Saramago, en la década de los 50, junto a dos amigos sin identificar. A la dcha., manuscrito de Claraboya

Rechazada por una editorial lisboeta en el 53, la novela apareció en una mudanza en el 89 y el sello se ofreció a publicarla, pero Saramago, ofendido, se negó. Su viuda explica los motivos que le han llevado sacarla a la luz ahora.

A principios de los años 50 José Saramago se ganaba la vida como un triste oficinista en Lisboa. Estaba casado y tenía una hija. La vida iba marcándole poco a poco el camino de la mediocridad. Pero él quería ser escritor. Así que cuando cumplía con sus deberes domésticos y profesionales, normalmente a deshoras, hurtándole horas al sueño, cogía el bolígrafo y escribía novelas. En 1947 había publicado Tierra de pecado. Pasó desapercibida. Claraboya fue el segundo intento de ser alguien en el mundillo literario portugués. Al terminarla, la mecanografió y la envío a una editorial de Lisboa. Toda la ilusión de Saramago estaba depositada en esas cuartillas. El problema es que sólo obtuvo una respuesta 36 años después. “Sonó el teléfono. Él se estaba afeitando. Era una editorial, pero no la suya. Se lo pasé y se lo puso en la parte de la cara que no tenía enjabonada. Le contaron que habían encontrado en una mudanza el manuscrito de Claraboya, y que estarían encantados de publicárselo”, explica Pilar del Río a elcultural.es en uno de los salones de la Casa América mientras da buena cuenta de un café y una tostada con tomate y aceite (le espera un día duro de entrevistas y promoción, aunque no parece faltarle energía a esta mujer delgada, con mucho nervio). Saramago les respondió que gracias (“obrigado”) pero que no: que ya no iba a publicar esa novela. El autor portugués solía decir que nadie tiene obligación de amar a nadie, pero que todos nos debemos respeto. A él se lo faltaron, se sintió humillado y decidió que Claraboya no sería publicada mientras viviera. Dejó a criterio de sus depositarios (la propia Pilar y su editor portugués, Zeferino Coelho) que viera la luz (o no) cuando ya no estuviera aquí. Y no ha habido duda. “Es una novela que anticipa muchas de las claves en la obra de Saramago. Cuando estaba preparando la traducción veía clarísimo otras novelas suyas, Ensayo sobre la ceguera, Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis... Está su economía expresiva ; su sentido de la ironía contenido para no caer en el sarcasmo; sus personajes masculinos introspectivos, solitarios, libres; sus mujeres fuertes; el retrato de vidas anodinas pero universales... Es el universo típico de su obra, que luego se complementaría y se completaría... ”. Claraboya es una claraboya (la redundancia es pertinente) para otear los primeros empeños literarios de Saramago. La novela, de corte neorrealista, es un ejercicio de voyeurismo (discreto) sobre una bloque de pisos lisboeta. El escritor observa por un agujerito la cotidianidad de todos los vecinos entre las paredes de sus casas. Y ve amores prohibidos (lésbicos incluso), conversaciones de raíz filosófica, zapateros en plena faena, las carestías económicas de casi todos, los malos tratos de hombre machistas y hoscos... Es un fresco de la vida en la Lisboa cenicienta del salazarismo, donde sus habitantes sienten como una condena las estrecheces morales y políticas de la época, y un ejercicio narrativo con ciertas similitudes con La colmena de Cela: también coral y desesperanzada y también maltratada por un contexto poco apto para la literatura inconforme. Pilar del Río se sentía en la obligación de entregar a los miles de lectores del premio Nobel un nuevo “regalo”. Un regalo que, en cierto modo, disimula su muerte de hace dos años. Tras el silencio administrativo con que pagó la editorial a la ilusión de Saramago, éste cayó en el mutismo narrativo. No volvió a escribir hasta comienzos de los 80. “Le humillaron y eso, a un hombre retraído y tímido como era él, le hizo replegarse todavía más”, comenta Pilar del Río, que a estas alturas de la charla ya ha hecho desaparecer la tostada y el café, y, a pesar del tiempo pasado, se muestra dolida por la indiferencia mostrada hacia “José”. “Él no hablaba casi nunca de Claraboya, no era un tema agradable para él, pero sabía que no estaba mal y que en ella estaban algunos hallazgos que luego constituirían su voz personal como escritor”. Una voz que se fue derramando, melodiosa pero firme, en diversas novelas, hasta desembocar en la última, Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas, donde denuncia el tráfico de armas y cuya escritura la muerte interrumpió cuando llevaba apenas unas 30 páginas. ¿Suficiente para ser publicado? “Sí, ya veremos cómo, pero ese libro tendrá futuro. Son pocas páginas pero tienen mucha sustancia”. Saramago escribía contra la muerte. Era consciente de que ésta le iba mordisqueando los talones y que no tardaría en darle el golpe definitivo. Fue frustrante para él no terminarla, pero él día que nos dejó, el 18 de junio de 2009, “su conciencia estaba muy serena”. “Sólo unos días antes, mientras desayunábamos, me dijo: 'Pilar, somos felices, ¿no?'”. A esa Pilar se le quieren escapar ahora las lágrimas al recordarlo, pero no las deja correr, se las aguanta. Tiene la rueda de prensa de presentación del libro y no puede flaquear. Todo por Saramago.