculó un kilómetro y medio hasta su casa y echó a andar. Si se cansaba, siempre podía coger un taxi.
Sintió un inmediato alivio cuando al penetrar en el parque dejó el ruido del trá6co a su espalda, y el frescor de la hierba mojada sustituyó el del humo de los coches. De modo imperceptible relajó su paso y enfiló uno de los senderos de piedra que recortaban el perfecto verdor. Tomó aire profundamente y lo dejó salir muy despacio. Menuda mañana, pensó; Jasón Medina encajaba perfectamente en el perfil del reo que se suicida en prisión. Violador y asesino de la hija de su esposa, había permanecido aislado a la espera del juicio, y resultaba seguro que la perspectiva de mezclarse con los presos comunes tras la condena le había aterrorizado. Lo recordaba de los interrogatorios nueve meses atrás, durante las investigaciones del caso Basajaun, como un ratón lloroso y asustado, que confesaba sus atrocidades entre un mar de lágrimas.
Aunque eran casos distintos, el teniente Padua de la Guardia Civil la había invitado a participar, debido al intento chapucero de Medina de imitar el modus operandi del asesino en serie que ella perseguía, basándose en lo que había leído en la prensa. Nueve meses, justo cuando quedó embarazada. Muchas cosas habían cambiado desde entonces.
-¿Verdad, pequeña? -susurró, acariciándose la tripa.
Una fuerte contracción la obligó a detenerse. Apoyada en el paraguas e inclinada hacia adelante aguantó la impresión de terrible pinchazo en la parte baja del vientre, que se extendió hasta la cara interna de los muslos, provocándole un calambre que le arrancó un quejido, no tanto de dolor como de sorpresa por la intensidad. La oleada decreció tan rápido como había llegado.
Así que así era. Se había preguntado mil veces cómo sería estar de parto y si sabría distinguir las primeras señales o sería una de esas mujeres que acuden al hospital con la cabeza del niño fuera o que dan a luz en un taxi.
-¡Oh, pequeña! -le habló dulcemente-, aún falta una semana, ¿estás segura de querer salir ya? El dolor había desaparecido como si nunca hubiera venido.
Sintió una inmensa alegría y una oleada de nervios ante la inminencia de su llegada. Sonrió feliz y miró alrededor como queriendo compartir su gozo, pero el parque estaba desierto, húmedo y fresco, de un verde esmeralda que, con la luz brillante que se proyectaba a través de la capa de nubes que cubría Pamplona, resultó más radiante y hermoso aún, haciéndole recordar la sensación de descubrimiento que siempre tenía en Baztán y que le resultó un regalo inesperado en Pamplona.
Emprendió de nuevo el camino, transportada ahora al mágico bosque y a los ojos dorados del señor de aquellos dominios. Sólo nueve meses antes se encontraba investigando allí, en el lugar donde había nacido, en el lugar del que siempre quiso irse, el lugar al que regresó para cazar a un asesino y donde concibió a su pequeña.
