Jonathan Franzen. Foto: Carlos Reviriego

La pasada semana el escritor Jonathan Franzen (Chicago, 1959) recibió en París a El Cultural. Allí habló con Carlos Reviriego del éxito, el sexo, la amistad traicionada y la literatura, entre otros temas. Único escritor que ha sido portada de la revista "Time" en la última década, Franzen es probablemente el mejor novelista norteamericano vivo (con permiso de Roth, Pynchon y DeLillo), posiblemente el más rico y exitoso, y con seguridad el más ambicioso. Lo ha vuelto a demostrar con Libertad (que publica el sábado Salamandra), su última y monumental obra, recibida como la gran novela americana de nuestro tiempo.



En el patio privado de su habitación de hotel, Franzen reflexiona sobre el poder de su literatura. "No escribo para todo el mundo -dirá poco después-. Escribo para la gente que no encaja en él. Para los que no están satisfechos y sienten vergüenza. Escribo para los misfits. Y pertenecen a todas las clases, a todas las razas y sexos y edades. No es una minoría insustancial, quizá llegan al 5% de la población, puede que más. Son esas personas que leen y que quizá visitan las tumbas de sus escritores preferidos, porque se sienten menos solos haciéndolo. Esa es la gente que realmente me preocupa".



El Cultural publica este viernes la entrevista con Jonathan Franzen realizada en París por Carlos Reviriego y adelanta hoy en exclusiva para todos sus lectores las primeras páginas de Libertad.






Libertad



La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y él se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación. Sus antiguos vecinos tenían ciertas dificultades para conciliar los apelativos que utilizaba el Times para describirlo ("arrogante", "prepotente", "éticamente dudoso") con el rubicundo, risueño y generoso empleado de 3M al que recordaban pedaleando bajo la nieve de febrero por Summit Avenue, camino de la oficina; resultaba extraño que Walter, más verde que los Verdes y él mismo de origen rural, tuviera ahora problemas por actuar en connivencia con la industria del carbón y abusar de la gente del campo. Aunque, la verdad sea dicha, con los Berglund siempre había habido algo que no terminaba de encajar.



Walter y Patty fueron los jóvenes pioneros de Ramsey Hill: los primeros graduados universitarios en comprar una vivienda en Barrier Street desde que tres décadas antes el antiguo corazón de Saint Paul se viera sumido en tiempos difíciles. Compraron su casa victoriana a precio de saldo y luego, durante diez años, se dejaron la piel reformándola. Ya al principio, alguien muy decidido le prendió fuego al garaje y forzó un par de veces la cerradura del coche antes de que consiguieran reconstruirlo. Moteros de piel curtida invadían el solar del otro lado del callejón trasero para beber cerveza Schlitz y asar unas knockwurst y hacer rugir los motores a altas horas de la madrugada, hasta que Patty salía en chándal y les decía: "eh, tíos, ¿sabéis qué os digo?" Patty no asustaba a nadie, pero había sido una destacada atleta en el instituto y la universidad y poseía la audacia típica de los atletas. Desde su primer día en el barrio llamó inevitablemente la atención. Alta, con coleta, absurdamente joven, empujando un cochecito de bebé entre coches desguazados y botellas de cerveza rotas y nieve salpicada de vómito, podría haber llevado toda su jornada en las bolsas de redecilla que colgaban del cochecito. Tras ella se adivinaban los preparativos con el engorro de un bebé para toda una mañana de recados con el engorro de un bebé; por delante, una tarde de radio pública, el popular recetario Silver Palate Cookbook, pañales de tela, masilla tapajuntas y pintura de látex; luego Buenas noches, luna, y luego una copa de zinfandel. Ella era ya en sentido pleno aquello que en el resto de la calle no había hecho más que empezar.



En los primeros años, cuando aún era posible tener un Volvo 240 sin sentirse incómodo, la misión colectiva en Ramsey Hill consistía en reaprender ciertas aptitudes para la vida que los padres de uno habían querido desaprender precisamente huyendo a las zonas residenciales de las afueras; por ejemplo, cómo despertar el interés de la policía del barrio en cumplir realmente con su cometido, cómo proteger una bicicleta de un ladrón en extremo motivado, cuándo molestarse en echar a un borracho del mobiliario de tu jardín, cómo alentar a los gatos callejeros a cagar en el cajón de arena de los hijos de otro, cómo decidir si un colegio público era tan lamentable que ni siquiera valía la pena intentar mejorarlo.



