Inge Feltrinelli. Foto: Leonardo Cendamo



La primera dama de la edición europea visita Madrid para inaugurar la librería La Central de Callao, buque insignia de la cadena en la capital y un paso más en la implantación de la editorial italiana en España




Inge Feltrinelli nació en el seno de una familia judía y pobre en Gotinga, Alemania. Era 1931. Cuando cumplió 19 años recorrió en bicicleta los 284 kilómetros que separaban esta localidad de Hamburgo, la ciudad de las oportunidades en un país arrasado por la guerra. Quería ser fotógrafa y lo consiguió, de la mano del célebre editor Rowohlt, que le encargaba de vez en cuando algún reportaje. Gracias a ese respaldo, a la suerte y a su habilidad innata consiguió retratar, entre otros, a Simone de Beauvoir, Greta Garbo, Picasso y Ernest Hemingway.



Junto a este último se inmortalizó en una emblemática foto en la que aparecían ambos flanqueando un enorme pez espada pescado por el escritor. Dicen que Giangiacomo Feltrinelli se enamoró de ella al ver esa imagen, en la que refulgía con toda su gracia juvenil (el pelo alborotado, los hombros morenos, la boca inmensa...). Se conocieron y se casaron, en 1960. La muerte del editor italiano en 1972, mientras manipulaba una bomba al pie de una torre eléctrica (¿accidente u homicidio?, esa es la cuestión), la colocó de golpe al mando del sello. Hoy lo preside mientras que su hijo Carlo ostenta, como consejero delegado, el poder ejecutivo. Lo anterior es una mínima semblanza para justificar la afirmación de que, esta mañana calurosa en la librería La Central de Callao, nos hallamos ante la primera dama de la edición europea (¿por qué no decir mundial?).



Arropada por un séquito de directores de diversas áreas de la editorial, arquitectos, responsables de prensa, traductores..., pasa revista a la flamante librería a punto de abrir al público. Feltrinelli ya posee un 17% del accionariado de la sociedad propietaria de la cadena La Central. Y la intención es que ese porcentaje se vaya incrementando a medida que se vayan abriendo nuevas librerías en España e Hispanoamérica. Inge Feltrinelli ha venido hoy a Madrid para inaugurar el que será el buque insignia en la capital. "Es preciosa. Me encanta cómo ha quedado. Me sucede algo curioso en este edificio. Tengo la sensación de haber estado antes, hace años, me siento muy a gusto en él". Y así, muy a gusto, en mitad de un trajín de tres pares de narices que va dando forma al nuevo espacio, sentada en un sillón de la cafetería, recorre en compañía de elcultural.es la vida y milagros de su ajetreada existencia y la de la editorial, sin que, al final, quede muy clara la frontera entre la una y la otra.



Pregunta.- ¿Cuánto ha cambiado el oficio de editor desde la época en que se puso al frente de Feltrinelli hasta hoy?

Respuesta.- Yo que soy un dinosaurio en esto le puedo decir que ha cambiado por completo. Yo empecé a trabajar en la editorial en 1960 [fue el año en que contrajo matrimonio con Giangiacomo]. En esa época había grandes figuras en el sector. Estaba en Francia Gaston Gallimard, en España Carlos Barral, en Estados Unidos Alfred A. Knopf... Ahora no existen estas personalidades tan estelares en la edición. Bueno, queda Jorge Herralde. Él es lo más parecido a estos monstruos que queda en la actualidad. Pero ahora el trabajo se hace mucho más en equipo y las responsabilidades se reparten. Tampoco existía entonces apenas la figura del agente literario. Su implantación ha cambiado radicalmente la relación editor-autor. Esta cada vez es más distante. Hemos perdido el contacto.



P.- ¿La actividad de editor cuánto tiene de negocio y cuánto de función social?

R.- Yo hace muchos años que no me ocupo de los temas mercantiles de la editorial. Para eso está mi hijo. Feltrinelli ha sido y es una editorial atípica. Giangiacomo fue un visionario. Cuando empezó a editar libros se dio cuenta de que la distribución de libros era un desastre, y de que las librerías pequeñas eran espacios herméticos para la mayor parte de la población. Él quiso cambiar eso creando una red de librerías propias, grandes, siempre abiertas a la gente, en las que se desarrollase una intensa actividad cultural vinculada a la literatura. Y eso es lo que seguimos haciendo: abriendo librerías. Ya tenemos..., ¿¡cuántas tenemos abiertas!? Decidme [Inge lanza la pregunta a la responsable de prensa y al director del área de librerías de Feltrinelli, que le chivan el dato atropelladamente]. Eso, 106 más 13 franquicias. Y pronto vamos a abrir otra en Verona, será la 120.



