Retrato de Juan de Palafox
Centro de Estudios Europa Hispánica y Marcial Pons Historia (Colección Los hombres del Rey), 435 pp.
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La historia de España es una sucesión de altos y bajos, de episodios de glorioso esplendor seguidos de otros de decadencia y apesadumbrada introspección. Entre estos últimos destacan por su intensidad las convulsas décadas centrales del siglo XVII. Son tiempos de crispación y conflicto, de declive y derrota, de rebelión y ruptura. La Monarquía Hispánica, hostigada desde fuera y fragmentada por dentro, entra en crisis, y ello pone a prueba las ideas, las políticas y los hombres sobre cuyas espaldas recae la ardua tarea de defender su supremacía e impedir su declinación.
El propósito de este libro es contribuir a una mejor comprensión de este momento febril y fascinante de la historia de España. Lo hace a través de la vida de un personaje que, por sus orígenes y trayectoria, llegó a entender y a conocer, como pocos de su generación, la magnitud del desafío español: don Juan de Palafox y Mendoza, joven hechura del conde-duque de Olivares, pactista convencido, leal servidor de la Corona, justiciero incombustible, prolífico escritor, polémico obispo de Puebla de los Ángeles, tenaz visitador general de Nueva España, virrey por menos tiempo del que hubiera querido y, en última instancia, víctima de su carácter y de las circunstancias.
Por la propia naturaleza y características del Imperio español, el desafío al que hacían frente los hombres del rey, entre ellos Palafox, no tenía equivalente ni precedentes. Estaban llamados a defender una herencia política no sólo extraordinariamente diversa, sino también tremendamente dispersa: entre el centro del Imperio y su más remota periferia se abrían miles de kilómetros de distancia y largas semanas de ardua navegación. Precisamente aquí reside el especial interés de la vida de Palafox para quienes, siguiendo la ya clásica invocación del gran hispanista Sir John H. Elliott, decidimos centrar la vista y la atención en la dimensión transatlántica de la Monarquía española. Inmenso, incierto y peligroso, el océano Atlántico no sirvió, sin embargo, como frontera ni como cordón sanitario: la crisis del siglo XVII repercutió sobre los virreinatos americanos y, a su vez, la reacción de los virreinatos americanos influyó sobre el desarrollo de la crisis. Prueba de ello es la tensión vivida en Nueva España en la década de 1640. Rumores de rebelión, acusaciones de traición, tumultos, destierros y la destitución fulminante de hasta dos virreyes... Los sucesos que sacudieron el virreinato mexicano no tienen una única explicación pero sí un denominador común: el proyecto reformista puesto en marcha por Palafox, uno de los más ambiciosos emprendidos por un servidor de la Corona española en América en el siglo XVII.
Ésta es la historia que cuenta esta obra: la de un proyecto de reforma y regeneración acometido con el objetivo de afianzar las bases de la Monarquía española en América. Un proyecto político de gran envergadura: en algunos aspectos, visionario; en otros, equivocado; y, en última instancia, condenado al fracaso. En este sentido, este libro se aparta de la historiografía clásica sobre Palafox, que salvo contadas excepciones puede dividirse en dos categorías: panegírico o calumnia. Vilipendiado por unos, idealizado por otros, durante más de tres siglos la literatura en torno a la vida y obra del obispo de Puebla ha estado marcada por su enfrentamiento con los jesuitas y por la larga lucha emprendida por sus muy tenaces partidarios para lograr su beatificación. Casualmente, esa lucha acaba de concluir: hace escasas fechas, a finales de marzo de 2010, el papa Benedicto XVI aprobó por fin la beatificación de Palafox, un reconocimiento que a muchos resultará merecido, pero que no necesariamente disipará las brumas que siguen rodeando a un personaje del que Antonio Domínguez Ortiz se preguntó, perplejo: «¿Soberbia o santidad?»
Si la pregunta delata el maniqueísmo que suscita la polémica figura del obispo de Puebla, la respuesta está en un análisis desapasionado del personaje en el contexto de su época: es indiscutible que Palafox tenía un fuerte orgullo y un acusado sentido moral de su responsabilidad, que trascendía su faceta como eclesiástico para abarcar todos los aspectos de su vida y trayectoria al servicio de la Corona española.