Existían asimismo asuntos más contemporáneos, entre ellos los pañales de tela: ¿merecían la pena? ¿Y era verdad que aún repartían leche en botellas de cristal a domicilio? ¿Eran los boy scouts políticamente correctos? ¿Era de veras necesario el bulgur? ¿Dónde se reciclaban las pilas? ¿Cómo había que reaccionar cuando una persona pobre de color te acusaba de destruir su barrio? ¿Era verdad que el esmalte de las antiguas vajillas Fiesta contenía una cantidad peligrosa de plomo? ¿Cuán sofisticado tenía que ser un filtro de agua para la cocina? ¿Por qué no funcionaba a veces la superdirecta de tu 240 cuando apretabas el botón que decía superdirecta? ¿Qué era mejor con los mendigos: darles comida o no darles nada? ¿Era posible criar a niños inusitadamente seguros de sí mismos, felices e inteligentes, si se trabajaba a jornada completa? ¿Podía molerse el café en grano la noche antes de consumirlo, o debía hacerse la misma mañana? ¿Existía alguien en la historia de Saint Paul que hubiera tenido una experiencia positiva con un techador? ¿Y alguien conocía un buen mecánico de Volvo? ¿A tu 240 también se le trababa el cable del freno de mano? Y ese interruptor del salpicadero con un rótulo enigmático, ese que producía un chasquido tan satisfactoriamente sueco pero no parecía conectado a nada, ¿qué demonios era?



Para cualquier consulta, Patty Berglund era un recurso, una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable. En Ramsey Hill era una de las pocas madres que no trabajaban, y se la conocía por su aversión a hablar bien de sí misma o mal de los demás. Decía que temía acabar "decapitada" algún día por una de las ventanas de guillotina cuyas cadenas había cambiado ella misma. Sus hijos "probablemente" iban a morirse de triquinosis porque les había dado cerdo poco hecho. Se preguntaba si el hecho de que ya "nunca" leyera libros estaba relacionado con su "adicción" a los efluvios del aguarrás. Confesaba que tenía "prohibido" echar abono a las flores de Walter después de lo sucedido "la otra vez". Entre algunas personas esa forma de autodescrédito no sentaba bien, personas que percibían cierta condescendencia en ello, como si Patty, al exagerar sus pequeños defectos, pretendiera ostensiblemente no herir los sentimientos de amas de casa menos expertas. Pero la mayoría de la gente consideraba sincera su modestia, o como mínimo graciosa, y en todo caso no era fácil resistirse a una mujer por quien tus propios hijos sentían tanto aprecio, y que recordaba no sólo los cumpleaños de ellos sino también el tuyo, y entonces se presentaba ante tu puerta trasera con una bandeja de galletas o una tarjeta de felicitación o lirios en un jarrón de un todo a cien que, te decía, no tenías que molestarte en devolverle.



Se sabía que Patty se había criado en la Costa Este, en un barrio residencial de las afueras de Nueva York, y había recibido una de las primeras becas completas concedidas a una mujer para jugar al baloncesto en la Universidad de Minnesota, donde, en su segundo curso, según una placa colgada en la pared del despacho de Walter en casa, había sido elegida jugadora del segundo equipo de la selección nacional. Algo curioso en Patty, habida cuenta de su marcada inclinación por la vida familiar, era que en apariencia no mantenía ningún contacto con sus raíces. Pasaba largas temporadas sin moverse de Saint Paul, y se sospechaba que nunca la había visitado nadie del este, ni siquiera sus padres. Si alguien le preguntaba a bocajarro por ellos, contestaba que los dos hacían muchas cosas buenas para mucha gente: su padre tenía un bufete en White Plains, su madre se dedicaba a la política, sí, era miembro de la Asamblea Legislativa del estado de Nueva York. Luego asentía con convicción y añadía: "en fin, sí, eso hacen", como si el tema ya no diera más de sí.



Lograr que Patty admitiera que el comportamiento de alguien estaba "mal" podía considerarse un juego. Cuando le contaron que Seth y Merrie Paulsen celebraban una fiesta de Halloween a lo grande para sus gemelos y habían invitado a todos los niños de la manzana excepto a Connie Monaghan, Patty se limitó a decir que eso era muy "raro". Cuando después se cruzó con los Paulsen en la calle, éstos le explicaron que se habían pasado todo el santo verano intentando disuadir a Carol, la madre de Connie Monaghan, de tirar colillas desde la ventana de su dormitorio a la piscinita de los gemelos. "Eso es francamente raro -admitió Patty con un cabeceo-, pero pensad que Connie no tiene la culpa." Sin embargo, los Paulsen no se conformaron con ese "raro". Ellos aspiraban a "sociópata", aspiraban a "pasiva-agresiva ", aspiraban a "mala". Necesitaban que Patty eligiera uno de esos epítetos y se lo aplicara a Carol Monaghan como hacían ellos, pero Patty fue incapaz de ir más allá de "raro", y los Paulsen, por su parte, se negaron a incluir a Connie en su lista de invitados. Patty se enfadó tanto por esta injusticia que la tarde de la fiesta llevó a sus propios hijos, junto con Connie y una amiga del colegio, a visitar una granja de calabazas y a dar un paseo en un carro de heno, pero lo peor que llegó a decir en voz alta sobre los Paulsen fue que su mezquindad con una niña de siete años era muy rara.