La certeza de su hija creciendo en su interior había supuesto en su vida el bálsamo de calma y serenidad que siempre había imaginado y que en aquel momento había sido lo único que podía ayudarla a afrontar los terribles hechos que le había tocado vivir y que unos meses antes habrían acabado con ella. Volver a Elizondo, escarbar en su pasado y, sobre todo, la muerte de Víctor, habían trastocado su mundo y el de toda su familia. La tía Engrasi era la única que permanecía inalterable, echando sus car- tas, jugando al póquer cada tarde con sus amigas y sonriendo de ese modo en que lo hacen los que están de vuel- ta de todo. Flora se había trasladado precipitadamente a Zarautz, bajo el pretexto de rodar a diario los programas de repostería para la televisión nacional, y había cedido quién lo iba a decir, el mando de Mantecadas Salazar a Ros, que, para sorpresa de Flora y con6rmando lo que Amaia había pensado siempre, se había revelado como una magnífica gerente, aunque un poco abrumada al principio. Amaia le había ofrecido su ayuda y casi todos los fines de semana en los últimos meses los habían pasado en Elizondo, aunque hacía tiempo que se había dado cuenta de que Ros ya no necesitaba su apoyo. Sin embargo, seguía yendo allí, a comer con ellas, a dormir en casa de la tía, a casa. Desde el momento en que su pequeña comenzó a crecer dentro de su vientre, desde que se había atrevido a ponerle nombre al miedo y a compartirlo con James, y seguramente también debido al contenido del DVD que guardaba junto a su arma en la caja fuerte de su dormitorio, lo supo, supo que tenía una certeza, una sensación de hogar, de raíz, de tierra, que había creído perdida durante años y para siempre. Al entrar en la calle Mayor comenzó a llover de nuevo. Abrió su paraguas y caminó sorteando a la gente de compras y a algunos peatones presurosos y desprotegidos que caminaban medio encorvados bajo los aleros de los edificios y las marquesinas de los comercios. Se detuvo ante el colorido escaparate de una tienda de ropa para niños y observó los vestiditos rosas bordados con minúsculas.orecillas, y pensó que quizá Clarice tenía razón y debería comprarle algo así a su pequeña. Suspiró, malhumorada de pronto, mientras pensaba en la habitación que Clarice le había montado para la niña. Sus suegros habían venido para el nacimiento de la pequeña, y aunque llevaban sólo diez días en Pamplona, ella ya había conseguido copar las peores previsiones de suegra entrometida que podían esperarse. Desde el primer día había puesto de manifiesto su extrañeza de que no tuvieran montado un dormitorio para el bebé habiendo varios cuartos vacíos en la casa.
Amaia había recuperado una cuna antigua de madera noble que durante años había estado en el salón de tía Engrasi, utilizada como leñera. James la había lijado hasta sacar la veta de debajo de la capa de barniz viejo, la había barnizado de nuevo y las amigas de Engrasi le habían cosido unos primorosos faldones y un cobertor blanco que realzaba el valor y la solera de la cunita. Su dormitorio era grande, tenían espacio de sobra, y la idea de tener a la niña en otra habitación no le terminaba de convencer, por muchas ventajas que le asignasen los expertos. No, no le gustaba, al menos de momento. Los primeros me- ses, mientras le diera el pecho, tenerla cerca facilitaría las tomas nocturnas y contribuiría a su tranquilidad el estar segura de que la podría oír si lloraba o si le pasaba algo...
Clarice había puesto el grito en el cielo. «La niña debe tener su propia habitación, con todas sus cosas cerca. Créeme, ambas descansaréis mejor. Si la tienes al lado estarás toda la noche pendiente de cada suspiro, de cada movimiento. Ella tiene que tener su espacio y vosotros el vuestro. Además, no creo que sea muy saludable para la niña compartir dormitorio con dos adultos, luego los niños se acostumbran y no hay manera de llevarlos a su habitación.»
Ella también había leído los libros de una caterva de prestigiosos pediatras decididos a adoctrinar a toda una nueva generación de infantes educados en el sufrimiento, a los que no había que coger demasiado en brazos, que tenían que dormir solos desde que nacían y a los que no había que consolar en sus ataques de frustración porque debían aprender a ser independientes y a administrar sus fracasos y miedos. A Amaia le revolvía el estómago tanta necedad. Suponía que si alguno de esos ilustres doctores se hubiera visto obligado como ella a «administrar» su miedo desde la infancia, quizá su visión del mundo sería algo diferente. Si su hija quería dormir con ellos hasta los tres años, le parecía perfecto: quería consolarla, escucharla, dar y restar importancia a sus pequeños temores, que como ella bien sabía podían ser enormes también en un niño pequeño. Pero era evidente que Clarice tenía sus propias ideas de cómo debían hacerse las cosas y estaba dispuesta a compartirlas con el mundo.