Palafox permaneció casi diez años en el virreinato de Nueva España. Tras de sí dejó una importante obra pastoral y cultural, en particular en su diócesis de Puebla de los Ángeles, donde además de introducir importantes novedades a favor de la población indígena, de la que es recordado como gran benefactor, fundó una fabulosa biblioteca de más de cuatro mil volúmenes y culminó la construcción de su imponente catedral. Más relevante aún fue su contribución como reformador de la Iglesia novohispana, cuya estructura y organización interna revolucionó mediante la promoción del clero secular a costa de las órdenes religiosas. Sin embargo, la que más interés histórico tiene, tanto por sus repercusiones como por su originalidad, es su labor política.
El primero en detectar, y destacar, la relevancia política de la obra de Palafox fue el historiador Jonathan Israel, que dedicó al obispo un capítulo de su pionero estudio sobre la política mexicana en la primera mitad del siglo XVII. Israel demostró que no fueron tanto las disputas eclesiásticas como los enfrentamientos políticos y entre sectores sociales y económicos del virreinato los que generaron los conflictos que tuvieron lugar en Nueva España durante la década de 1640. Fruto de su lúcido análisis, la controversia entre Palafox y los jesuitas pasó a un segundo plano, cediendo protagonismo a las reformas políticas acometidas por el obispo a su llegada al virreinato.
Desde la publicación del libro de Israel en 1975, se ha escrito y debatido mucho sobre Palafox. Sin embargo, muy pocos investigadores han seguido su estela o han atendido su llamamiento para una relectura de la vida del obispo en clave política. No lo hizo sor Cristina de la Cruz de Arteaga en la importante biografía que escribió de su pariente a partir de los valiosos papeles conservados por su familia. Ni Francisco Sánchez-Castañer, que realizó una valiosa contribución al conocimiento de Palafox al reeditar algunas de sus obras y apuntar la existencia de una biografía manuscrita redactada al poco tiempo de morir el obispo y desde entonces custodiada en el archivo de la catedral de Burgo de Osma. Ni tampoco David Brading, quien dedica un capítulo de su interesantísimo volumen sobre el desarrollo del patriotismo criollo a Palafox, al que presenta como un prelado tridentino y brazo ejecutor de la voluntad real, una imagen que un análisis más minucioso desmiente con rotundidad. Dos estudios más recientes, el de Gregorio Bartolomé sobre las calumnias dirigidas contra el obispo y la biografía de Artemio López Quiroz, vienen a demostrar hasta qué punto sigue siendo difícil abordar la figura de Palafox sin sucumbir a la polémica jesuita o la parcialidad.
La ingente documentación disponible sobre Palafox y los hechos que rodearon su estancia en América avalan la tesis de Israel de que los conflictos que marcaron la década de 1640 en Nueva España -incluidos los enfrentamientos de Palafox con las órdenes mendicantes y los jesuitas- respondían a causas fundamentalmente políticas. Es cierto que las disputas sobre el control de las parroquias indias y el pago de diezmos formaban parte de un largo debate en el seno de la Iglesia. Sin embargo, ambas controversias estaban profundamente marcadas por factores sociales y económicos, y se hallaban estrechamente relacionadas con la vida política del virreinato y, muy concretamente, con el programa reformista de Palafox.
Dicho programa no ha recibido ni de lejos la atención histórica que se merece. José María Jover Zamora escribió un brillante artículo en el que hacía referencia a las ideas de Palafox, pero el pensamiento político del obispo en su conjunto sigue siendo muy poco conocido, eclipsado en parte por sus escritos teológicos y pastorales, pero sobre todo por la obra política de sus más ilustres contemporáneos.
Ideológicamente, y como buen aragonés de su tiempo, Palafox era un pactista, capaz de aunar una acérrima defensa de la diversidad jurídica y política de la Monarquía española con una lealtad inquebrantable a la Corona. El concepto que inspira e informa su credo político es la justicia. La justicia era para él la fuerza legitimadora de la autoridad, el único elemento capaz de aglutinar y mantener unidas a las entidades políticas compuestas como la Monarquía Hispánica, heterogénea suma de reinos, territorios y voluntades diversas. Todas sus acciones como reformador, tanto en el ámbito eclesiástico como en el político o secular, tuvieron como objetivo potenciar la justicia desde la firme convicción de que sólo ello impediría la desintegración de España.