Carol Monaghan era la única otra madre de Barrier Street que llevaba allí tanto tiempo como Patty. Había llegado a Ramsey Hill como resultado de lo que podría llamarse un programa de intercambio de enchufes, ya que había sido secretaria de un alto cargo del condado de Hennepin que la trasladó de distrito después de dejarla embarazada. Mantener a la madre de tu hijo ilegítimo en la nómina de tu departamento: a finales de los años setenta, esas cosas ya no se consideraban en consonancia con el buen gobierno en la mayoría de jurisdicciones de las Ciudades Gemelas, el área metropolitana de Minneapolis-Saint Paul. Carol se convirtió en una funcionaria medio ausente, una de esas que se toman un descanso tras otro, adscrita al registro municipal de permisos y licencias, mientras que, a cambio, una persona tan bien relacionada como ella en Saint Paul fue contratada al otro lado del río. La casa de alquiler de Barrier Street, contigua a la de los Berglund, formaba parte del trato, cabía suponer; de lo contrario, no era fácil entender por qué Carol había accedido a vivir en lo que por entonces era aún en esencia un barrio degradado. En verano, una vez por semana, un chico de mirada vacía, con un mono del departamento de Parques y Jardines, llegaba al anochecer en un todoterreno sin distintivos y le cortaba el césped, y en invierno ese mismo chico aparecía como de la nada para quitar la nieve de su acera.



A finales de los años ochenta, Carol era la única persona de otro nivel que quedaba en la manzana. Fumaba Parliament, se teñía de rubio, exhibía unas espeluznantes uñas como garras, daba a su hija alimentos excesivamente procesados, y los jueves por la noche llegaba a casa muy tarde ("es la noche libre de mamá", explicaba, como si todas las mamás tuvieran una), entraba con sigilo en casa de los Berglund, usando la llave que ellos le habían dado, y recogía a Connie, que dormía en el sofá donde Patty la había tapado con unas mantas. Patty había sido de una generosidad implacable al ofrecerse a cuidar de Connie mientras Carol iba a trabajar o hacía la compra o se dedicaba a sus asuntos de la noche del jueves, y Carol había acabado dependiendo de ella para un sinfín de horas de canguro gratuitas. Difícilmente habría escapado a la atención de Patty que Carol devolvía esta generosidad actuando como si la hija de la propia Patty, Jessica, no existiese, y mimando indebidamente a su hijo, Joey ("¿Qué? ¿No va a darme otro besazo este galán irresistible?"), y arrimándose mucho a Walter en las fiestas del barrio, con sus blusas vaporosas y sus tacones de camarera de bar de copas, elogiando las proezas de Walter en las reformas de la casa y soltando estridentes carcajadas ante todo lo que él decía; pero durante muchos años lo peor que Patty decía de Carol era que las madres solteras tenían una vida difícil, y si Carol se comportaba a veces de forma extraña con ella era seguramente por una cuestión de orgullo.



En opinión de Seth Paulsen, que hablaba de Patty un poco demasiado a menudo para gusto de su mujer, los Berglund eran de esos progresistas hiperculpabilizados que necesitaban perdonar a todo el mundo para que se les perdonara a ellos su propia buena suerte; que carecían del valor necesario para asumir sus privilegios. Uno de los problemas de la teoría de Seth era que los Berglund no eran unos privilegiados en absoluto; su único bien conocido era la casa, que habían reformado con sus propias manos. Otro problema, como Merrie Paulsen señaló, era que el progresismo de Patty dejaba mucho que desear, por no hablar de su feminismo (se quedaba en casa con su calendario de cumpleaños, horneando sus condenadas galletas), y parecía del todo alérgica a la política. Si alguien le mencionaba unas elecciones o a un candidato, la veía esforzarse en vano por mantener su alegría natural de siempre, la veía alterarse y asentir más de la cuenta, demasiado sí, sí, sí. Merrie, que tenía diez años más que Patty y los aparentaba del primero al último, había sido miembro activo de Estudiantes por una Sociedad Democrática en Madison y ahora era activísima representante de la fiebre del Beaujolais nouveau. Cuando Seth, en una cena, mencionó a Patty por tercera o cuarta vez, Merrie enrojeció de un color tinto nouveau y declaró que en la supuesta buena vecindad de Patty Berglund no había la menor conciencia en sentido amplio, ni la menor solidaridad, ni el menor contenido político, ni la menor estructura fungible, ni el menor espíritu comunitario; todo eran chorradas retrógadas de ama de casa, y la verdad, en opinión de Merrie, si uno rascaba bajo la superficie de aparente amabilidad, podía encontrar en Patty, para su sorpresa, algo duro y egoísta y competitivo y reaganita. Saltaba a la vista que lo único que le importaba eran sus hijos y su casa, no sus vecinos, ni los pobres, ni su país, ni sus padres, ni siquiera su propio marido.



