Autoretrato de Rubens (1613-1617)

Traducción de Jesús Cuéllar. Tusquets. Barcelona, 2012. 408 páginas. 23 euros



La figura de Pedro Pablo Rubens (1577-1640) cuenta con un merecido lugar de privilegio en la historia de la pintura. Aunque menos que su formidable obra artística, son también conocidas sus actuaciones como diplomático -que no espía, como indica en alguna ocasión el autor- al servicio de los archiduques Alberto e Isabel, soberanos de los Países Bajos (1598-1621) y del rey de España Felipe IV. Sus intentos de conseguir la paz con los holandeses, así como las negociaciones que llevó a cabo en la Inglaterra de finales de los años 20, constituyen el objetivo prioritario del libro, que resulta atractivo especialmente para quien, dejando a un lado las exigencias del historiador, busque un mero entretenimiento, pues se acerca con habilidad a la vida y la obra del genial pintor flamenco y sabe combinar el interés de la narración con un estilo ágil y preciso.



El problema se plantea cuando se analiza el libro desde la crítica historiográfica y se descubren su estructura y sus carencias. En cuanto a la primera, una revisión de las notas que acompañan al texto muestra no solo que no se trata de una aportación original, fruto de las investigaciones de archivo y los conocimientos de primera mano del autor, sino que un elevado porcentaje de la obra está basado en un corto número de libros. Max Rooses, un especialista en Rubens de finales del siglo XIX, o las ediciones de las cartas del pintor del propio Rooses y Charles Ruelens, y sobre todo de Ruth Saunders Magurn (1955), le suministran los contenidos esenciales.



Las carencias no son pocas, especialmente en lo que se refiere a los conocimientos de historia de Lamster, bastante más versado en la historia del arte que en los entresijos de la complicada política internacional del Barroco. El problema lo resuelve, sin embargo, acudiendo a cuatro o cinco destacados autores, anglosajones por supuesto. Así se explica que pueda hablar de la diplomacia de los primeros cuarenta años del siglo XVII sin citar bibliografía española y, lo que es aún más grave, con los trasnochados prejuicios contra España propios de la cultura anglosajona de hace ya bastantes décadas: Flandes estaba "ocupada por España, un negligente imperio extranjero", con un "largo historial de desprecio y abandono hacia la población flamenca"...



A ello se une un amplio catálogo de simplificaciones históricas en las que no puedo detenerme, además de anacronismos como llamar a los reyes jefes de Estado y hablar de "horario laboral" o "economía de consumo" para referirse al Amberes de los años 60 del siglo XVI. Peores son los errores de bulto: los enfrentamientos religiosos son calificados invariablemente de "sectarios", el duque de Módena era un monarca Habsburgo al que trata de majestad, alude a "toda la realeza de la bota italiana" -en la que no había otro rey que el de España (que lo era de Nápoles, Sicilia y Cerdeña)-, afirma que a la muerte de Enrique IV María de Médicis "usurpó la autoridad de jefe del Estado", o considera a Richelieu "ministro de exteriores francés". También simplezas como decir que en aquella época Europa carecía de una moneda común o que "la realeza de toda Europa acudía a casa de Rubens a posar para él y a disponer la compra de obras de su taller". Otro defecto importante es la exaltación excesiva de Rubens, que aparece como un superhombre lleno de virtudes y sin defecto alguno, alguien tan perfecto que difícilmente pudiera ser humano, al contrario que otros personajes en los que destacan los rasgos negativos, especialmente María de Médicis, cuya "carrera" es "un modelo de ambición, escándalo y humillación sin medida".



Es verdad que algunos o varios de los errores a los que hemos hecho referencia -que no son sino una pequeña muestra- pudieran deberse al traductor, quien en cualquier caso ha realizado un buen trabajo que permite una lectura fácil. Pero la elección de este libro para su edición española muestra falta de criterio. Por desgracia, no hemos superado del todo el viejo papanatismo de rendirnos ante cualquier obra firmada por un extranjero, especialmente si escribe en inglés.