Bernard Shaw



A George Bernard Shaw (Dublín, 1856 - Hertfordshire, 1950) lo describió su amigo y pertinaz contrincante G.K. Chesterton como "un hereje, es decir, un hombre cuya filosofía es sumamente sólida, sumamente coherente y sumamente infundada". Aquella filosofía sin fundamento que señalaba el genial creador del Padre Brown no era otra que el socialismo.



Y es que el dramaturgo irlandés, nobel de Literatura y oscar de Hollywood (por su guión de Pigmalión, 1938) fue un convencido socialista a la usanza inglesa, es decir, miembro de la muy popular e insoslayable Sociedad Fabiana fundada en Londres el 4 de enero de 1884 que plantaría la semilla del futuro partido laborista. Para dar cuenta de su credo, Shaw urdió en 1928, a los 72 años y tras 40 de militancia, uno de los más extensos pasquines de la historia del movimiento obrero, 500 poderosas páginas que tituló Manual de Socialismo y capitalismo para mujeres inteligentes, toda una eficacísima consultoría sobre la vieja aspiración común cuya versión española de RBA llega hoy a librerías.



"El mejor lugar para empezar a leer este Manual es el final", emplaza Margaret Walters en su introducción al texto y el obediente lector que acude a las últimas páginas se topa con una "Peroración" innegociable en la que clama: "la única manera que tiene usted de liberar sus virtudes naturales de la corrupción y la tiranía de la clase dirigente es garantizar que todos reciban la misma renta y que ninguno de ellos pueda aumentarla sin que aumente la de todos los demás exactamente en la misma cantidad". Pero cuidado, la grandilocuencia del tono no casa con la moderación de la práctica. Shaw, como buen fabiano, desconfiaba de las revoluciones y apostaba por una transformación social gradual y pacífica.



Brillan así en estas páginas la voluntad reformadora y civilizatoria, científica y evolucionista manifestada con escasa corrección política, según los actuales estándares: "Debemos negarnos a tolerar la pobreza como institución social no porque los pobres sean la sal de la tierra sino porque los pobres, en general, son malos". En el más repetido hit de la argumentación suena y resuena la mencionada igualdad de renta. Páginas inteligentes y mordaces en las que el Shaw al que sus obras teatrales habían convertido en hombre rico clama por la igualación por arriba.



Shaw también derrapa. Considera la eugenesia, una de la aciagas modas de la época, fantasea con el superhombre nietzschiano encarnado en una suerte de perturbador dictador europeo y afirma que el fascismo "se libra de la absurdidad de un partido de la oposición que obstruya sin sentido y que tiene como resultado un Parlamento en el que la mitad de los miembros intentar gobernar y la otra mitad impedirlo". Socialista y burgués acomodado, revolucionario y reformador, feminista y misógino, Shaw surfeó con estilo todas las contradicciones de su tiempo.



¿Y por qué "para mujeres inteligentes"? El origen del brillante ejercicio de propaganda que sedimentó en las páginas del Manual data de una petición que le hiciera a Shaw su cuñada. Lady Cholmondeley reclamó al dramaturgo militante "algunas de sus ideas sobre el socialismo" lo que le permitiría hacer acopio de combustible para la próxima conversación de su salón de té. Y Shaw, que, como el mencionado Chesterton, estaba dispuesto a escribir un libro a la menor oportunidad, respondió con este abigarrado y encantador arrebato propagandístico. Es cierto que, en las páginas finales, toma conciencia de su incontinencia y agrega: "Este libro es tan largo que dudo mucho de que haya alguna mujer que quiera leer algo más sobre socialismo y comunismo en mucho tiempo".



Adelantamos un extracto de Manual de Socialismo y capitalismo para mujeres inteligentes, que publica hoy RBA.

Peroración

A lo largo de este libro he pensado en el público, y en usted y yo como miembros de este público. Esta es nuestra obligación como ciudadano, pero si nos ponemos a pensar en los males públicos como miles de males es posible que nos volvamos locos. No es así. Lo que usted puede sufrir es lo máximo que se puede sufrir en la tierra. Si usted se muere de hambre, experimenta todo el hambre que ha habido o habrá jamás. Si otras diez mil mujeres se mueren de hambre con usted, el sufrimiento no aumenta en absoluto: su participación en el mismo destino no hace que usted tenga diez mil veces más hambre ni prolonga su sufrimiento diez mil veces. Así pues, no se sienta oprimida por "la temible suma de los sufrimientos humanos". No hay tal suma: dos mujeres delgadas no son delgadas dos veces ni dos mujeres gordas son el doble de gordas que una. La pobreza y el dolor no son acumulativos: no debe dejar que su espíritu se deprima por la idea de que es así. Si usted puede soportar el sufrimiento de una persona, puede fortificarse con la reflexión de que el sufrimiento de un millón no es peor: nadie tiene más de un estómago para llenar ni más de un cuerpo para tender en el potro de tortura. No deje que una solidaridad excesiva le incapacite el espíritu. El verdadero socialista no se revuelve contra el sufrimiento, que no es acumulativo, sino contra la pérdida que sí que lo es. Mil mujeres sanas, felices u honorables no son mil veces más sanas, felices u honorables que una, pero pueden colaborar para aumentar la salud, la felicidad y el honor posible para cada una de ellas. En el presente, nadie puede ser sano, feliz y honorable: nuestros estándares son tan bajos que cuando nos consideramos así a nosotros mismos sólo queremos decir que no estamos enfermos, ni llorando ni mintiendo o robando (legal o ilegalmente) más a menudo de lo que nos exige nuestra Constitución capitalista.



Tenemos que confesarlo: la humanidad capitalista en general es detestable. El odio de clase no es un simple problema de envidia por parte de los pobres y desprecio y temor por parte de los ricos. Tanto los ricos como los pobres son detestables de por sí. Por mi parte, detesto a los pobres y espero con ansiedad su exterminación. Los ricos me dan un poco de lástima, pero también me inclino por su exterminio. Las clases obreras, las clases de hombres de negocios, las clases profesionales, las clases acaudaladas, las clases dirigentes, son a cada cuál más odiosa: no tienen derecho a vivir. Me desesperaría si no supiera que un día morirán y que no hay necesidad de que sean reemplazadas por personas como ellas. No quiero que ningún niño sea educado como me educaron a mí y a todos los niños que conozco. ¿Usted sí?