Y era innegable que Patty vivía pendiente de su hijo varón. Pese a que Jessica era el motivo de orgullo más obvio para sus padres -entusiasta de los libros, apasionada de la naturaleza, flautista de talento, leal en el campo de fútbol, canguro muy solicitada, no tan guapa como para que eso la deformara moralmente, admirada incluso por Merrie Paulsen-, Joey era el niño de quien Patty hablaba continuamente. Con su autodesprecio característico, risueña, como en confianza, vertía una carretada de detalles sin filtrar sobre las dificultades que tenían Walter y ella con Joey. Presentaba en forma de queja la mayoría de sus anécdotas, y sin embargo nadie dudaba que adoraba al chico. Era como una mujer lamentándose de su novio guapo pero gilipollas. Como si se enorgulleciera de que le pisoteara el corazón: como si lo principal, quizá lo único, que le interesara dar a conocer al mundo fuera su propia predisposición a aceptar ese pisoteo.



-Está comportándose como un auténtico cabroncete -dijo una vez a las otras madres durante el largo invierno de las Guerras a la Hora de Acostarse, en la época en que Joey reafirmaba su derecho a irse a dormir a la misma hora que Patty y Walter.



-¿Tiene rabietas? ¿Llora? -preguntaron las otras madres.



-¿Estáis de broma? -contestó Patty-. Ojalá llorase. Una llorera sería algo normal, y tendría un principio y un fin.



-¿Qué hace, pues? -preguntaron las madres.



-Pone en duda los fundamentos de nuestra autoridad. Le ordenamos que apague la luz, pero su postura es que él no debería estar obligado a dormirse hasta que nosotros apaguemos la nuestra, porque es exactamente igual que nosotros. Y os lo juro por Dios, es como un reloj... cada quince minutos... os juro que se queda ahí tumbado mirando el despertador, y cada quince minutos grita: «¡Sigo despierto! ¡Sigo aquí despierto!» Con ese tonillo de desprecio, o de sarcasmo... mira que es raro. Yo le suplico a Walter que no pique, pero nada, llegamos otra vez a las doce menos cuarto, y ahí tienes a Walter, en la habitación de Joey a oscuras, discutiendo una vez más acerca de la diferencia entre los adultos y los niños, y de si una familia es una democracia o una dictadura blanda, hasta que al final soy yo quien se enrabieta, y entonces, tendida en la cama, empiezo a gimotear: «Basta ya, por favor, basta ya.»



Merrie Paulsen no le veía ninguna gracia a la anécdota de Patty. Más tarde, esa noche, mientras metía en el lavavajillas los platos de la reunión, le comentó a Seth que no la sorprendía que Joey no diferenciara claramente entre niños y adultos: por lo visto, su propia madre no tenía del todo claro qué era ella, si niña o adulta. ¿Había observado Seth que en las historias de Patty siempre era Walter quien imponía disciplina, como si Patty fuese sólo una espectadora irresponsable cuya única función era ser mona?



-Me pregunto si de verdad está enamorada de Walter -reflexionó Seth con optimismo en voz alta, descorchando una última botella-. Físicamente, quiero decir.



-El subtexto siempre es «mi hijo es extraordinario» -continuó Merrie-. Siempre se queja de su gran capacidad de atención.



-Bueno, para ser justos -señaló Seth-, eso debe verse en el contexto de la tozudez del niño. Su infinita paciencia a la hora de desafiar la autoridad de Walter.



-Cada palabra que Patty pronuncia sobre él es una manera velada de alardear.



-¿Y tú no alardeas nunca? -preguntó Seth con sorna.



-Quizá sí -respondió Merrie-, pero al menos soy mínimamente consciente de la impresión que causo en los demás al hablar. Y mi sentido de mi propia valía no se basa en lo extraordinarios que son nuestros hijos.



-Eres la madre perfecta -insistió Seth.