P.- Abrir librerías llenas de volúmenes físicos de papel. Parece ir contra el signo de los tiempos...

R.- Todo el mundo nos dice que estamos locos. Pero las librerías, para Feltrinelli, son más rentables que la editorial. Es curioso que Barnes & Nobles, sus enormes librerías que tanto admirábamos, estén cerrando sus tiendas, y nosotros, españoles e italianos, que tanto estamos sufriendo la crisis, seamos capaces todavía de abrir nuevas librerías. ¡Es fantástico!



P.- Incluso quieren saltar el Atlántico y llegar a Hispanoamérica, ¿no?

R.- Sí, queremos ser una especie de conquistadores culturales. No vamos a por la plata. La idea es abrir una librería en México D.F. Pero los plazos todavía no están claros.



P.- ¿Lo que pretenden hacer con las librerías de La Central es importar el modelo de las librerías de Feltrinelli en Italia?

R.- Nosotros queremos que La Central mantenga su identidad. Admiramos sus librerías desde hace años. Siempre nos han gustado. En lo que sí nos parecemos es en el objetivo: queremos vender muchos libros buenos, de calidad. No queremos aplicar una especie de homologación. Esta librería, a mí, por ejemplo, me parece ¡muy española!



P.- Pero ¿el libro de papel tiene futuro?

R.- Claro que lo tiene. Sobrevivirá como la bicicleta. El viejo invento de Gutenberg sigue siendo perfecto. Es un objeto sensual, que genera placer sólo con olerlo y tocarlo. Acabo de llegar del Festival de Mantova. Allí conocí al escritor israelí Etgar Keret. Uno de sus lectores se acercó con un libro suyo digital. Ahí no había manera de firmarle una dedicatoria. Era una situación triste.



P.- ¿Qué cree que pensaría Giangiacomo si pudiera ver la situación de la editorial en la actualidad?

R.- Pues se lo digo sin falsa modestia: creo que estaría feliz. Yo he intentado seguir siempre el espíritu con que el que él fundo la editorial. A él le emocionaba mucho abrir librerías. Cuando murió, apenas teníamos cinco o seis. La primera la abrimos en Pisa, por la importancia de su universidad. Era un minúsculo agujero sin baño. Debíamos utilizar el de la estación. Ahora seguimos siendo una editorial de vanguardia, comprometida con la democracia y dispuesta a encontrar nuevos valores en todos los continentes.



P.- ¿Y también siguen siendo una editorial de izquierdas?

R.- Esa etiqueta, más de cincuenta años después de la fundación de Feltrinelli, es demasiado estrecha para definirnos. Podríamos estar aquí horas debatiendo acerca de lo que significa ser de izquierdas. Lo que somos es una editorial inmersa en la modernidad y podría decirse que radical.



P.- ¿Por eso Saviano ha acabado con vosotros, dejando Mondadori?

R.- Ha sido un cambio natural.



P.- ¿Y qué podemos saber de su próximo libro?

R.- Eso es top secret. Sí le puedo decir que esperamos que salga en la primavera de 2013.



P.- Carlo, su hijo, es el que tiene el poder ejecutivo en la editorial. ¿Ve en él muchas similitudes con su marido?

R.- Muchísimas. Los dos fuman mucho, los dos conducen a gran velocidad...



P.- ¿E ideológicamente?

R.- Ya le digo que han pasado muchos años de la muerte de Giangiacomo. El mundo también ha cambiado mucho. Pero sí las hay: los dos no soportan ni las convenciones ni la mediocridad. Son especiales.



P.- Pero sobre la muerte de su padre su hijo y usted piensan de manera diversa. Él se inclina por el accidente. En cambio usted siempre ha manifestado que fue un homicidio.

R.- A mí nunca me ha convencido la versión oficial. Giangiacomo era muy incómodo. En el momento de su muerte, al menos tres o cuatro servicios secretos estaban tras su pista. Y Carlo ha cambiado su parecer en el último año. Ya no está tan seguro de que fue un accidente.



P.- ¿Por qué?

R.- Es un asunto complicado. Han aparecido unos nuevos informes médicos de la policía. Hay que esperar... Quizá dentro de 50 años se sepa toda la verdad. Estos capítulos oscuros son muy comunes en Italia, desde los Borgia.



P.- ¿Y con Anagrama cuáles son sus planes?

R.- Eso pregúntaselo a mi hijo.



P.- ¿Sigue haciendo fotografías en la intimidad?

R.- Qué va. Ahora es mi nieta la fotógrafa de la familia. Cuando empecé a trabajar en la editorial dejé de fotografiar. Trabajar con los libros te absorbe por completo.