El fracaso de la Unión de Armas, las rebeliones de Cataluña y Portugal y el descontento que percibe en América ante las crecientes exigencias fiscales de la Corona convencen a Palafox de que es necesario un cambio radical de rumbo en la política de la Monarquía, una rectificación total. Palafox teme por la supervivencia del Imperio español en América y se propone llevar a cabo una drástica reforma del sistema virreinal con el objetivo de reequilibrar la relación de la Corona con sus súbditos americanos sobre el concepto de la reciprocidad: otorgar más poder a las elites locales -los criollos- a costa de una casta funcionarial crecientemente desacreditada por su apego a la corrupción y su desapego hacia la tierra cuya administración tenía encomendada. El enfrentamiento de Palafox con los poderes establecidos, incluidos los dos virreyes con los que coincidió, fue inevitable, implacable, sin concesiones y hasta sus últimas consecuencias. Tantas fueron sus repercusiones y tanto escándalo causó, que su amigo, el jurista y literato Cristóbal Crespí de Valldaura, llegó a pronosticar la subida de Palafox a los altares con varios siglos de antelación:
Las persecuciones que se han movido contra vos en esa tierra son de tan gran tamaño que podrían haceros santo llevadas con paciencia, aún cuando no hubiérades tanto antes comenzado a tener tan grandes luces de Nuestro Señor.
Palafox ganó varias batallas en su cruzada reformista, y algunas tan importantes como su propio nombramiento como virrey, pero sus triunfos fueron todos parciales y pírricos. Al final perdió la guerra. Su fracaso y obligado regreso a España en 1649 es un síntoma de la situación límite en la que se encontraba la Monarquía española a mediados del siglo XVII, incapaz de acometer incluso aquellas reformas que pudieran favorecer sus propios intereses en el medio plazo. La aguda crisis financiera de la Corona, la sucesión de derrotas militares, la amenaza de nuevas rebeliones: todo conspiraba a favor de la consolidación de los virreinatos americanos como fuente de recursos económicos a los que había que seguir exprimiendo en aras de la propia supervivencia de España.
Tras su enésimo enfrentamiento con la coalición de fuerzas políticas y eclesiásticas lideradas por el virrey Salvatierra y los jesuitas, Palafox recibió órdenes tajantes de abandonar las Indias. Una vez en España, fue desterrado al modesto obispado de Osma, en la actual provincia de Soria, donde permaneció hasta su muerte en 1659. Palafox fracasó. Pero su derrota no resta un ápice de importancia ni de interés a su proyecto reformista. Un proyecto que, en muchos sentidos, surgió como reacción a las políticas de quien fuera su principal padrino político y valedor, el conde-duque de Olivares.
El fracaso de los objetivos unificadores de Olivares y las desastrosas consecuencias de su ambiciosa política exterior tuvieron una profunda influencia en el proyecto de Palafox para la reforma del gobierno americano. Al mismo tiempo, su experiencia en el Nuevo Mundo afectó su percepción de la política española respecto a la propia Península y al resto de Europa. Este intercambio de ideas, conceptos políticos y reformas en doble dirección -de España a América y de América a España- es uno de los elementos más fascinantes de la vida y obra del obispo de Puebla. Testigo y protagonista de la vida política a ambos lados del océano, Palafox se percató de la inmensa importancia de cuidar la relación transatlántica y así se lo expresó en una carta, fechada en 1646, al presidente del Consejo de Indias, el conde de Castrillo:
No querría que Vuestra Excelencia perdiese de vista esta América que es rama de ese árbol y tronco muy separada, y para comunicarle el calor y la virtud necesita de muchas asistencias porque no se vaya resfriando aquella obediencia y observancia que tanto conviene conservar si ha de durar esto.
La advertencia de Palafox sigue siendo relevante hoy, sobre todo para los historiadores. Salvo excepciones, los historiadores de España y los de América aún se miran con una mezcla de indiferencia y recelo, divididos por facultades y por una larga trayectoria de desconfianza recíproca. Prueba de ello es que la crisis sufrida por España en el siglo XVII, que ha cautivado a los estudiosos durante más de siete décadas, ha sido examinada casi exclusivamente en su contexto europeo. Las referencias al impacto de dicha crisis en los virreinatos americanos y viceversa siguen siendo hoy relativamente escasas. Tampoco se ha prestado suficiente atención al funcionamiento de la administración de ultramar, cuestión absolutamente esencial para comprender y valorar el desafío de la Corona española en la época: el Consejo de Indias sigue falto de estudio; la bibliografía sobre el gobierno virreinal tiende a ser biográfica en lugar de analítica; y apenas se ha prestado atención a instrumentos fundamentales para hacer efectiva la autoridad real en América, como la visita general.
