Nadine Gordimer. Foto: Juan Sardá

Sudáfrica ha sido siempre mucho más que un país para Nadine Gordimer (Gauteng, 1923). Ha sido una pasión, una lucha, una profunda decepción y un motivo de esperanza que puede simbolizar a la humanidad entera. Premio Nobel de literatura en 1991, Gordimer fue una incansable luchadora contra el 'apartheid', tiempos que ha descrito muchas veces en su obra, y su nueva novela, 'Mejor hoy que mañana' (Acantilado) puede entenderse como la última llamada de atención de una escritora que a sus casi 90 años siente que la pelea aún no ha terminado y que queda mucho por hacer.

La historia de un matrimonio mixto, él blanco, ella negra, que se traslada a vivir a un barrio burgués de Johannesburgo sirve a la escritora para tejer una apasionada denuncia de la brecha que la pobreza, muchas veces asociada al color de la piel, ha impuesto en una nación cuyas casas aún están protegidas por vallas y patrullas privadas.



Nadine Gordimer recibe a El Cultural en su casa de Parktown West, a pocos kilómetros del centro de Johannesburgo. Es una mujer huesuda, muy bella, con una cierta gravitas. Mira intensamente a los ojos de su interlocutor pero no parece que para descubrir sus debilidades sino con el fin de adivinar qué es lo mejor que le puede ofrecer. Se mueve de forma grácil y elegante, sonríe muchísimo y sostiene que una copa de vino hace la vida mucho más sencilla y divertida.



-En su obra parece detectarse la voluntad de ejercer como notaria de su tiempo.

-Sí, pero no es periodismo. El periodismo explica las condiciones generales. Pero ¿qué pasa con los personajes? ¿Qué pasa con su vida personal, con sus relaciones sexuales, con sus ambiciones y esperanzas? Yo he vivido épocas muy difíciles y hablo de ello desde la primera persona y desde multitud de voces. Muchas veces lo hago desde el punto de vista de un hombre.



-En Mejor hoy que mañana volvemos a ver una voluntad por ser lo más concreta posible; esta Sudáfrica es muy distinta de la de Un invitado de honor (1970) o El conservador (1974).

-La pretensión de ser universal es completamente falsa. Las cosas se convierten en universales por defecto. Intentamos meter a la gente en la caja de su vecindario, de sus amigos, de su apariencia, y no salen de allí. Graham Greene siempre decía que por supuesto todos sus personajes estaban basados en éste o aquél. Pero lo importante es que no lo eran. Al final, siempre conocemos una parte de esa persona, en el trabajo, en la familia, como nuestro hermano. Muchas veces los personajes surgen de la fascinación por alguien con quien te cruzas en el autobús y sobre el que no sabes nada. A partir de ahí comienzas a crear. Imaginas otra vida para ellos. No tienes acceso a la intimidad real de nadie, no importa cuán profundamente creas conocerla.



-¿Es esa capacidad para llegar hasta lo más hondo de otros seres humanos lo más maravilloso de la literatura?

-Todo surge de la creación del personaje. Los escritores somos excepcionalmente observadores, en eso somos un poco como los niños. Nosotros no nos fijamos sólo en lo que se está diciendo, también observamos el lenguaje corporal. Y todo eso lo utilizamos para crear a personajes que respiran vida. Toda escritura es un viaje de descubrimiento. Estamos investigando en las vidas de distintas personas, en distintas circunstancias y edades. Es un viaje al misterio de lo humano. Es lo que encuentras en los grandes autores, los que me han iluminado, de Tolstoi a Shakespeare o Proust.



-Mejor hoy que mañana es una sinfonía de varias voces, trata de ver la realidad desde todos los puntos de vista.

-Esta es mi teoría: si vas a ser un cantante de ópera, más te vale llegar a determinados tonos porque si no, no vas a poder cumplir con la escala. Los escritores tenemos que tener esa facilidad para meternos en la piel de otras personas que no tienen nada que ver contigo. Si no sabes penetrar en la intimidad de tus personajes, no eres un escritor. Ahí está Joyce describiendo en primera persona lo que siente una mujer cuando le va a venir la regla. ¿Cómo lo sabe?