-No, ésa sería Patty -lo corrigió Merrie a la vez que aceptaba más vino-. Yo sólo soy muy buena madre.



Joey lo tenía demasiado fácil, se quejaba Patty. Con el pelo rubio como el oro, era guapo y parecía conocer de forma innata las respuestas a todo examen que pudieran ponerle en el colegio, como si llevara codificadas en el mismísimo adn las secuencias de opciones A, B, C y D de las pruebas de opción múltiple. Se sentía anormalmente a gusto con vecinos que le quintuplicaban la edad. Cuando su colegio o su manada de lobatos de los boy scouts lo obligaban a vender dulces o números de rifa de puerta en puerta, admitía con toda sinceridad que aquello era un «timo». Perfeccionó una sonrisa de deferencia en extremo irritante ante juguetes o juegos que tenían otros niños pero Patty y Walter se negaban a comprarle. Para borrarle esa sonrisa, sus amigos insistían en compartir sus cosas, y así llegó a ser un crack de los videojuegos, pese a que sus padres no eran partidarios de los videojuegos, y desarrolló una familiaridad enciclopédica con la música urbana de la que sus padres protegían sus oídos preadolescentes con tanto afán. No tendría más de once o doce años cuando una noche, en la cena, sin querer o adrede, llamó «hijo» a su padre, o eso contó Patty.



-No veas lo mal que le sentó a Walter -les dijo a las otras madres.



-Así es como hablan ahora los adolescentes entre ellos -comentaron las madres-. Cosas del rap.



-Eso dijo Joey -respondió Patty-. Dijo que no era más que una palabra, y ni siquiera una palabrota. Y por supuesto Walter se permitió discrepar. Y yo, allí sentada, pienso: «Wal-ter, Wal-ter, no le sigas el juego, no sirve de nada discutir»; pero no, él tiene la necesidad de explicarle que si bien «chico», por ejemplo, no es una palabrota, no puede decírsele a un hombre mayor, y menos a un negro, pero, claro, el problema con Joey es que se niega a admitir que exista una diferencia entre niños y personas mayores, y al final Walter acaba diciéndole que se queda sin postre, y Joey responde que de todos modos tampoco lo quiere, que en realidad ni siquiera le gustan mucho los postres, y yo, allí sentada, pienso: «Wal-ter, Wal-ter, no le sigas el juego», pero Walter no puede evitarlo: necesita demostrarle a Joey que en realidad le encantan los postres. Pero Joey no acepta polemizar con Walter. Miente descaradamente, claro, pero afirma que sólo repite postre porque es la costumbre, no porque le guste de verdad, y el pobre Walter, que no soporta que le mientan, dice: «Vale, si no te gustan, a ver qué te parece quedarte un mes entero sin postre.» Y yo pienso, «Uy, Wal-ter, Wal-ter, esto no va a acabar bien», porque la respuesta de Joey es «Me quedaré un año entero sin postre, no volveré a comer postre en la vida, excepto por educación en otras casas», lo que, curiosamente, es una amenaza creíble: es tan tozudo que es muy capaz. Y yo salgo con que: «Eh, chicos, tiempo muerto, el postre es un grupo alimentario importante, no nos pasemos», cosa que mina al instante la autoridad de Walter, y como toda la discusión giraba en torno a su autoridad, me las he apañado para echar por tierra todos los avances que él había conseguido.



La otra persona que quería a Joey con locura era Connie, la niña Monaghan. Era una personita seria y callada con el desconcertante hábito de sostenerte la mirada sin parpadear, como si no tuviera nada en común contigo. Por las tardes, era parte integrante de la cocina de Patty, donde se afanaba en moldear masa de galletas en esferas geométricamente perfectas, poniendo tal empeño que la mantequilla se derretía y la masa adquiría un brillo oscuro. Patty formaba once bolas por cada una de Connie, y cuando salían del horno, Patty nunca dejaba de pedirle permiso a Connie para comerse la galleta «de verdad sobresaliente» (la más pequeña, la más plana, la más dura). Jessica, que era un año mayor que Connie, no parecía tener inconveniente en ceder la cocina a la hija de la vecina mientras ella leía libros o jugaba con sus terrarios. Connie no suponía la menor amenaza para una niña tan equilibrada como Jessica. Connie no tenía noción de totalidad: ella era todo profundidad, sin amplitud. Cuando coloreaba, se abstraía saturando una o dos áreas con un rotulador y dejaba el resto en blanco, ajena a las alentadoras e insistentes sugerencias de Patty para que probara otros colores.



