Antonio Muñoz Molina este miércoles durante la rueda de prensa que ha ofrecido en Oviedo, donde el viernes recoge el Príncipe de Asturias de la Letras. Foto: El Mundo

Los días de Oviedo son un frenesí de citas para los premiados con el Príncipe de Asturias. Antonio Muñoz Molina acaba de llegar a su habitación en el Hotel Reconquista tras acudir a su primer acto en la ciudad y, mientras se produce esta entrevista, recibe una llamada desde la recepción. "Enseguida bajo", contesta a su interlocutor. Después, musita: "Me llevan ahora a otro sitio". A los premios y a la nube que los rodea hay que saber situarlos en su lugar, comenta al hilo el escritor (Úbeda, 1956), galardonado con el de las Letras. Es la primera vez en 15 años que se lo conceden a un español. "Uno tiene que ser consciente de los premios, ponerlos en perspectiva, te los pueden dar o no, y eso no significa que seas mejor ni peor", sostiene. Relativizados los honores, no puede dejar de celebrar, por otra parte, la felicidad que este galardón haya podido producirle a quienes le tienen aprecio, una alegría reflejada en la que sí se reconoce.



Y, sin embargo, el premio para un escritor es otro. Dice hablar Muñoz Molina con total honestidad cuando cita a Graham Greene, que decía que el verdadero premio era escribir algo un poco mejor que lo anterior. En los mismos días en los que se daba a conocer el fallo del jurado de los Príncipe, sólo que 30 años antes, el escritor corregía las galeradas de su primera novela, Beatus Ille. ¿Está satisfecho con el camino que ha recorrido desde entonces? ¿Ha cumplido ese deseo de lograr una obra mejor cada vez?



- No sé si voy ganando, no me corresponde a mí juzgarlo. Uno escribe muy a tanteo, de una manera insegura, y piensa en asuntos más inmediatos. Sin inseguridad no se puede escribir honradamente y esto no es pose. El de escritor es un trabajo muy incierto, no tienes formas de saber si lo que haces es bueno o no. Lo que intentas es hacerlo lo mejor que puedes, poner los cinco sentidos. Yo me marco objetivos, claro, trato de ser lo más preciso posible, no ser autoindulgente... pero no sé".



Con esa misma inseguridad que se le exige al buen narrador, Muñoz Molina ha elaborado su discurso del viernes en la entrega de los Premios. Es "telegráfico", serán sólo diez minutos hablando, cosa que agradece. Tres folios en los que disertará, adelanta, sobre literatura. "Hay que hablar más de libros y menos del Tribunal de Estrasburgo", lanza en un momento de la conversación, cansado acaso de las preguntas de los periodistas, que le piden titulares agarrados al presente inmediato. A su juicio, el del discurso es el género más complicado de todos: "Tienes que ser formal y a la vez no resultar pomposo, ser tú mismo y también decir algo que tenga sentido de una manera no retórica ni grandilocuente. Y habrá que hacer una reivindicación del oficio de escribir".



En plena destrucción de Todo lo que era sólido, no puede olvidar Muñoz Molina el hecho de pertenecer a una generación afortunada: "Somos la primera generación de narradores que hemos escrito en plena libertad. Eso es muy fácil olvidarlo porque en España hay unos impulsos muy autodestructivos en el ámbito de lo público. En estos años de democracia, de los que ahora se dice que no han valido para nada, nosotros escribimos lo que nos dio la gana, nos movimos por el mundo tranquilamente y tuvimos un eco fuera de nuestro país que no tenían antes los escritores españoles. Nunca ha habido tantos autores de aquí presentes en la cultura europea y en la internacional. Esto antes era muy raro, es un azar histórico que nos ha pasado a nosotros por primera vez. Además, nos hemos beneficiado también de una generación de lectores sin precedentes".



Por otra parte, como viene denunciando desde hace mucho, lamenta el desprecio que hoy viven la cultura y el conocimiento, un mal que se ha acentuado en los últimos tiempos: "Eso sí que es una desgracia que perjudica mucho a nuestro país, ese encono en ciertos medios políticos de manipulación y control ideológico, un encono destructivo. Es muy triste cuando lo comparas con la posición del conocimiento en otras sociedades". En este contexto de menoscabo a la cultura, ¿qué papel puede jugar la literatura? Para el autor de Ventanas de Manhattan, la ficción tiene la habilidad de crear modelos narrativos para comprender: "Dado que el mundo es de una complejidad pavorosa, una buena historia de ficción lo simplifica y lo hace inteligible. La ficción ayuda a largo plazo a poner las cosas en su sitio. Al final, lo que sabemos de las sociedades lo sabemos a través de ella a lo largo del tiempo", reflexiona. ¿Y él? ¿Piensa en su lector futuro? ¿En un lector que se acerque a La noche de los tiempos para conocer la España del 36, en otro que recurra a El jinete polaco para conocer la Sierra Mágina o a Sefarad para descubrir la expulsión de los sefardíes de España?



- Sobre el porvenir no se sabe nada. Uno no piensa realmente en la posteridad cuando escribe, te interesan cosas más inmediatas. Quieres tener lectores y parece que te satisface más cuando te lee alguien de fuera porque tiene menos cosas en común contigo. Si le llega a gente de otros lugares, entonces parece que hay en tu obra algo más allá de lo inmediato.



Antes de finalizar la conversación -le siguen esperando abajo- se le pregunta por el libro al que más le debe para que este 25 de octubre de 2013 en la Universidad de Oviedo se levante de su asiento para recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Hay dos y un relato. Así los recuerda:



- Cada uno juzgará cuáles fueron mejores, pero El robinson urbano, libro que me pagué yo, fue el que me sirvió para que unos editores se fijaran en mi trabajo. Luego El invierno en Lisboa me dio a conocer a muchos lectores y a dar un salto vital que nunca pensé que daría y que consistió en dejar de trabajar en una oficina. Y hay un trabajo que me produce mucha satisfacción, un cuento que publiqué en una reedición de mis cuentos El miedo de los niños. Es el último de ese libro. Ese relato resume cosas fundamentales de mi vida.