Los estudios sobre Palafox también adolecen de una visión parcial, fruto de la ausencia de una visión transatlántica del personaje y su tiempo. Cuando Sánchez-Castañer se dispuso a reeditar las obras del obispo, escogió únicamente las que había escrito en Nueva España sobre temas relacionados exclusivamente con el virreinato y tituló la selección Tratados Mexicanos. Sin embargo, basta un repaso superficial a la vasta obra de Palafox para comprobar que sus reflexiones van dirigidas tanto a los territorios europeos de la Corona como a sus dominios de ultramar. Palafox no distingue entre unos y otros. Esto es particularmente cierto de sus principales obras políticas, la Historia Real Sagrada y el Juicio interior y secreto de la monarquía para mí solo, ésta ni siquiera está fechada, lo que hace todavía más difícil su contextualización. Sin embargo, lo que al principio parece un impedimento para entender el mensaje o propósito del autor resulta ser uno de sus principales atributos: así como la vida de Palafox abarca el Viejo Mundo y el Nuevo, también lo hacen sus reflexiones políticas y su proyecto reformista. La suya es una visión de conjunto, transatlántica. Y eso a los historiadores nos plantea un desafío y una invitación.
El desafío no es sólo intelectual, también es práctico. Muchos documentos que hoy consideramos esenciales se perdieron cuando los barcos que los transportaban naufragaron en tormentas o fueron capturados por piratas. Además, el retraso con el que la información sobre los sucesos ocurridos a un lado del Atlántico llegaba al otro y, sobre todo, el tiempo que tardaban las órdenes reales en llegar a manos de sus destinatarios hacen difícil escribir un relato cronológico. La consecuencia son saltos en la narración que la entorpecen o, como mínimo, le restan fluidez. Por último, no todos los archivos están digitalizados, por lo que el historiador no tiene más remedio que recorrer miles de kilómetros y surcar los cielos o los mares en busca de información. Ahora bien, ¿qué mejor manera de comprender el desafío que suponía gobernar un imperio atlántico que afrontar algunos de sus problemas? En estas circunstancias, la biografía política se revela como un método muy útil. Seguir los pasos de Palafox desde España hasta Nueva España y de regreso a España es una excelente manera de adquirir esa perspectiva transatlántica que sólo alcanzaban quienes se atrevían a emprender el azaroso viaje entre los dos mundos.
Es evidente que este libro deja muchos aspectos importantes sin tratar. En otras circunstancias, hubiera sido fundamental una investigación más profunda del funcionamiento interno del Consejo de Indias. También queda mucho por descubrir sobre la manera en la que tanto algunos estadistas españoles de finales del siglo XVIII como importantes patriotas criollos se apropiaron de la figura de Palafox para sus fines políticos. Por no hablar de la dimensión teológica y pastoral de la obra del obispo, que recibe escasa atención.
Estas carencias quizá impidan calificar este libro como una auténtica biografía de Palafox, pero en cambio hicieron viable una tarea que, dadas las limitaciones de tiempo y espacio, habría resultado imposible. Hay muchísima documentación sobre Palafox y está repartida en archivos y bibliotecas a un lado y otro del Atlántico. En el momento de acometer esta investigación, la documentación más importante sobre Palafox se encontraba en el archivo de la familia Infantado, situado en los sótanos del magnífico caserón que la familia tenía en la calle Don Pedro del barrio de los Austrias de Madrid. El archivo estaba cerrado al público, pero gracias al marqués de Santillana, hijo del hoy ya difunto duque, fue posible acceder a sus numerosos legajos a diario durante más de seis meses. Allí estaban las cartas familiares de Palafox, las minutas que certifican su participación en los Consejos de Guerra y de Indias, ingente cantidad de correspondencia oficial y privada entre América y España, mensajes secretos sobre el caso Escalona, copias de los informes de Palafox al rey referentes al gobierno de Salvatierra, papeles muy importantes sobre la visita general y la polémica jesuítica, y un número considerable de fuentes dieciochescas relativas a su causa de beatificación. Gracias a la paciencia y persistencia de Ricardo Fernández Gracia, los historiadores tienen ahora la posibilidad de consultar copias escaneadas de toda esta documentación en el archivo de la Universidad de Navarra.
