Cildo Meireles: El murmullo del mar, 1991/1997 (Palacio de Velázquez).
Adictos a la comodidad, intolerantes con el aburrimiento y sintiéndonos con derecho a recorrer todo el planeta, ¿hemos acabado con la aventura?
La expresión del ascetismo
En otras palabras, estaba haciendo turismo, por usar la famosa distinción que hacía Paul Bowles, más que viajando; buscando el disfrute más que la experiencia. No había logrado cumplir la máxima de Camus de que el viaje debería ser la máxima expresión del ascetismo. "No hay placer en el hecho de viajar", escribía en sus cuadernos. "Lo veo más como una ocasión para las pruebas espirituales. Si entendemos por cultura el ejercicio de nuestro sentido más íntimo -el de la eternidad -, entonces viajamos por cultura". Uno imagina que está empleando aquí la distinción bowlesiana, refiriéndose a Viajar con V mayúscula; alcanzar una comunión con lo universal y, en última instancia, con el "sentido más íntimo" y profundo, de uno mismo. Camus prosigue diciendo: "El placer nos aleja de nosotros mismos de igual modo que la distracción, en el sentido en que Pascal usaba la palabra, nos aleja de Dios. Viajar, que es como una ciencia más grande y más seria, nos devuelve a nosotros mismos".Adictos, como somos, a la comodidad, absolutamente intolerantes con el aburrimiento y sintiéndonos con derecho a recorrer todo el planeta, prácticamente hemos acabado con el aventurero-biógrafo. Esa especie, al menos en el mundo anglosajón, floreció con organizaciones como la Real Sociedad Geográfica y el apetito por la taxonomía a finales del XIX, y alcanzó su apogeo con las andanzas disolutas de la llamada clase ociosa. Más que tratar a esas criaturas como reliquias, ¿podríamos aprender algo de sus métodos, quedarnos con una página de sus cuadernos, adoptar un poco ese enfoque victoriano romántico en un intento de regresar a nosotros mismos?
Fue con este espíritu como volví a sus libros y engullí las memorias de la década de 1930 de Henri de Monfreid, de cuando traficaba con hachís y armas por la costa de Somalia; la descripción de Freya Stark de la caminata hasta el antiguo castillo de los ismailíes nizaríes; los ensayos sobre viajes de Bowles en Cabezas verdes, manos azules; las historias de Richard Burton sobre la exploración de India, África y Arabia; los documentales sobre los viajes por Patagonia, África y Australia de Bruce Chatwin; y los audaces relatos de Ryszard Kapuscinski sobre los estados desgarrados por la guerra en todo el mundo. Leí y releí a estos escritores en círculos excéntricos, a veces dejándolos de lado al cabo de poco tiempo (Chatwin me resultaba tan familiar que no podía soportar la relectura de gran parte de su obra), y en algunos casos volviendo en busca de la colección completa. Aunque no necesitaba una confirmación de que Sir Richard Burton, además de ser el abanderado de los exploradores victorianos, era un escritor apasionante, fue divertido comprobarlo de todas formas.
Tras las fuentes del Nilo
A lo largo de su vida, Burton tradujo el Kamasutra y Las mil y una noches, viajó por toda India, se coló en la Meca disfrazado, buscó las fuentes del Nilo, viajó a Harar y escribió varios libros espectaculares. Siendo testigos de su compromiso y erudición comprendemos por qué. "De modo que, al cabo del primer año", escribe en Falconry in the Valley of the Indus [Cetrería en el valle del Indo], "cuando tenía dominado el persa, el suficiente árabe para leer, escribir y conversar con fluidez y conocimientos superficiales de ese dialecto de Punjaubee que se habla en las zonas más salvajes de la provincia, empecé el estudio sistemático del pueblo escindio, sus costumbres y su lengua". Burton, gran estudioso de la humanidad, y actor brillante por necesidad -era capaz de vivir de incógnito en territorio hostil durante meses-, da testimonio de su convicción de que, probando otras identidades, podía encontrar a otro, o al menos más de sí mismo.El Tao de los viajes
En Stark, encontramos el Tao de los viajes. "Nunca había pensado en las razones por la que había venido", escribe. "En cuanto a lo que iba a hacer, no veía motivos para preocuparme por algo tan nebuloso de antemano". Pero hacia el final del viaje, cuando sus acompañantes locales la consideran una especie de peregrina, la mueve la obstinación de un Shackleton o un Hillary. "Este es un gran momento", escribe, al divisar el lejano castillo que llevaba meses buscando, "cuando vemos, aunque sea a distancia, la meta de nuestras andanzas. Algo que ha estado viviendo en nuestra imaginación se convierte de repente en una parte del mundo tangible. No importa cuántas cordilleras, ríos o caminos resecos y polvorientos pueda haber entre vosotros: es vuestro para siempre".Por toda India, China, Japón, Australia y la mayor parte de África, el corresponsal de guerra polaco Ryszard Kapuscinski llevó consigo una copia de la Historia de Heródoto y, tras conocer su apasionante obra, resulta revelador leer las memorias en las que resume todo ese recorrido con el maestro en el bolsillo. En Viajes con Heródoto, Kapuscinski se pregunta justificadamente por qué oscura razón su héroe griego se pasó la vida entera catalogando lo que por entonces era la suma total de los datos antropológicos sobre la humanidad. "¿Tal vez lo hizo todo por iniciativa propia, poseído por su pasión por el conocimiento, movido por una compulsión impaciente y sin objetivo concreto?", se cuestiona. "¿Quizás tenía una mente inquisitiva por naturaleza, una mente que continuamente le planteaba mil preguntas sin darle tregua, manteniéndole despierto por las noches?". Está claro que Kapuscinski también está aquejado de esta "manía privada", y a uno mismo le resulta difícil no caer presa de ella.
Algunas de las mejores obras que se escriben ahora son los grandes reportajes sobre conflictos que podrían considerarse descendientes lejanos de la obra de Kapuscinski -acuden a la mente Seek de Denis Johnson y La guerra eterna de Dexter Filkins-, pero estos proyectos más recientes tienden a ser más políticos que personales. Los exploradores del siglo pasado se han visto sustituidos por los glotones de hoy, que la mitad de las veces escriben sobre las bolas de masa de Hong Kong o las trufas de la Provenza (por lo que hacen turismo, no viajes).
