La escritora neoyorquina Nicole Krauss. Foto: Reuters



A punto de participar en el Hay Festival de Segovia, Nicole Krauss (Nueva York, 1974) viene a hablar de su última novela, La gran casa, nominada en Estados Unidos al Premio Nacional de Literatura. Si sus anteriores novelas, Llega un hombre y dice y La historia de amor, consagraron a esta escritora, que empezó en el mundo de la poesía junto a Joseph Brodsky, como una de las voces más admiradas de la nueva narrativa norteamericana, con La gran casa, adquiere un grado de madurez sorprendente en una escritora de apenas 38 años. En su último libro, cuatro voces enigmáticas, que confiesan sus dudas, sus fracasos, sus debilidades al lector con un estilo azaroso, se acaban ensamblando a través de un inmenso escritorio de 19 cajones que va de una casa a otra, siguiendo un extraño destino de hilos conductores. Las memorias se entremezclan y así las cuatro narraciones se unen en esta fascinante novela cuya estructura recuerda, efectivamente, a la disposición de cajones del mueble o la de una gran casa.



Pregunta.- En su novela, cada narración representa la confesión de un personaje. Una revelación de un acto que ha transformado a la persona. ¿Cuál ha sido el suyo para haber llegado a ese grado de madurez tan joven?

Respuesta.- Por un lado, fue mi experiencia como madre. Entre la primera novela y esta, he tenido dos niños. Cuando algo tan importante te ocurre en la vida, uno cambia, su mirada hacia el mundo se transforma, y eso se refleja en La gran casa. Necesitaba haber vivido todas estas experiencias para escribirlo, capturar toda la sensibilidad, la vulnerabilidad que produce el convertirse en madre. Por otro lado, fue mi propia decisión de escribir algo diferente. En La historia de amor, Alma y Leo, desde el primer momento, te están pidiendo que los quieras, te conquistan, te hacen reír. Si eso no pasa, no hay que seguir con la novela. En La gran casa, en cambio, los personajes se replantean sus vidas, luchan consigo mismos, con sus lamentos, sus dudas, sus debilidades. ¿Qué les ha pasado para que hayan vivido de esa manera, retraídos, en silencio? Y eso es lo que he querido transmitir.



P.- Lo primero que llama la atención en La gran casa es la fragmentación de su construcción. En el tiempo y en el espacio, las cuatro narraciones se intercalan. ¿Cuál es el trabajo previo a la escritura en una novela tan compleja?

R.- ¡No escribí las historias y luego las mezclé como si fueran un coctel! Entiendo que lo parezca, pero no. Escribí el libro tal cual aparece, una página después de la otra. Durante los primeros meses antes de escribir la novela, me costó encontrar a los personajes, darles su personalidad, y escribí unas diez páginas con la voz de cada uno de ellos. Escribí el capítulo de Nadia y luego pasó casi un año hasta que retomé su historia. Los capítulos sobre los otros personajes ya estaban escritos. Para mí es como construir una casa, desde el suelo voy subiendo hasta el tejado. Todo tiene que encajar. Sabía que Nadia acabaría teniendo una conexión con Dov pero no sabía cómo. Hasta que de repente puse delante de su historia: "señoría", y entonces, todo su discurso cobró sentido.



P.- ¿Nunca sabe a dónde le va a conducir la novela, entonces?

R.- Jamás. Todo es un descubrimiento y estoy abierta a estos personajes y lo que me tengan que enseñar. Claro que vuelvo hacia atrás muchas veces, que tiro páginas y páginas que no me gustan, pero en general no sé a dónde voy cuando empiezo a escribir. El día que llevé la novela al editor -estaba desesperado por tenerla antes del final-, se la entregué sin tener aún el último capítulo, el de Weiss. Y le dije "te daré el final cuando lo acabe". Y me preguntó "¿Cómo va a terminar?" y le contesté "no lo sé, dame algunas ideas". Después de unas semanas, recordé su voz y escribí el último capítulo en pocos días. De hecho, es Weiss quien cuenta a Arthur la historia de la Gran casa, que da el título al libro, una de las piezas fundamentales de la novela. Y sentí que él debía tener la última palabra.



P.- ¿Cuál fue el detonante de la novela?

