El escritor norteamericano Ray Bradbury. Foto: El Mundo

El escritor y crítico Jesús Palacios recuerda y homenajea al hombre que "convirtió la ciencia ficción en una de las claves de la modernidad"

No hace muchos años, con ocasión de una de sus visitas a España, Ray Harryhausen, el gran mago de la animación y los efectos especiales, me contaba con una sonrisa infantil en su rostro de anciano sin edad, cómo a menudo recordaba sus reuniones con Forrest J. Ackerman y Ray Bradbury, en una cafetería de Los Ángeles, a finales de los años 30 del siglo pasado, cuando los tres discutían entusiasmados acerca de la posibilidad -la seguridad, para ellos- de que el hombre llegara a la Luna, e incluso más allá, ante el asombro y las sonrisas de incredulidad de las mesas vecinas. Esta pequeña, insignificante para algunos, anécdota me ha venido directamente a la mente al conocer el fallecimiento de Ray Bradbury, a los 91 años de edad. Quizá porque con él se ha ido otro pedazo de aquella magnífica ingenuidad, aquella poética fe en el mañana, que vivieron Bradbury y sus amigos de Hollywood y las convenciones de ciencia ficción. Ese Sentido de la Maravilla, que el propio Ray Bradbury supo elevar a una forma de arte narrativo incomparable, plena de sentido, emoción y relevancia.



Porque Ray Douglas Bradbury, ese "humanista del futuro", como le llamara José Luís Garci en su temprano ensayo biográfico sobre el escritor -eran otros tiempos-, convirtió la ciencia ficción en una de las claves de la modernidad, haciendo de ella la literatura por excelencia del siglo XX: visionaria, comprometida, poética, fantástica y real como la vida misma. Auténtico ejemplar de "animal hollywoodiense" y pulp en estado puro, Bradbury, con libros como Crónicas marcianas (1950), El hombre ilustrado (1951) o Fahrenheit 451 (1953), por citar unos pocos ejemplos de entre una inabarcable obra, hizo penetrar la luz de la ciencia ficción en el universo de la literatura mainstream, como dicen por allá, o literatura general, como decimos por acá. Pese a la existencia de otros muchos grandes autores del género contemporáneos, como Heinlein, Van Vogt o el propio Dick, sólo Bradbury tuvo la presciencia de conectar con las secretas y públicas obsesiones de varias generaciones de lectores e intelectuales -entre ellos, muchos españoles: Garci, Carlos Buiza, Chicho Ibáñez Serrador, J. J. Plans, Juan Tébar...-, que encontraron en la cotidianeidad de sus mundos espaciales, en sus mañanas distópicos y sus astronautas melancólicos una poética existencial no sólo del futuro, sino de la inminencia del futuro en el presente, con todos sus conflictos, dulces como las doradas manzanas del sol y amargos como el vino del estío.



Nadie como Bradbury podía conjurar a la vez y al mismo tiempo la maravilla del espacio infinito y el pavor absoluto que produce. La necesidad de viajar hacia delante y más allá, a la vez que la infinita melancolía por lo que se queda atrás. Su mundo fantástico no era simple, sino lleno de sombras, de gradaciones y colores, capaz de asombrar, aterrorizar o hacernos llorar lágrimas de melancólico placer. Recuerdo las palabras de Harryhausen porque me hablan de un Bradbury joven, devorador de cómics y pulps, que siempre miró al futuro y al hombre con ilusión, teñida, sin duda, de desconfianza, de sospecha, pero también de amor e ironía. Bradbury era, sin duda, un hombre del siglo XX, con todas sus contradicciones, pero apegado a una visión esencialmente ética, comprensiva y sutilmente sentimental del espíritu humano. Un miembro de esa extraña fauna, satánica y divina, que comprende personajes como John Huston, Charles Addams, Rod Serling, Robert Bloch o el propio Harryhausen, todos ellos amigos y compañeros de viaje, ejemplares de ser humano que quizá no vuelvan a repetirse jamás sobre la Tierra.



El cine (aunque Truffaut casi lo consigue) nunca hizo justicia a su obra -que fue más y mejor representada en multitud de series míticas de la televisión americana-, quizá por inabarcable: cuentos, novelas, guiones de cómic, cine y televisión... Cultivó no sólo la ciencia ficción, sino también el policíaco, el terror, el suspense, el humor, la poesía y la crónica. Vivió la América Profunda como nadie, con un pie en los carnivals errantes, aquellas ferias de las tinieblas donde encontraría su temprana vocación de mago ilusionista, y otro en el futuro y las más lejanas galaxias del pensamiento. Fue creador de mitos, al tiempo que vivió a través de su piel la mitología pop usamericana, haciéndola propia y personal. Perteneció a un mundo que hoy se desvanece, en el que la literatura de género podía y debía ser importante, sin dáselas de importante ni presumir de importancia. Un mundo de expectativas que sabía discernir, bajo el traje de astronauta, al ser humano, bajo la piel del monstruo de ojos saltones, nuestro propio reflejo escondido.



Ray Bradbury nos ha dejado. Es difícil saber qué pensaría realmente el profeta de Fahrenheit del mundo del e-book, cómo vería el nuevo milenio alguien que tantas veces lo anticipara en las páginas de sus cuentos y novelas... Pero es fácil saber que nos ha abandonado uno de los últimos hombres realmente ilustrados que quedaban. Uno de los últimos de aquella tribu que creó la literatura del futuro y que, ahora, es ya pasado.