Salvador Espriu

El 10 de julio Salvador Espriu hubiera cumplido cien años. Poeta esencial de la lengua catalana, ahora se revindica también su prosa, defendida en estas páginas por Pere Gimferrer, mientras que Miquel de Palol destaca cómo supo funsionar innovación y tradición y también su magisterio como hombre de la cultura.

Lejos ya del olvido, Salvador Espriu fue un gran innovador y un verdadero renovador siempre atento a las grandes tradiciones literarias. Hablaba con gran admiración de Verdaguer y de Ausias March tanto como de Goethe y de Gracián; de Maquiavelo y de Wittgenstein, de Catulo y de Homero. No sólo le deslumbraban, sino que encontró en ellos una manera muy efectiva de fusionar innovación y tradición. Durante los años 50, 60 y 70, Espriu tuvo una destacadísima presencia cultural y social; en los 80 y 90, en cambio, quizá por el desgaste intelectual que inevitablemente sufren casi todos los consagrados, su figura padeció un cierto cuestionamiento que llegó casi a nuestros días. Afortunadamente hoy esa etapa de ostracismo está superada y, a pesar de algunas voces disonantes, es un clásico indiscutido, aunque su legado literario, hijo de una obra muy relacionada con el llamado realismo social, acabe siendo más difícil de rastrear que el de otros poetas catalanes, como Carner o Vinyoli.



Ahora hay quien discute si era mejor prosista que poeta, pero pienso que Espriu es un escritor total. Resulta imposible desligar su obra o valorar una parte de su producción por encima de las otras; en su misma poesía conviven una vertiente lírica y otra más satírica, más circunstancial, más próxima quizá a su prosa. Tampoco hay que olvidar su teatro, en el que también coexisten distintas tendencias formales y de contenido, de lo que era su riquísimo mundo. Un mundo que aún ahora resulta casi desconocido.



Quienes tuvimos la suerte de tratarle lo sabemos bien: no era, pese a la leyenda, un hombre adusto e insociable, antes bien, y como confirma también una biografía muy reciente, Espriu transparent (Espriu transparente), de Agustí Pons, resultaba un hombre mucho más vitalista de lo que su imagen pública daba a entender: era sarcástico, incluso bromista en el ámbito privado. Y era, sobre todo, un hombre muy acogedor, muy generoso de su tiempo, que compartía con poetas, intelectuales o políticos.



Le conocí a mediados de los 70, cuando yo tenía, no sé, 21 o 22 años le fui a ver, y mantuvimos una relación de amistad, si eso es posible, entre un escritor hecho y derecho de 60 años y otro que está empezando y que tiene todo por delante y todo por aprender. Yo lo hice de él, como narrador, como poeta, pero sobre todo como hombre de la cultura, porque no era sólo un gran escritor, era un verdadero maestro en la literatura y en la vida.

El poeta, el prosista

Pere Gimferrer

A mi entender Salvador Espriu era un poeta importante, pero era sobre todo un extraordinario prosista. Creo que su gran libro de poesía es Setmana Santa (1971) y su obra en prosa, desgraciadamente desarrollada de modo intermitente y guadianesca, tiene varios títulos extraordinarios: Letizia (1937), la inacabada Les ombres (2002), y la casi testamentaria Les roques i el mar, el blau (1981). En catalán la antología Narracions (1974), supervisada por el propio Espriu, contiene gran parte de sus mejores prosas. Si hubiera desarrollado su prosa con más continuidad en nada habría sido inferior su reputación como prosista en catalán a la de Josep Pla, Mercè Rodoreda o Villalonga.