El escritor Carlos Ruiz Zafón.



El prisionero del cielo es la última novela de Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964) y llega a las librerías este jueves. En total la imprenta ha dado a luz un millón de ejemplares que abastecerán las estanterías españolas y americanas (en 2012 estará en circulación por todo el mundo). Es el tercer peldaño en el edificio narrativo que sentó sus cimientos en 2001, con la exitosa La sombra del viento (más de diez millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y traducida a más de 40 lenguas diferentes). En 2008 se publicó El juego del ángel, segunda entrega, en la que la trama se retorcía y entraba en un territorio oscuro. Ahora, con este nuevo peldaño en la saga, esas lóbregas y numerosas historias que se entrecruzan empiezan a gozar de algo de luz. Ruiz Zafón está encaminándose hacia la resolución final, que previsiblemente llegará, con un cuarto volumen, en "dos o tres años", según su propia confesión.



En el diseño literario de la serie El juego del ángel, aunque fue publicado a posteriori, era una especie de precuela de La sombra del viento. El prisionero del cielo, por su parte, es una secuela, donde los cabos sueltos, desparramados a lo largo de toda la narración, se van atando poco a poco. "Es el libro más luminoso. En los dos libros anteriores puse las piezas sobre el tablero, pero todavía era complicado saber de qué iba la partida. Ahora ya sí sabemos de qué va la jugada, las piezas inconexas van cobrando sentido y eso ha provocado que se dispare la narración y empecemos a divertirnos", comenta el escritor barcelonés.



Ruiz Zafón lleva a su legión de lectores a la Barcelona de 1957, en plena Navidad. La ciudad intenta sacudirse los rigores de la posguerra, pero una pátina de ceniza mortuoria recubre todavía sus calles y sus edificios. Daniel Sempere, el niño de La sombra del viento, que tuvo el privilegio de adentrarse de la mano de su padre en los arcanos de El Cementerio de los Libros Olvidados, ahora es un hombre hecho y derecho, casado y con un recién nacido del que debe ocuparse. Regenta la librería Sempere & hijos, sin mucho éxito: las ventas son exiguas, pero confía que las navidades les den un empujón. Una mañana cruza el umbral de su puerta un ser misterioso, manco y cojo, aire siniestro, y compra un ejemplar El conde de Montecristo por el triple de su valor. La sorpresa de Daniel es mayúscula cuando el tipo le devuelve el libro y le pide que se lo entregue a su buen amigo Fermín. Antes había escrito una misteriosa dedicatoria: "Para Fermín Romero de Torres, que regresó de entre los muertos y tiene la llave del futuro. 13".



Recapitulemos: Fermín es el mendigo que Daniel encontró en la Plaza del Rey. Ese encuentro, que parecía casual, y que fue el origen de una estrecha relación de amistad y lealtad, ahora comprobamos que no lo es tanto. Ruiz Zafón arroja luz sobre éste y otros hilos que conforman el tejido narrativo de la saga, que ha arrasado en medio mundo, convirtiéndose en el fenómeno literario más importante de nuestro país en los últimos años. Sobre el autor barcelonés pesa la sospecha de haberla cocinado con los ingredientes del éxito; de utilizar una prosa sencilla y accesible y ponerla al servicio de una trama cargada de suspense.



Pero no parece que el dinero sea el objetivo último de este autor, que desde hace años viene negándose a los cantos de sirena de la industria del cine. "Esta saga está bien que siga siendo sólo libros. Así se va a quedar", concluye, muy seguro de sí mismo. "La mejor película que pueden ver los lectores es la que crean ellos mismos en el teatro de su mente. Utilizo los recursos del cine, para enriquecer la narración y darle una mayor intensidad sensorial y visual. La literatura siempre se ha nutrido de otros géneros: el periodismo, la pintura, la dramaturgia, el cine... Pero esta saga habla de libros, de quien los vende, de quien los escribe, de quien los roba... Creo que estaría mal que acabara convertida en película". Parece considerarlo una traición, un simplificación al universo y a los personajes que han salido de su imaginación.



Bueno, no solo de su imaginación. Hay un dato llamativo en la biografía del escritor que explica muy bien su capacidad para retratar Barcelona y sus habitantes. "Mi padre era agente de seguros. De hecho lo sigue siendo. Cuando tenía diez o doce años me mandaba a cobrar las polizas. Así me recorrí toda la ciudad, y pude entrar en sitios como las mansiones la avenida Pearson, pero también en tugurios y rincones sombríos. Como era un niño, no desconfiaban de mí, a veces hasta se olvidaban de mi presencia, y yo veía la vida cotidiana dentro de las casas, cómo se relacionaba la gente".



Ese fue el taller literario en que se curtió Ruiz Zafón, el que le dio los recursos para recrear luego su ciudad. "No intento retratarla. Eso ya lo han hecho muy bien Vázquez Montalbán, Marsé, Mendoza... Lo que me interesaba era crear un personaje, vestirla con unas ropas determinadas y darle un destino. Y eso a Barcelona le va muy bien. El poeta Maragall la llamaba la 'gran hechicera', porque es verdad que le gusta lucirse, subir al escenario y declamar unas líneas. Pero la ciudad que yo creo, aunque es reconocible, no es la que te encuentras ahora al salir a la calle. Es más bien una Barcelona estilizada".



En un cuarto tomo Ruiz Zafón finiquitará la saga. "Trabajo sin plazos de entrega. Mis editores ya lo saben. Esos plazos son peligrosos porque uno puede entregar algo distinto de lo que se ha propuesto en un principio. Calculo en que en dos o tres años terminaré". Y ahí todo quedará esclarecido, con giros que sorprenderán a propios y extraños: "Todos los hilos convergerán y resultará algo muy diferente de lo que todos pensamos".