Víctor Fernández Freixanes. Foto: Carlos Folgoso.

El autor gallego vuelve a la mesa de novedades tras 17 años de silencio con Caballo de oros, un cantar novelado que rescata el territorio mítico de Vilanova de Alba

El silencio de Víctor F. Freixanes no es tan silencioso como parece. El autor gallego llevaba 17 años sin asomar la cabeza en la mesa de novedades. Nada menos. Pero ahora ha vuelto a alzar la voz para decir alto y claro: "No os olvidéis que soy escritor". La prueba es Caballos de oros, su última novela, que en castellano está recién salida del horno. En gallego ya pudo leerse en 2011. Quienes lo hicieron quedaron atrapados, de muy buen grado, en su trama envolvente. Recibió, de hecho, el Premio de la Federación de Libreros de Galicia. La traducción la ha publicado Siruela y esa circunstancia da pie a que elcultural.es converse con este bartleby sui generis, que escribe en La voz de Galicia, da clases de periodismo en la universidad, edita libros (ha dirigido editoriales como Anaya y Alianza), ejerce un intenso activismo con la lengua gallega como bandera y lanza novelas metidas en botellas de pascuas a ramos.



Lo primero es explicar la afirmación del comienzo, la del silencio no silencioso: "En realidad yo escribo mucho. Ahora por ejemplo tengo en mi ordenador tres novelas empezadas a la vez. Pero también soy muy exigente conmigo mismo. Quizá se deba a mi trabajo como editor. Yo tengo que leer muchísimo y, la verdad, siento que hay demasiado papel publicado. Esto ha desarrollado en mí un sentido autocrítico muy severo". Así que son muchos los folios que Freixanes pasaporta al purgatorio de las letras. Su silencio, pues, es de puertas para afuera, porque de puertas para adentro, en el fuero de su imaginación y de su conciencia, no dejan de alumbrarse historias, personajes, tramas, lugares...



Caballo de oros es fruto, digamos, de un alumbramiento provocado por chispazos sucesivos. Lo que hoy es una novela en la que Freixanes viaja a la Galicia caníbal de la posguerra, fue en su día una serie de cuentos aparecidos aquí y allá. Algunos, incluso, están engastados en la narración de la novela, al clásico estilo de El Quijote o Tristram Shandy. "Uno de ellos lo publiqué en la revista Iberia, a principios de los 90; otro en un libro colectivo que conmemoraba el 20° aniversario de la editorial Herais...". Pero ese rastro de relatos tenía una potencia que no se sujetaba a esas breves y entrecortadas extensiones. La historia pedía más páginas. Y la historia manda.



Freixanes, como todo contador, no le quedó más remedio que ceder ante su voluntad. Y tuvo que arremangarse en serio, sobre todo porque volvía a Vilanova del Alba, el territorio mítico (y a la vez muy real) en el que había asentado O triángulo inscrito na circunferencia (Premio de la Crítica en 1982) A cidade dos Césares (Premio Torrente Ballester en 1993, primero concedido a una novela en gallego). Allí había habitado dos vidas, y Caballo de Oros le obligaba a vivir una tercera. "Tenía mucho interés en cerrar este ciclo narrativo en el que he intentado dar una explicación coral de mi país en el ámbito de la historia. Las dos anteriores estaban ambientadas en el siglo XIX y XVIII. Ésta quería llevarla a la época de mis padres, a la de la represión tras la Guerra Civil, la del wolframio, un mineral codiciado por los nazis que hizo ricos a muchos gallegos, la del contrabando, el maquis...".



La posibilidad de entrarle a ese mundo se la ha brindado un personaje que aparece al final de O triángulo..., Quintín de Borela, un narrador oral soberbio, encargado de entretener con la palabra a los paisanos en las fiestas populares y ensalzar a los difuntos en los velorios. La novela, así, sigue la estructura de los viejos cantares de ciego. Como un cantor, Freixanes nos va dando cuenta de una obstinada partida de cartas que en la que dos bandos se juegan la propia vida. "Esta partida es verdad es que se jugó, no es una ficción", precisa Freixanes. El narrador escucha por primera vez al Quintín contar la historia de aquella partida y tira del hilo hasta que llega a Caracas, donde dos mujeres le explicarán lo que realmente pasó. "Para mí estos cantares representan la memoria colectiva que no está registrada en libro ni en documentos oficiales, ese bicho que nunca muere y se mueve por todas partes".



Esa tradición oral galaica, su cadencia de letanía, con interpelaciones constantes al lector ("para que no pierda nunca la atención, algo que no es fácil de mantener durante más de 300 páginas"), es un reto trasladarla del gallego al castellano. Freixanes, cotraductor junto con Antonio López Silva, ha quedado razonablemente satisfecho con el trasvase de lenguas practicado en su novela. "Es mucho más complicado traducir del gallego al castellano, que hacerlo desde el alemán, o desde el inglés... Es que para mí el castellano también es mi lengua pero a veces no encuentro en ella lo que he dicho en gallego con toda precisión y todos lo matices. Es un proceso duro, pero creo que se han conseguido mantener esa estilística de lo popular sin caer en los anacronismos".