La casa de Gordimer en las afueras de Johannesburgo está en un barrio con las típicas construcciones sudafricanas y con jardín más elegante pero no muy distinto que el que describe en Mejor hoy que mañana. Es la misma casa en la que fue agredida y robada hace poco más de un lustro, una experiencia en la que asegura no haber pasado "ningún miedo". No tiene móvil y sigue utilizando la misma máquina de escribir de sus inicios. Su nueva novela surge de su frustración con un país que logró finiquitar el apartheid pero que sigue estableciendo puentes insalvables entre unas clases y otras: "Siempre me he definido como una realista optimista. Los que luchamos sabemos que unidos pudimos hacer cosas buenas. Cuando terminó el apartheid lo celebramos todos: negros, blancos, ricos y pobres. Pero después de la fiesta viene la resaca: estamos en esa mañana de después. Debes recordar a tus compatriotas que llevamos apenas veinte años de libertad, y nos queda mucho por delante. No tenemos excusa para no crear una vida decente para todos. Pero si a pesar de la enorme y larga lucha que empezó en 1652, cuando llegó el primer barco holandés, lo conseguimos, seguro que podemos hacer cosas buenas, hacer buena nuestra libertad". El título en inglés, No Time Like Tomorrow, parece expresar con más claridad esa idea: el error de creer que lo mejor siempre vendrá por inercia, la obligación de luchar y la esperanza como condición insalvable del ser humano.



"Nunca escribí propaganda"

-¿Hasta qué punto la encrucijada sudafricana ha sido un material extraordinario?

-Por una parte, todas las situaciones de conflicto producen buenos escritores. Ofrecen una base excelente. Pero si eres un buen escritor, si sabes encontrar humor, drama y tragedia en tu literatura, también puedes escribir una buena historia sobre un canario en su jaula.



-¿Siente la responsabilidad de luchar con más firmeza por contar con el talento para escribir?

-No, en absoluto. Esa responsabilidad la he sentido como ser humano. Camus dijo que en el momento en que sólo era un escritor, entonces dejaba de serlo. Esa frase siempre la he tenido muy presente porque no puedes esconderte detrás de tu profesión, y tenemos la misma obligación de ser responsables.



-Usted fue algo más allá de la responsabilidad. Arriesgó su vida significándose de forma clara con su amistad con Mandela.

-Mucha gente no sólo arriesgó su vida sino que la perdió. Era obligado luchar contra ello, nunca lo vi de otra manera.



-¿Concibe su escritura como una forma de lucha?

-Mis libros siempre estuvieron al margen de esa lucha porque nunca quise escribir propaganda. Me impuse que en mi escritura no hubiera activismo. Nunca mostré a los luchadores contra el apartheid como ángeles ni a los colonizadores como demonios. Mi escritura nunca fue un grito contra el sistema racista. Eso lo hice con mis acciones.



-¿Cree que el racismo es inherente al ser humano?

-En absoluto. El racismo surge de la competencia. Pongamos por caso que usted y yo coincidimos en la escuela. Yo soy negra y usted blanco. En el momento en que yo saque mejores notas es muy común llevar ese nivel de competencia hacia términos absolutos basados en la raza. No se trata de que todos seamos iguales. Hay gente más inteligente y más guapa y menos afortunada. La vida es así. Lo que no hay es diferencia por las razas. Partimos de la misma base.



Puede parecer cortante algunas veces, pero no es más que una aversión natural a entretenerse con tonterías. Como su prosa, clara y seca, poco o nada dada a las florituras, a Gordimer no le gusta perder el tiempo ni hacer comentarios superficiales sobre las cosas y se pone nerviosa cuando los detecta. Durante décadas, su universo literario se encontraba en los callejones de Soweto, donde se fraguaba la lucha contra el apartheid, y en las enormes granjas sudafricanas en las que los blancos se comportaban como señores feudales y los negros como esclavos. Para una escritora que reivindica el presente como material literario por excelencia, es absolutamente coherente que esos nuevos guetos de clase media, mucha de ella negra, sean el lugar simbólico en el que situar su más reciente producción.