La absoluta dedicación de Connie a Joey pronto fue evidente para todas las madres del barrio excepto, al parecer, para Patty, quizá por su propia dedicación a él. En Linwood Park, donde a veces Patty organizaba actividades deportivas para los niños, Connie se quedaba sentada sola en la hierba y confeccionaba collares con flores de trébol para nadie, dejando correr los minutos hasta que Joey bateaba o avanzaba con el balón de fútbol, despertando su interés momentáneamente. Era como una amiga imaginaria que daba la casualidad de que era visible. Joey, con su precoz dominio de sí mismo, rara vez consideraba necesario tratarla mal delante de sus amigos, y Connie, por su parte, cuando quedaba claro que los chicos se marchaban a hacer cosas de chicos, sabía que le convenía más retraerse y esfumarse sin reproches ni súplicas. Siempre le quedaba el día de mañana. Durante mucho tiempo, siempre le quedaba también Patty, de rodillas entre sus hortalizas o subida a una escalera con una camisa de lana salpicada de pintura, entregada a la sisífica labor del mantenimiento de la casa victoriana. Si Connie no podía estar cerca de Joey, podía al menos serle útil haciéndole compañía a su madre en su ausencia.



-¿Cómo llevamos los deberes? -preguntaba Patty desde la escalera-. ¿Necesitas ayuda?



-Ya me ayudará mi madre cuando llegue.



-Estará cansada, será tarde. Podrías sorprenderla y tenerlo ya todo hecho. ¿Quieres?



-No, esperaré.



Cuándo exactamente Connie y Joey empezaron a follar, nadie lo sabía. Seth Paulsen, sin pruebas, sólo por escandalizar a la gente, se complacía en opinar que fue cuando Joey tenía once años y Connie doce. Las especulaciones de Seth se centraban en la intimidad propiciada por un fuerte que Walter le había ayudado a construir a Joey en lo alto de un viejo manzano silvestre del descampado. Ya a finales de octavo, el nombre de Joey empezaba a salir en las respuestas de los niños del vecindario cuando sus padres, con forzada naturalidad, los interrogaban sobre el comportamiento sexual de sus compañeros de colegio, y más tarde Jessica probablemente se había dado cuenta de algo, en los últimos días de ese verano; de pronto, sin decir por qué, comenzó a tratar con chocante desdén a Connie y a su hermano. Pero nadie los vio andar juntos por ahí hasta el siguiente invierno, cuando se embarcaron en un negocio.



Según Patty, la lección que Joey había aprendido de sus continuas discusiones con Walter era que los niños se veían obligados a obedecer a sus padres porque eran los padres quienes tenían el dinero. Eso se convirtió en un ejemplo más de la excepcionalidad de Joey: mientras que las otras madres se lamentaban de lo autorizados que se sentían sus hijos a exigir dinero, Patty presentaba cómicas caricaturas de lo mucho que mortificaba a Joey tener que suplicarle financiación a Walter. Los vecinos que contrataban los servicios de Joey sabían que paleaba nieve y rastrillaba hojas con asombrosa diligencia, pero en el fondo, según Patty, detestaba la escasa paga y consideraba que retirar la nieve del camino de acceso de un adulto lo ponía en una relación poco deseable con dicho adulto. Los ridículos métodos para ganar dinero propuestos en las publicaciones de los boy scouts -vender suscripciones para la revista de puerta en puerta, aprender trucos de magia y ofrecer funciones de magia cobrando la entrada, adquirir instrumental de taxidermia y disecar la lucioperca por la que el vecino había ganado un premio de pesca- apestaban todos por igual a servilismo («Soy un taxidermista al servicio de la clase dominante») o, peor aún, a beneficencia. Y por tanto, inevitablemente, en su afán por liberarse de Walter, se vio atraído hacia la actividad empresarial.



Alguien, tal vez incluso la propia Carol Monaghan, pagaba las mensualidades de Connie en una pequeña escuela católica, Saint Catherine's, donde las niñas vestían de uniforme y tenían prohibida toda clase de joyas salvo una sortija («sencilla, únicamente de metal»), un reloj de pulsera («sencillo, sin piedras preciosas») y un par de pendientes («sencillos, únicamente de metal, de un centímetro y medio de largo como máximo»). Dio la casualidad de que una de las niñas de noveno más admiradas del colegio de Joey, el Central High, había ido de viaje a Nueva York con su familia y había traído de allí un reloj barato, muy apreciado a la hora del almuerzo, en cuya correa amarilla de aspecto masticable un vendedor ambulante de Canal Street había termoestampado, a petición de la niña, unas pequeñas letras de plástico de color rosa caramelo que componían el título de una canción de Pearl Jam, DON'T CALL ME DAUGHTER, «No me llames hija». Como el propio Joey contaría después en sus solicitudes de plaza a las universidades, tomó de inmediato la iniciativa de investigar quién era el proveedor mayorista de aquel reloj y cuánto costaba una termoestampadora. Invirtió cuatrocientos dólares de sus propios ahorros en el equipo, hizo una correa de plástico de muestra para Connie («READY FOR THE PUSH», rezaba: «Lista para el empujón») con la idea de que la exhibiera en Saint Catherine's, y luego, empleando a Connie como mensajera, vendió relojes personalizados nada menos que a una cuarta parte de sus compañeras de escuela, a treinta dólares la pieza, hasta que las monjas se percataron y rectificaron el código indumentario a fin de prohibir las correas de reloj con texto estampado. Cosa que, naturalmente -como Patty contó a las otras madres-, a Joey le pareció indignante.