En cuanto a las instituciones públicas de Madrid con documentación sobre Palafox, las más importantes son la Biblioteca del Palacio Real y la Biblioteca Nacional. En la primera hay papeles muy interesantes sobre la visita general, concretamente acerca del caso del magistrado corrupto don Melchor de Torreblanca, y sobre la controversia generada en torno al escudo de armas colocado por Palafox en la catedral de Puebla. La Biblioteca Nacional, por su parte, custodia importantes informes de los adversarios de Palafox que no se hallan en el Archivo del Infantado. Entre otros, los escritos que el duque de Escalona y su hijo presentaron al rey solicitando la destitución de Palafox, la reveladora exposición que Salvatierra envió a Madrid ofreciendo su versión del tumulto de Puebla y el libelo escrito por el arzobispo Mañozca y su primo el inquisidor. También contiene fuentes impresas difíciles de encontrar en otros archivos españoles, como la biografía escrita por el fraile dominico Guillermo Bartoli.
Fuera de Madrid, el Archivo General de Indias sigue siendo la mayor fuente de información sobre los virreinatos americanos. Los informes que el Consejo de Indias envió al rey entre 1632 y 1656 son fundamentales para comprender tanto el contexto histórico de Palafox como la percepción del gobierno de la Monarquía sobre sus objetivos y reformas. Por otra parte, el Archivo de Indias conserva un legajo muy poco conocido y absolutamente decisivo para la consecución de esta obra. Su encabezamiento es «México 600» y contiene todos los papeles, informes y cartas relacionadas con la reforma de los alcaldes mayores: el núcleo central y elemento más original del proyecto político de Palafox.
Fuera de España, el Archivo General de la Nación en la ciudad de México y el Archivo del Ayuntamiento de Puebla son dos fuentes evidentes de información sobre Palafox. Los informes y minutas redactados tras cada reunión de los cabildos de ambas ciudades arrojan luz sobre la manera en la que la oligarquía local de Nueva España interpretaba sus reformas, las actuaciones del virrey y el enfrentamiento entre ambos. Por último, en Puebla se encuentra la magnífica Biblioteca Palafoxiana, que además de algunas ediciones tempranas de obras menores de su fundador, custodia la fabulosa colección de cuatro mil volúmenes que el obispo donó al Colegio de San Pedro en 1646 y que revela mucho acerca de sus gustos literarios.
Me quedaron por consultar muchas fuentes, archivos y bibliotecas. También hay numerosos personajes que aparecen en el libro que merecen un tratamiento más detallado del que han recibido, como sin duda ocurre con otros aspectos de la vida de Palafox. Todas estas tareas quedan pendientes, para el futuro o para otros historiadores interesados en la polifacética y polémica figura del obispo de Puebla.
Este libro es la traducción de mi tesis doctoral, leída en la Universidad de Oxford en el año 2000 y publicada en el Reino Unido por Oxford University Press en 2004. Debo confesar que desde entonces no he vuelto a indagar en la vida de Palafox ni tampoco he seguido con la atención exigible las últimas novedades historiográficas en torno a su época. Por otra parte, con la perspectiva del tiempo, resulta todavía más evidente que el texto adolece de lagunas y contiene errores de valoración y criterio que espero que los lectores sepan perdonar. De haberlo escrito hoy, probablemente habría sido menos condescendiente con algunos aspectos de las propuestas reformistas de Palafox y quizá algo más comprensiva con los objetivos de su malogrado benefactor, Olivares.
En todo caso, con sus defectos, carencias y limitaciones, creo que el planteamiento del libro sigue siendo esencialmente válido y que la historia de Palafox es como aquí se cuenta. Palafox fue un luchador, un idealista y un visionario, un moderado exaltado, un pactista, un inconformista y un representante de esa tercera vía que algunos llaman tercera España que nunca acaba de imponerse. Pero, por encima de todo, fue un gran reformador en un tiempo poco propicio para grandes reformadores. He ahí su atractivo. Y también su valor.
