Foto: Alberto Rojas
Este libro constata los conflictos y desajustes que el proceso de globalización y el vertiginoso avance tecnológico han provocado en el mundo durante las últimas décadas, con la crisis económica y financiera como principal indicador de una falta de respuesta adecuada a los mismos
Es un gesto a tener en cuenta, aunque sólo sea un paso incipiente en el largo trecho que va de los buenos propósitos a las acciones hasta lograr, entre otras cosas, la transformación de los sistemas de responsabilidad social corporativa de las grandes empresas en verdaderos instrumentos de apoyo a una mayor justicia social, despojándolos del estigma de meros mecanismos de maquillado de imagen que a menudo poseen.
Pero más allá del gesto y la exigencia retórica del momento, el libro Valores y ética para el siglo XXI, cuarto de la ambiciosa serie que la Fundación BBVA viene entregando anualmente desde 2008, se justifica de sobra por sí mismo tanto por la relevancia de las cuestiones que aborda, como por el prestigio de la veintena de expertos internacionales en los más variados campos del conocimiento que se dan cita en él. Muchos de ellos acreditan una sólida formación filosófica, extendida a los terrenos de las ciencias políticas y económicas, el derecho, la antropología o la sociología. Expertos en ética de las finanzas y gestión empresarial completan el elenco de especialistas que aportan una visión clara y sintética de los retos del presente en este recomendable volumen, accesible también a través de la website "OpenMind".
El punto de partida de las diversas intervenciones es la constatación de las perplejidades, conflictos y desajustes que el proceso de globalización y el vertiginoso avance tecnológico han provocado en el mundo durante las últimas décadas, con la crisis económica y financiera como principal indicador de una falta de respuesta adecuada a los mismos. Para trazar mejor los distintos contornos de esta situación problemática y la demanda específica de nuevos valores que se suscita en cada caso, el volumen se estructura en torno a cinco bloques temáticos, que examinan la ética en el mundo global, en la ciencia y la tecnología, en el campo del desarrollo económico, la pobreza y el medio ambiente, en los negocios y en las finanzas.
En el primer bloque, el teólogo Hans Küng (Sursee, Suiza, 1928) repasa los principios del Manifiesto por una ética económica global propuesto por la Ethics Global Foundation que preside y suscrito por la ONU en 2009. Küng insiste en que, más allá de los fallos en el sistema capitalista propios del mercado (exceso de riesgo y especulación, políticas erróneas) o de las instituciones (ineficacia, falta de transparencia), sólo la adopción de valores y normas éticas con proyección universalista puede ayudar a eliminar fallos fundamentales derivados de una ausencia de virtudes morales (codicia, corrupción, falta de veracidad, desconfianza, manipulación, irresponsabilidad).
Por su parte, vinculando ese marco moral de referencia con el ámbito de las leyes, Mervyn Frost examina la necesidad de una gobernanza global, toda vez que los Estados nacionales han visto sensiblemente mermado su poder en manos de la gran economía y, como apostilla Saskia Sassen, parecen haber olvidado el porqué de su existencia. En medio de las complejidades de esta sociedad global, Charles Taylor (1931) ve, sin embargo, indicios positivos, que asocia sobre todo a una evolución favorable en nuestro concepto de laicismo, donde ya no se trata tanto de controlar la religión cuanto de gestionar la diversidad religiosa y cultural de modo democrático. Por último, profundizando en los fenómenos de migración internacional, Joseph Carens cierra este apartado con una enérgica defensa del derecho de las personas a vivir con sus familiares como límite moral al derecho de un Estado a restringir su política de inmigración.
El segundo bloque trata asuntos de interés relativos al impacto social de las nuevas tecnologías: problemas relacionados con las razones éticas para optar entre una u otra solución técnica (Carl Mitcham), con el uso de internet (R. Schultz), la clonación terapéutica (M. Warnock) o las técnicas de mejoramiento humano (Andy Miah). Pero son sobre todo los tres bloques restantes los que centran su atención en la cuestión palpitante de la ética en estos inicios del siglo XXI, concretada aquí en las condiciones que ha de cumplir un sistema económico más eficiente, estable, justo y solidario, capaz de satisfacer las legítimas demandas de los ciudadanos: la de cómo asegurar el comportamiento adecuado de los agentes sociales en un sinnúmero de situaciones no previstas por las normas (o no estrechamente reguladas por los organismos encargados de hacerlas cumplir). Ya sea analizando los compromisos medioambientales y de lucha contra la pobreza mundial (Peter Singer, B. Kliksberg, K. Shrader-Frechette), la gestión de riesgos empresariales (J. Boathright, P. Koslowski) o las correcciones realistas a las microfinanzas (R. Schmidt), el hilo conductor es en todos los casos la noción de responsabilidad, de la que tanto viene hablándose desde que a finales de los años setenta la ética empresarial emergiera como disciplina académica (R. George).
En la mayoría de estas aportaciones se incide así en la obligación de las empresas de gestionar debidamente el beneficio de sus accionistas, ser transparentes en su balance de resultados, actuar profesionalmente, etc. (G. Hofstede, Th. Clarke, M. Painter-Morland). Se argumenta además que la introducción de códigos deontológicos y mecanismos de control aseguran el buen funcionamiento de las empresas, contribuyendo a mejorar su imagen y, con ello, su rentabilidad (R. Edward Freeman). Un motivo, sin duda, que podría inspirar un cambio de mentalidad necesario en los negocios en general y en la industria financiera en particular.
No obstante, la tesis de que la ética no es sólo deseable, sino también rentable no deja de ser un argumento utilitarista de alcance limitado. Si se pone en él todo el acento, se corre el riesgo de derivar a posiciones no tan lejanas a las de aquel polémico artículo de Milton Friedman, de principios de los 70, que desde su mismo título afirmaba que la única responsabilidad social de las empresas era la de aumentar sus beneficios; o, en el mejor de los casos, llegar a cambiar algo las formas sin alterar sustancialmente el modelo imperante de "buena vida" que nos ha conducido a donde estamos.
En este contexto, quizá no estuviera mal, si de verdad merece la pena rescatar algo, rescatar la radicalidad de aquel viejo imperativo kantiano que nos conmina a hacer, sin condiciones, lo que se debe.