-No hay razón para indignarse -dijo Walter-. Tú te beneficiabas de una restricción artificial del comercio. No vi que te quejaras de las normas cuando te favorecían.



-Hice una inversión. Corrí un riesgo.



-Te aprovechabas de una laguna legal, y ellas han subsanado esa laguna. ¿Es que no lo viste venir?



-¿Y tú por qué no me avisaste?



-Sí te avisé.



-Sólo me avisaste de que podía perder dinero.



-Bueno, y ni siquiera has perdido dinero. Sencillamente no has ganado tanto como esperabas.



-Aun así, es dinero que debería haberme embolsado.



-Joey, ganar dinero no es un derecho. Estás vendiendo quincalla que en realidad esas niñas no necesitan y que posiblemente algunas de ellas ni siquiera puedan permitirse. Por eso el colegio de Connie impone un código indumentario: es lo más justo para todos.



-Ya, para todos menos para mí.



Por la manera en que Patty contó esta conversación, riéndose de la indignación inocente de Joey, Merrie Paulsen vio claro que Patty aún no tenía la menor sospecha de lo que hacía su hijo con Connie Monaghan. Para cerciorarse, Merrie sondeó un poco. ¿Sabía Patty qué sacaba Connie a cambio de sus esfuerzos? ¿Trabajaba a comisión?



-Ah, sí, le dijimos que debía darle la mitad de las ganancias -contestó Patty-. Pero lo habría hecho de todos modos.



Siempre ha tenido una actitud muy protectora con ella, pese a que es menor.



-Es como un hermano para ella...



-No creas -bromeó Patty-; la trata mucho mejor. Pregúntale a Jessica cómo es ser hermana de Joey.



-Ja, sí, claro. Ja, ja -rió Merrie.



Hablando con Seth más tarde, ese mismo día, Merrie le dio el parte:



-Por asombroso que parezca, no tiene ni idea.



-Considero que recrearse en la ignorancia de otros padres es un error -respondió Seth-. Es tentar al destino, ¿no te parece?



-Lo siento, pero es una anécdota deliciosa: tiene mucha gracia. Ya te ocuparás tú de no regodearte y de mantener a raya el destino.



-Me da pena por ella.



-Pues lo siento, pero yo lo encuentro divertidísimo.



Hacia finales de ese invierno, en Grand Rapids, la madre de Walter sufrió una embolia pulmonar y se desplomó en el suelo de la boutique de ropa de mujer donde trabajaba. En Barrier Street conocían a la señora Berglund por sus visitas en Navidad, en los cumpleaños de los niños, o en su propio cumpleaños, cuando Patty la llevaba a una masajista del barrio y la colmaba de regaliz y nueces de macadamia y chocolate blanco, sus antojos preferidos. Merrie Paulsen la llamaba, sin la menor maldad, «Miss Bianca», por la ratona con gafas de los cuentos infantiles de Margery Sharp. Su rostro, en otro tiempo hermoso, tenía un aspecto apergaminado, y le temblaban la mandíbula y las manos, una de las cuales se le había quedado muy atrofiada a causa de una artritis infantil. Se había consumido, estragado físicamente, decía Walter con amargura, debido a toda una vida de duro trabajo al servicio del borracho de su padre, en el motel de carretera que tenían cerca de Hibbing, pero ella se empeñaba en conservar la independencia y un aire elegante en su viudez, y por tanto seguía yendo a la boutique al volante de su viejo Chevy Cavalier. Ante la noticia de la embolia, Patty y Walter partieron sin pérdida de tiempo rumbo al norte, dejando a Joey bajo la supervisión de su desdeñosa hermana mayor. Fue poco después del subsiguiente festival de polvos adolescentes que Joey llevó a cabo en su habitación en manifiesto desafío a Jessica, y que sólo concluyó con la repentina muerte y entierro de la señora Berglund, cuando Patty se convirtió en una vecina muy distinta, una vecina mucho más sarcástica.