R.- Viene de un relato, Desde el escritorio, de Daniel Varsky, que escribí años antes y que llegué a publicar. Estuve pensando mucho en ese texto. Me preguntaba qué pasaría si le quitase el escritorio al personaje del relato, hasta que, de pronto, surgió la historia de la novela. Luego vinieron todos los lugares que he conocido y recupero de mi memoria; luego la escena de este hombre que, a pesar de estar casado durante cincuenta años con la misma mujer, sigue siendo un misterio para él. Lo mismo con los demás. Pensaba también en el estudio de Francis Bacon que no se tocó en treinta años. Era un pintor muy violento y estaba lleno de trabajos empezados, basuras, sandwiches empezados, botellas, todo lo que había acumulado durante esos años y, cuando murió, muchos artistas vinieron y recolocaron todo tal cual estaba pero en Dublín. También pensé en el estudio de Freud que su hija y su mujer acabaron reproduciendo en Londres tal y como lo dejó en Viena en 1938. Estas habitaciones que pueden seguir siendo las mismas a través de un trabajo de ensamblaje, y eso fue lo que me llevó al tema principal de esta novela. Quería una habitación así, para jugar con ella. Esto es lo que representa para mí el trabajo de escritura: reunir todos los fragmentos, los lugares remotos y ensamblarlos.



P.- Al leer La gran casa no he podido dejar de pensar que, en realidad, no hay ningún diálogo sino una larga confesión que el narrador se calla y tan sólo piensa.

R.- Cuando abres un libro, es como si te metieras en la mente de una persona. Uno siente lo que es ser esa persona en concreto. Cuando empecé La gran casa me interesaba la idea de la confesión. La novela se compone, en realidad, de cuatro confesiones. Me influyó mucho la película de Krzysztof Kievlowski, Three colors: red, la he visto cientos de veces. De ahí viene mi juez Dov que por primera vez se juzga a sí mismo en vez de hacerlo con los demás. Aunque en mi libro no sabes por qué se ha desmoronado, qué ha pasado. A veces pienso que acabaré escribiendo sobre él. Me inspiró la idea de escribir sobre estas personas que revelan algo a otra persona sobre sus propias vidas. Como si corrieran una cortina y se mostraran desnudos de toda apariencia. Existe, para todos ellos, redención al confesar.



P.- A medida que avanza la novela, el escritorio que une las cuatro narraciones que componen La gran casa pasa de un personaje a otro. Hasta convertirse en un verdadero monstruo, enorme, apabullante, capaz de destruir o alterar la vida de todos los personajes.

R.- Cuando publiqué el relato del escritorio y me preguntaron que de dónde surgía la idea, me puse a pensar, hasta que vi, delante de mí, mi enorme escritorio, tan grande que parecía caérseme encima, se come todo el cuarto, se apoya en toda la pared y además vino con la casa. Es monstruoso, pero no es tan fácil deshacerse de un mueble inmenso. Tendría que destruirlo completamente y soy incapaz de hacer esas cosas. Entendí que esta historia, que escribí cuando nació mi hijo, surgió de mi preocupación por lo que debía transmitirle. Me vi en el lugar de mis padres. Ellos me habían enseñado cómo sobrevivieron a la guerra pero yo pensaba, ¿puedo dejar de transmitir ese conocimiento o no tengo más remedio que dárselo a mis hijos? Todas esas preocupaciones, de alguna manera, se almacenaron en este escritorio, y entendí que si Daniel Varsky viaja al otro lado del océano, el escritorio también debía hacerlo. Y así a través de los diferentes personajes, el escritorio se vuelve algo diferente, su simbología cambia.



P.- ¿Por qué La gran casa en vez de El gran escritorio?

R.- Para mí la casa es la clave de todas las novelas que escribo. Escribir una obra es como construir una casa. Esta novela es la historia de las respuestas de unos personajes a terribles pérdidas. Mi primer libro cuenta cómo un personaje pierde la memoria y debe rehacerse un pasado. En el segundo, el protagonista consigue transformar su pasado gracias a su imaginación. Me fascinan esas personas capaces de construirse una nueva identidad gracias a sus deseos y su imaginación. Por otro lado, es la idea de una casa. Las novelas son como casas para mí. Y yo, como escritora, soy un arquitecto que construye casas desde dentro, pieza a pieza. Me gusta la idea de esta casa de la memoria que aparece en el discurso de Weiss, que se ha dispersado y de la que las personas guardan sólo un recuerdo. Si se consiguieran reunir todos esos recuerdos, se podría volver a construir esa Gran casa. Eso es escribir para mí. Recoger todos estos fragmentos y ensamblarlos juntos para crear esa casa, la casa de mis novelas. Si abro una puerta, me lleva a otra habitación y así sucesivamente. Ese va a ser, en algún momento, el título de una de mis novelas.