"Pero ¿qué les pasa a los negros?"

"Todo el mundo se pregunta qué les pasa a los blancos en Sudáfrica, cómo han llevado la transición. ¿Pero qué les pasa a los negros? ¿Creen que el cambio es fácil porque en teoría son los beneficiados? Muchos negros tienen su propia casa por primera vez, son jefes y mandan a blancos, los adolescentes escuchan la misma música y se reúnen en los mismos sitios". Y todo ello, parece decir Gordimer con su novela, ha llevado a un nuevo cisma, la clase.



-En la novela describe a esos negros que han logrado posiciones acomodadas y los nuevos retos que eso ha conllevado.

-Ahora vemos a una nueva burguesía negra. Hay muchos negros inteligentes que están tomando una parte activa en la vida pública. Por desgracia, también ves a gente que fueron héroes durante la guerra, que pasaron años en la cárcel, que sufrieron todo tipo de infortunios, y que ahora en sus posiciones de poder sienten que tienen que compensar su sufrimiento y justifican la corrupción. Es terrible.



-¿Es una escritora africana?

-No creo que haya escrito nada como una escritora africana o una escritora mujer. Hay buenos y malos escritores. No escribimos sobre géneros. Es el trabajo el que cuenta, el que habla por sí solo. Lo que sí creo que me he ganado es el derecho a sentirme humildemente como una persona africana a pesar del color de mi piel. Y me lo he ganado porque he formado parte de la lucha contra la dominación que estaba ejerciendo mi propia gente. ¿Cómo voy a ser una europea? Nací aquí y he pasado mi vida aquí. Y sobre todo, he luchado por lo que creía justo tomando a veces grandes riesgos.



-¿Existe ya una identidad africana más allá del color?

-Existe porque nació de una lucha entre personas muy distintas por la liberación. No sólo hubo negros, que fueron los más lógicamente, allí también hubo afrikaners, judíos, ingleses, los indios fueron cruciales con la influencia, además, de Gandhi, que estuvo seis años en Sudáfrica. El nacimiento del nacionalismo africano es el fruto de una extraordinaria mezcla.



Un reaccionario llamado Coetzee

-Esa "africanidad" está muy presente con su constante atención a la naturaleza, al paisaje.

-Separar al hombre de la naturaleza como si no tuvieran nada que ver es un grave error. La naturaleza está en nuestro ADN. Por eso a la gente le gusta ir al campo o hacer acampada, porque necesitamos reconectar con esta forma antigua de vida. Por supuesto, si te ataca una manada de leones no lo encontrarás muy bonito, por eso debemos preservarnos del mal que puede producirnos, pero no podemos renunciar a ello.



La mención de su compañero de Nobel J.M. Coetzee, ese hombre que no se habla con nadie y arrastra su fama de borde por los cinco continentes, le hace fruncir el ceño. "Coetzee ha escrito algunos libros excelentes, sobre todo los primeros, pero no me gustó nada Desgracia. Creo que es un libro muy reaccionario. Y lamento que no sólo se haya marchado de Sudáfrica sino que haya adquirido la nacionalidad australiana. Es muy triste cuando aquí ha habido tantos escritores que no han tenido más remedio que marcharse".



-¿Cómo se enfrenta a la vejez?

-Sigo trabajando pero no hablo de lo que estoy haciendo. Creo que la gente que lo hace comete una gran equivocación.



-Más allá de eso, ¿cómo afronta el paso de los años?

-Es inevitable y tienes que aprender a llevarlo bien. La salud es peor y te cansas antes. Pero maduras en tu trabajo y en tus relaciones personales. Tienes que seguir con tu propio camino. Sigo siendo la misma persona pero gracias a Dios he cambiado. Ahora entiendo mejor las cosas. Cometí muchos errores de los que me arrepentí y luego supe perdonarme; he tenido grandes alegrías y placeres, una relación maravillosa con mi segundo marido, he sido muy afortunada y muy feliz. Y he tenido la suerte de ganarme la vida haciendo lo único que creo que sé hacer.