-Ah, Connie, sí -era ahora su cantinela-, tan buena chica, tan calladita e inofensiva, con una madre tan formal. Por cierto, me he enterado de que Carol tiene un novio nuevo, todo un macho, y ella le dobla la edad poco más o menos. ¿No sería una verdadera lástima que se mudaran ahora a otro sitio, con todo lo que ha hecho Carol para alegrarnos la vida? Y Connie... uf, vaya si la echaría de menos también a ella. Ja, ja. Con lo calladita y buena y agradecida que es...



Patty tenía un aspecto lamentable: pálida, falta de sueño, desnutrida. Había tardado muchísimo en empezar a aparentar su edad, pero ahora por fin Merrie Paulsen veía recompensada su espera.



-Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que lo ha descubierto -le dijo Merrie a Seth.



-Han raptado a su cachorro: no podría haber crimen más atroz -comentó Seth.



-Se lo han raptado, exacto -convino Merrie-. El pobre Joey, inocente e intachable, secuestrado por ese pequeño portento de inteligencia de la casa de al lado.



-Bueno, tiene un año y medio más.



-Eso según el calendario.



-Tú dirás lo que quieras -observó Seth-, pero Patty quería de verdad a la madre de Walter. Tiene que estar muy apenada.



-Sí, ya lo sé, ya lo sé. Seth, lo sé. Y ahora puedo sentir sincera lástima por ella.



Otros vecinos más cercanos a los Berglund que los Paulsen informaron de que Miss Bianca había dejado en herencia su pequeña ratonera, a orillas de un lago menor próximo a Grand Rapids, únicamente a Walter, excluyendo a sus dos hermanos. Según contaron, hubo ciertas discrepancias entre Walter y Patty en cuanto a qué hacer al respecto, ya que Walter quería vender la casa y repartir las ganancias entre él y sus hermanos, y Patty insistía en que debía respetar la última voluntad de su madre: premiarlo por ser el hijo bueno. El hermano menor era militar de carrera y vivía en el Mojave, en la base aérea, mientras que el mayor se había pasado toda su vida adulta perseverando en el proyecto de su padre, que consistía en entregarse inmoderadamente a la bebida y tener a su madre por completo abandonada salvo para explotarla económicamente. Walter y Patty siempre habían llevado a los niños a ver a la abuela durante una o dos semanas en verano, invitando a menudo a una o dos amigas de Jessica, que describían la finca como rústica y boscosa y sin más bichos de la cuenta. Quizá por consideración a Patty, que parecía haberse entregado también inmoderadamente a la bebida -por la mañana, cuando salía al camino de acceso a recoger el New York Times con su faja azul y el Star Tribune con su faja verde, su tez era un gran manchurrón de color chardonnay-, Walter accedió finalmente a quedarse con la casa para pasar las vacaciones allí, y en junio, en cuanto acabaron las clases, Patty se llevó a Joey al norte para que la ayudara a vaciar los cajones y limpiar y pintar mientras Jessica permanecía en casa con Walter y hacía un curso complementario de poesía.



Ese verano, varios vecinos, entre los que no se contaban los Paulsen, llevaron a sus hijos de visita a la casa del lago. Encontraron a Patty mucho más animada. A su regreso, un padre invitó a Seth Paulsen, en privado, a imaginársela bronceada y descalza, con un bañador negro y unos vaqueros sin cinturón, un look muy del agrado de Seth. En público, todos comentaron lo atento y poco esquivo que estaba Joey, y lo bien que parecían pasárselo allí Patty y él. Habían obligado a todos los visitantes a jugar con ellos a un complicado juego de mesa que llamaban «Asociaciones». Patty se quedaba por las noches hasta tarde delante del mueble televisor de su suegra, entreteniendo a Joey con su intrincado conocimiento de las comedias de productoras independientes de los años sesenta y setenta. Joey, que descubrió que su lago no aparecía en los mapas locales -en realidad era una charca grande donde sólo había una casa más-, lo bautizó Sin Nombre, y Patty pronunciaba el nombre con ternura, con sentimentalismo, «nuestro lago Sin Nombre». Seth Paulsen se enteró de que Joey trabajaba largas jornadas allí, desatascando los canalones y raspando pintura y desbrozando, y se preguntó si acaso Patty le daría una sustanciosa paga por sus servicios, si eso formaría parte del trato. Pero nadie lo sabía.



En cuanto a Connie, casi siempre que los Paulsen miraban por una ventana orientada hacia la casa de las Monaghan, la veían allí, esperando.