Hugo Pratt, creador de Corto Maltés.



El historiador Dominique Petitfaux tendió su emboscada a Hugo Pratt en una librería de París. Le entró con rubor pero decidido. Y le planteó su idea: quería elaborar una cronología vital de Corto Maltés y para ello era fundamental contar con el asesoramiento de su creador. Petitfaux le indicó que, según sus deducciones, el pirata debía haber nacido en 1887. A Pratt, padre de la criatura, le cayó simpático de entrada, al ver la erudición que acumulaba sobre su popular personaje. Decidió invitarle a comer. Ahí empezaron una serie de conversaciones que se prolongaron a lo largo de cuatro años, de 1987 a 1991. La mayor parte tuvieron lugar en Grandvaux, en la casa de Pratt, que era donde el dibujante se sentía más cómodo. El clima de confianza (a la larga cuajó en amistad) que se gestó entre ambos resultó fructífero en confidencias. Años después Petitfaux transcribió todo aquel maremágnum de palabras en dos volúmenes, Deseo de ser inútil y A la sombra de Corto Maltés.



La editorial Confluencias los ha publicado ahora en español. El primero, más memorialístico, a finales del año pasado. Y el segundo, más centrado en la propia obra, hace apenas unos días. Juntos son un festín para los seguidores del apuesto mercenario, un icono del cómic europeo, que vio por primera vez la luz en la revista Sargento Kirk, en 1967. Corto Maltés representa como nadie el ideal aventurero, la conciencia libre y los principios sólidos (pocos pero rocosos). Unas señas de identidad que calaron pronto en un público sediento de experiencias más allá de sus vidas ancladas en grises rutinas.



Los cómics de Corto Maltés fueron para ellos un banderín de enganche hacia la Manchuria de la rebelión de los bóxers, la Irlanda agitada por el independentismo republicano del IRA, la Turquía que quería volver a ser grande bajo el mando de Ataturk... Porque las andanzas de Corto Maltés, hijo de un marino de Cornualles y una gitana sevillana, siempre estaban incrustadas en un escenario donde la Historia andaba tejiendo sus renglones. "Era una de las grandes habilidades de Hugo Pratt, hasta el punto de difuminar las fronteras entre los personajes reales y los ficticios. El lector puede tomar por ficticio a un personaje que realmente ha existido, y a la inversa", explica Carlos Pranger, editor de Confluencias.





La pregunta viene al hilo: ¿Y podríamos sustituir a Hugo Pratt por Corto Maltés? "A lo largo de su conversación con Petitfaux lo insinúa varias veces, pero nunca termina de asegurarlo. Está claro que muchos de sus viajes y de sus experiencias las vuelca en sus historias". Y también las mujeres. Algunas de las muchas con las que compartió su singladura vital aparecen más o menos disimuladas en las andanzas de Corto. "Fue un romántico y un vividor. Llegó a tener un hijo con una indígena del Amazonas. En total, conocidos, tuvo siete, pero confiesa que nunca pudo centrarse demasiado en una vida familiar al uso", comenta Pranger. En un pasaje de sus recuerdos Pratt cuenta: "Tenía 13 años cuando tuve mis primeras relaciones amorosas, cuando empecé a gastar dinero en mujeres".



Pratt puede asociarse a la figura del trilero. En los cubiletes que manejaba encubría los hitos más relevantes de su biografía. Por eso estos dos libros tienen tanta importancia. Aunque no deja de jugar con la bolita, el dibujante, descendiente de judíos sefardíes expulsados de España, repasa sus andanzas en un tono de sinceridad deliberada. Si se quitaran los comentarios de Petitfaux, sus preguntas y sus demandas de mayor información, podríamos considerar que estamos ante una autobiografía, con el valor añadido de la profusión de ilustraciones y fotografías que incorpora (unas 200 en Deseo de ser inútil y 300 en A la sombra de Corto).



La obra de Pratt afrontó el desdén de la intelectualidad francesa durante muchos años. El cómic era visto como un producto infracultural. Además, Pratt siempre navegó por libre y la ortodoxia izquierdista no le perdonó que en alguna ocasión señalara que no todo en el régimen de Mussolini fue negativo. Decía, de hecho, que salvó a la juventud italiana del lastre de la moral catolicista. Hay que tener en cuenta que Pratt no solía hablar a la ligera. Aunque odiaba pasar por intelectual, en Suiza vivía en compañía de una biblioteca de 35.000 ejemplares. El término que reivindicaba para definir su espíritu siempre lo tuvo claro: "Soy un anarquista". Y un inútil, adjetivo que siempre reivindicó para sí, como reacción contra esos cejijuntos pensadores y literatos que le miraban por encima del hombro y se lo aplicaban creyendo que le herían: "Cuando pienso en aquellos que me acusaban de ser inútil..., he de decirles que, frente a ellos, no sólo tengo el placer de ser inútil, sino el deseo de ser inútil" .